Vistas de página en total

sábado, 20 de abril de 2019

HISTORIAS DE MUJERES TRABAJADORAS


La Historia toca de forma transversal al sexo femenino, algo que si ya es notorio con las mujeres importantes, en el caso de las del pueblo llano es clara marginación. Por esto, hemos recogido algunos datos que nos hemos ido encontrando en diferentes medios y fuentes y si bien el resultado no es muy granado, queremos presentar algunos ejemplos de mujeres trabajadoras para aportar nuestro grano de arena a enmendar tanto olvido. Trabajadora es un epíteto para la mujer, es decir, por el hecho de serlo ya se le supone o lo lleva implícito, salvo honrosas excepciones, que de todo habrá. La fortaleza del otrora llamado sexo débil no se pone en duda, que si hombres y mujeres tuviéramos que parir por turnos, otro habría sido el devenir de la historia y de la demografía.

Fuera del hogar, el servicio doméstico ha sido tradicionalmente una de las actividades que ha recibido gran número de las mujeres trabajadoras a sueldo. No sé si servirá de ejemplo para los casos de las demás criadas el de Juana Velázquez de la Torre, que fue contratada por la reina Isabel la Católica para que fuera ama del malogrado príncipe heredero Juan, fallecido en 1497. Yo la tengo por cuellarana, como a otros que entraron en la órbita de los reyes llamados por su pariente Juan Velázquez de Cuéllar, para entrar al servicio en la corte. La triste ama, manifiesta en su testamento el gran dolor que sintió con la muerte del príncipe.

Nombrada igual que la anterior, Juana Velázquez fue viuda y estanquera para Cuéllar, Íscar y Fuentidueña del monopolio del solimán y azogue, documentada a finales del siglo XVI. El  monopolio de estos productos, obtenidos a partir del cinabrio, estaba justificado en base a su uso en las minas de oro y plata, principalmente en las colonias americanas. A Cuéllar llegaba el azogue no para estos menesteres, sino para ser aplicado en el curtido de pieles en sus tenerías, por sus cualidades corrosivas. Doña Juana era beneficiaria de este estanco en Cuéllar y tenía en este negocio su forma de ganarse la vida. Tal vez se tuvo en cuenta su viudedad para otorgárselo a ella.

Del trabajo de las esclavas habría mucho que decir, porque era más habitual de lo que nos podemos imaginar que las familias pudientes tuvieran servicio de esta naturaleza en la Castilla de Cervantes. En 1565 bautizaron en Cuéllar a María, esclava india propiedad de Diego de Hinestrosa, hijo de Dña. Isabel de Zuazo, la de las bulas de San Esteban, y heredero de su mayorazgo. Fue su madrina Dña. Catalina de Quesada, su ama y mujer de D. Diego. La esclavitud, como institución vigente en España y sus colonias hasta finales del siglo XIX, se ha soslayado en los estudios como una lacra de nuestra historia. Si traemos aquí que en España hubo esclavitud, muchos no daremos crédito o pondremos objeciones, pero la realidad es que la hubo y el esclavo fue un elemento normal de nuestra sociedad.

Llamativa nos ha resultado la historia de Catalina López, tratante de gallinería en Madrid. Este oficio comercial aparece como paradigma de oficio femenino desde principios del siglo XVII. No solo suministraban gallinas y pollos, los más consumidos por las clases populares, sino también huevos, conejos y todo tipo de volatería (faisanes, perdices, codornices, pichones...), destinada a las clases privilegiadas. Poseían cabalgaduras propias, debidamente registradas, y salían con ellas a comprar el género a las zonas rurales. En caso de necesidad, nombraban persona de confianza que les sustituyera en ese cometido. Gallinas, paja y cebada eran parte del impuesto de alcabalas que en la Tierra de Cuéllar se le pagaban al duque de Alburquerque en especie. Así, en 1651 dicha Catalina López se quedó con el lote de las gallinas del partido, que ascendía a 2.300 aves, valoradas a dos reales y medio cada una, lo que hacían un montante de 6.000 reales.
Llama la atención en la documentación que Felipe García autorice a su mujer Catalina López, para que esta le dé a él mismo el poder para ir a recaudar en Cuéllar las gallinas de las alcabalas del duque. Solo figuran las aves que tenían que pagar las aldeas, no las de la villa, y le sirven al historiador, en un siglo desierto de censos de población, para hacerse una idea de la misma, ya que cada vecino le pagaba una gallina al señor.

En relación a esta actividad, asistimos por estos años a una denuncia de intrusismo en la profesión, como un primer Cabify en la Corte. Serían dos mujeres, María de Paz y Ana López, las que en representación del colectivo de tratantes informaran a las autoridades de la presencia de mujeres chalanas que, sin tener cabalgaduras propias, vendían pollos y huevos por distintos puntos de la ciudad. La repetición de apellidos en los censos de tratantes hacen pensar que esta actividad femenina se articulaba a través de redes familiares. Entre las gallineras de 1700 destaca María Martínez de Coca, con una reata de 10 machos para la realización de su labor, esto nos pone sobre la pista de que algunas de estas mujeres fueran además segovianas.


Al margen de estos ejemplos con nombres propios, en relación al trabajo y oficios que desempeñaron las mujeres, tendríamos que referirnos a toda esa legión de mujeres anónimas que no sale en los papeles. El servicio doméstico y la lavandería constituyen el mayor nicho de empleo de la mujer trabajadora en la España tradicional. Las lavanderas eran en las ciudades un ejército laboral invisible e infravalorado, la mayoría de ellas viudas. Después de ellas venían las actividades relacionadas con el abastecimiento y distribución de alimentos donde se empleaban un buen grupo de mujeres. El abasto ponía en relación la economía de la ciudad con la de las zonas rurales y, con ese suministro, los oficios de procesamiento de alimentos y la restauración. Este sigue siendo hoy en día un sector estratégico para el desenvolvimiento de la economía rural y para la fijación de población en los pueblos, y el ejemplo de lo que decimos lo hallamos en el norte de la provincia.
Mujeres picando la raíz de la achicoria en un secadero de Sanchonuño hacia 1960. (Geni Maroto)


“La mujer de El Carracillo se echa la tierra al hombro”, oímos decir no hace mucho a una mujer de edad en Cantimpalos. Como si esas mujeres fueran el paradigma y ejemplo de la mujer trabajadora segoviana. Y mirando a lo que nos resulta más próximo no le falta razón, pues a las tareas del hogar siempre estaban dispuestas a complementar con su trabajo el de maridos y padres: escardar, espigar, trillar, aventar o coger miera, según los casos. Geni Maroto, hija y nieta de resineros, ha recopilado un interesante archivo de fotografías antiguas que reflejan esos trabajos antes de la mecanización del campo. Se incluyen fotos en las campañas en Francia o Suiza, como prueba de que no solo se iban los hombres en los sesenta y setenta. De estos fondos salió también la imagen de su abuelo resinando, plasmada ahora en un monumental grafiti en la plaza se Sanchonuño, en reconocimiento a este oficio. Geni durante mucho tiempo salió de su pueblo y trabajó como gobernanta en un importante hotel de Menorca, regresando cada año al final de la campaña turística. En este tesoro de imágenes, nos quedamos con la que aquí presentamos: grupo de mujeres picando la achicoria, icono para el futuro museo de esta raíz proyectado en Sanchonuño. El hombre en el horno y la mujer picando. La imagen no refleja la dureza de este trabajo. El picado de la achicoria en rodajas antes de pasarla al secadero era realizado por mujeres, más habilidosas con el hocín que los hombres. Labor ingrata por el frío de inviernos más rigurosos y que solía hacerse al abrigo del techo de un colgadizo. Imagen precursora que enlaza con la de las trabajadoras que al día de hoy acuden a las fábricas hortofrutícolas.

El cultivo de la achicoria como sucedáneo del café en el siglo XX puso en valor unas tierras con unos rendimientos impensables hasta entonces, cuando se dedicaban al cultivo del cereal. Las tierras centeneras de la comarca tan apropiadas para este cultivo y los que vinieron después: la zanahoria, la remolacha, el puerro o la fresa. La achicoria relanzó la economía y retrasó el éxodo de familias hacia Madrid o el País Vasco. Con la mejoría en la economía familiar llegó también un acceso más igualitario de la mujer a la promoción y al estudio. De nuestros pueblos han salido en las dos últimas generaciones una importante legión de féminas que accedieron a la formación: maestras, enfermeras, veterinarias, economistas, médicas, periodistas, abogadas, fiscales, juezas… Aunque en estos casos el destino laboral de estas mujeres esté en la ciudad.

En reconocimiento de la labor de todas ellas, incluidas las que siguen enraizadas y trabajando en sus pueblos y las que por omisión no han salido en esta instantánea, vayan dedicadas estas líneas.

 

 

miércoles, 17 de abril de 2019

CRÓNICA BREVE DE LAS XI JORNADAS DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA DE CUÉLLAR.


Sorteando el caprichoso cambio de fechas que han sufrido las Jornadas de Investigación histórica (28 y 29 de marzo), para esta edición he podido estar presente en las mismas y esta es mi crónica de lo en ellas visto como asistente incómodo (para la organización). No será este el primer análisis crítico, porque ya le vino por adelantado a las Jornadas cuando el Colectivo feminista de Cuéllar 8 M reprochó a la organización su oportunismo por el tema elegido (Mujeres en la historia, mujeres de leyenda) y sobre todo por la escasa participación del género femenino en las ponencias, solo dos  del total.
Las Jornadas llevan marcada su propia fecha de caducidad por el carácter endogámico de las mismas desde sus inicios. Son siempre los mismos ponentes los que desfilan por la tribuna y algunos ya hasta sienten cierto rubor y lo verbalizan (otros no). En cifras, de las diez ponencias, siete fueron impartidas por profesores asiduos a las jornadas (todos del mundo del Derecho), más el invitado catalán, también jurista aunque no se indicaba en el programa.

El triunvirato formado por el autodenominado “comité científico” viene siendo fijo por decreto. El Sr. Hernanz, que además actuó como presidente, presentó las Jornadas como una “amalgama” de temas relacionados con personajes femeninos, de donde se deduce la superficialidad con la que se iba a abordar el asunto elegido (ahí cabía casi todo). Dejando claro que para nada se iba a tocar lo social y que no se hablaría de igualdad de género, ni habría comparaciones con los hombres. Dijo el presidente que se hablaría un “poquito” de la mujer de Cuéllar, salvándole este punto la oportuna participación de Carmen Gómez Sacristán, con su magnífica exposición sobre Alfonsa de la Torre, a la que conoce como nadie. Otro poquito Mauricio Herrero, al que se le encargó bucear en la Colección Diplomática de Cuéllar para rescatar a mujeres de la Villa, y más receptivo a mi intervención al final de su exposición que el propio presidente.

En su turno fijo, Javier Hernanz no arriesgó nada y no se salió de su zona de confort y nos habló de La mujer en Roma (¡), bastante cabe en la flexibilidad del tema. Al minuto cinco abandoné la sala. El segundo del triunvirato, Ricardo Mata, ponente vitalicio, delega este año en un joven colega del derecho penal que habló sobre Concepción Arenal, y al que se le percibía tenso desde mi rifirrafe con la mesa.

El segundo día de las Jornadas, el Dr. Martínez Llorente, reeditó su charla del verano pasado sobre las mujeres de Pedro I. Sorprendentemente, o sabedor de mi presencia en el auditorio, pasó de puntillas sobre el asunto de las bodas de Juana de Castro en Cuéllar, evitando así el debate y la polémica que en su día tuvimos. Ya no estaba seguro de casi nada y nada aportó sobre la Historia de Cuéllar, como se nos había vendido en la presentación. Me di por satisfecho y nada dije, porque creo que ha sabido leer el mensaje, que no es otro que no debe infravalorar al auditorio y hablar con esa ligereza y falta de rigor.

Ellos solos son la prueba de que en estas jornadas históricas no hay historiadores. Las organizan gentes del mundo del Derecho nostálgicos de no haberse dedicado a la Historia. Es en este desequilibrio, maquillado con la inclusión de algún historiador profesional, donde hallamos el otro fallo de las mismas y donde también van heridas. Colegas historiadores de la villa, que en su día fueron ponentes, ahora ni aparecen por las jornadas.

Asiduo desde los inicios sigue siendo Luis Velasco, catedrático de derecho mercantil que habló de la mujer comerciante, pero no nos trajo ningún ejemplo de una sola mujer “comercianta” cuellarana. Me atreví a documentársela yo mismo.

Ignacio Ruíz se lleva la palma de comparecencias en Cuéllar como profesor enlace con la Universidad Rey Juan Carlos; trató sobre un transexual en la España de Felipe II, que ya había expuesto el año pasado. Este profesor ya ha merecido, como otros ponentes, la medalla de las Jornadas, que es ser Alférez Mayor en la Feria Mudéjar de la villa, como colaborador necesario para el asunto sefardí en Cuéllar y que corresponde a su anfitrión, el Sr. Hernanz, llevándole a las Jornadas que organiza en su pueblo: Tarazona.


En los inicios de las jornadas, presenté un trabajo de 40 folios sobre cuellaranos en la conquista de América. Se me remitió acuse de recibo del mismo (que guardo para mi defensa), y nada más. Generosamente di a conocer en ese trabajo mis fuentes: la desconocida Historia de Cuéllar de D. Manuel de Rojas (1763). Enseguida, Ricardo Mata utilizó esta fuente para su libro sin decir por dónde le había llegado. No es plagio, pero sí mala praxis. La precipitada lectura de la historia de D. Melchor, y su falta de rigor y análisis crítico, le condujo a un  torrente de errores y contaminación de la historia de difícil solución. Nunca lo ha reconocido, o ni siquiera es capaz de saber en qué se ha equivocado.

Las Jornadas de Investigación histórica nacieron como un curso de verano que pretendía ambiciosamente “convertir a Cuéllar en núcleo central en el mundo de la investigación y de las universidades”. Por mi percepción y experiencia en ellas, pero sobre todo por la dinámica degenerativa de estos encuentros de juristas, no son sino un bolo que un grupo de colegas de la Historia del Derecho se organizan con el pretexto de hablar sobre un tema histórico.  Además se retroalimentan cuando son llevados por sus propios invitados a las jornadas que estos organizan. Mientras sigan financiadas con dinero público, tendré la entrada abierta.  El cambio de fechas a dos meses de las elecciones municipales, hace sospechar que sea por sacarle a las Jornadas un rédito político por parte del organizador (pero yo ni quito ni pongo rey, que he surgido de los pueblos).

La presencia de asistentes en la sala se garantiza con el acicate que ofrecen a sus propios alumnos de la Facultad de Derecho de Valladolid, que acuden para ganar ese crédito de formación, que solo tiene validez en su propia Universidad. La organización recela de que en los descansos el asistente molesto pueda interactuar con estos jóvenes por si le cuentan algo que aún no sepa.

Algo sí he aprendido de las Jornadas: si ellos como juristas pueden historiar, yo, como historiador, puedo fiscalizar.




 

J. Ramón Criado

PD: Para los que crean que solo hago crítica destructiva, quiero añadir que no por casualidad ha llegado al Ayuntamiento de Cuéllar la revista que edita la Junta de Cofradías de Medina de Rioseco.  En ella se recoge uno de mis últimos trabajos de investigación sobre la escuela cuellarana de escultura (Los Bolduque: entre Cuéllar y Medina de Rioseco). Como prueba de que mi trabajo callado y a veces silenciado también proyecta el nombre de Cuéllar más allá de los límites de la villa. Como ejemplo, además, de que la obra bien hecha siempre queda. No espero que verbalicen ningún reconocimiento, solo que no guarden esas revistas en un cajón.

 


 



viernes, 1 de marzo de 2019

PIONEROS DE LA ARQUEOLOGÍA SEGOVIANA.



La toponimia ya daba cuenta de la existencia de un campo de cuerpos en aquel lugar. Junto a la ermita del Santo Cristo del Corporario, en el pueblo segoviano de Castiltierra, se constató la existencia de una necrópolis de época visigoda al realizar un desmonte para la construcción de una carretera provincial. Eran los años veinte del siglo pasado.



Desde el primer momento de su descubrimiento, chamarileros y gente del pueblo expoliaron y dispersaron numerosas piezas de los ajuares que afloraban en Castiltierra. Un curioso personaje aparece entonces en aquel escenario: Juan García Sánchez (Sanchonuño 1889-1958), artista-pintor y después anticuario, aficionado a la arqueología y las antigüedades. Conocedor de las noticias y rumores, acudió a Castiltierra en el verano de 1930 y se interesó por los objetos expoliados que los vecinos del pueblo tenían en su poder. Los adquirió para cederlos después, según les dijo, a un museo de Madrid. El Museo Arqueológico Nacional (MAN) compró así, entre 1930 y 1932, piezas procedentes de las intervenciones clandestinas que el pintor de Sanchonuño había adquirido en el pueblo segoviano. Así dio a conocer a las autoridades culturales de la República la importancia de esta necrópolis y las actuaciones en ella de los castilterranos. El director del MAN dedujo la conveniencia de efectuar excavaciones oficiales en el lugar y comisionó a García para seguir recabando de los vecinos cuantos objetos pudiera.

La prensa de la provincia se hizo eco de los hallazgos señalando su carácter visigótico y la importancia de los mismos. Excavar las sepulturas en Cerro Moro, fue una actividad que se convirtió en habitual para ganarse algún dinero, pues las adquisiciones de García para Madrid habían incentivado este fenómeno. Los lugareños siguieron buscando cuadros, que así llamaban a las hebillas de cinturón, con los otros objetos de los ajuares, y un presunto gran tesoro en la necrópolis. La afición a las excavaciones clandestinas no cesó: se siguió excavando durante la contienda civil y en los años siguientes.

El presidente de la Diputación, Sr. Cáceres, llamó a Segovia a García Sánchez que le informó de las actividades llevadas a cabo por él en relación a los hallazgos de Castiltierra. Pero la institución segoviana y la Comisión Provincial de Monumentos, quedarían relegadas en la recepción de piezas, que sí les llegó a prometer el de Sanchonuño.

La Junta de Excavaciones dio luz verde a algunas de las peticiones que el pintor había presentado: excavar en la parte sur de Sanchonuño, lugar de su residencia, y en el paraje denominado Las Suertes, entre Bernardos y Migueláñez. En estas solicitudes se ajustó a la legalidad vigente, solicitando permiso a los dueños de los terrenos afectados y mandando las pertinentes memorias. Constan dos escritos de García a la Junta dando cuenta de los resultados de sus trabajos: manifiesta que en su pueblo no había descubierto nada digno de mención. El Sanchonuño arqueológico no era una quimera de Juan García. La abundante cerámica antigua, que aparecía en los lugares donde solicitó permiso para excavar, era su principal argumento y prueba de culturas pasadas. Sin embargo, no tuvo suerte en los sitios elegidos para sus catas arqueológicas. O las matronas de época visigoda de su pueblo, si las hubiera encontrado, no lucirían ajuares tan ricos y vistosos como las del otro lado de la provincia.

Cerámica de época indeterminada recogida por Juan García en Sanchonuño y dibujada por A. Molinero.
 

La valoración que de Juan García han hecho recientemente los arqueólogos del MAN, que han puesto orden en los materiales de Castiltierra, es contradictoria. Se le valora una parte positiva en su comportamiento en relación a los hallazgos de Castiltierra y su esfuerzo por salvar las piezas excavadas por los labradores y lograr su compra, así como su decisión de implicar al MAN en la necrópolis. Su participación y colaboración como ayudante en las campañas oficiales de excavación fue determinante. Negativa, en cambio, es su actitud mercantilista posterior. Manifestó sus quejas por las bajas tasaciones unilaterales y precio pagado por las piezas vendidas al Arqueológico de Madrid, que muestra su interés en lucrarse en la intermediación.

Es en la reclamación, por el mal trato recibido por los organismos oficiales, donde Juan García se arroga el mérito del descubrimiento de la necrópolis de Castiltierra, en la que había invertido su dinero para adquirir las piezas que vendía al MAN y por lo que había recibido finalmente una exigua cantidad (2900 pesetas por 42 cartones con fíbulas, collares y hebillas de cinturón). Por esto, buscó otros compradores y museos, como el Lázaro Galdiano, y anticuarios expertos, donde conseguiría mejores precios. Martín Almagro, director del Arqueológico de Barcelona, adquirió en 1941 un importante lote de piezas de Castiltierra al Sordillo. El museo catalán no quería quedarse sin materiales de este periodo histórico. Si bien, Almagro sabe que el segoviano había compuesto las piezas que le vendió según su gusto y criterio, mezclando elementos y cuentas de collar procedentes de distintos yacimientos (Siguero, Duratón o Castiltierra), persiguiendo más una querencia por lo estético que por el rigor histórico. 

Campaña en Castiltierra, 1933. Posan delante de la ermita del Cristo del Corporario, de izquierda a derecha: Juan García Sánchez, Francisco Álvarez-Ossorio (director del Arqueológico), ¿?, Emilio Camps y Joaquín Mª de Navascués, los dos últimos los arqueólogos de la excavación. (Fotografía MAN)


LAS EXCAVACIONES OFICIALES (1932-1935)

En 1932 se iniciaron las campañas arqueológicas oficiales, dirigidas por Navascués y Camps, complementados por Juan García y Luis Pérez Fortea, restaurador del MAN. Álvarez-Ossorio, director del museo, fue hábil al darle a García funciones dentro del equipo responsable, porque vio que sus conocimientos sobre el  terreno serían útiles. Así, sus gestiones fueron importantes de cara a conseguir los permisos de los dueños de las tierras donde se pensaba intervenir, mostrándose conocedor de los pueblos de la zona y de sus moradores, suavizando las reticencias de Fresno de Cantespino, del que Castiltierra ya era pedanía. La campaña del 32 duró diez días a finales de septiembre, excavándose principalmente en las inmediaciones de la ermita y contando para el efecto con 20 obreros en tres turnos. Se descubrieron 78 individuos de los que dos tercios dieron ajuar. La confianza del arqueólogo Camps en el pintor de Sanchonuño era tal que algún día le dejó al frente de la excavación. Ese año, García solicitó licencia para marchar un día antes del final de la campaña y llegar a tiempo de las fiestas del Rosario en su pueblo.

La prensa de la provincia volvió a hacerse eco de Castiltierra elogiando la labor de Juan García como auxiliar en la excavación, en la que participaba muy motivado por ser el que descubrió aquellos terrenos, de donde ahora se extraen tantos objetos antiguos.

Las excavaciones en Cerro Moro se reanudaron al año siguiente y se aumentó el número de obreros. Las zonas excavadas coincidían con las que había solicitado el Sordillo en su petición de excavación. Se exhumaron 198 individuos de los que solo la tercera parte de ellos presentaron ajuar.

Los resultados en la campaña de 1935 siguieron siendo muy positivos, pero los trabajos se detuvieron cuando llegaron a la zona más prometedora y antigua de la necrópolis, con sepulturas interesantísimas con espadas y ajuares sin parangón en los cementerios hispanos de la época. Alentados por estos resultados, se las prometían muy felices para la siguiente campaña que ya tenían autorizada, pero el conflicto bélico desatado en 1936 truncó los planes que los arqueólogos tenían para continuar con el proyecto.

. Ajuar típico de una sepultura de Castiltierra, procedente de las excavaciones oficiales. Época visigoda. (MAN).


LOS NAZIS Y CASTILTIERRA.

Acabada la guerra, el nuevo jefe de excavaciones del régimen franquista, Julio Martínez Santa-Olalla, puso sus ojos en Castiltierra y se la reservó para sus intereses. Burgalés, falangista y germanófilo, vio en lo visigodo el nexo cultural que relacionaba lo hispánico con lo ario y en la necrópolis segoviana tenía los materiales que lo fundamentaran.

Mandó a Navascués y a Camps a excavar yacimientos de la Edad del Hierro en la provincia de Ávila y Santa-Olalla se hizo dueño de Castiltierra. Sin embargo, no prescindió de la colaboración de Juan García que, aunque desconozcamos su grado de implicación, se le sigue citando en relación a las excavaciones del falangista y las que llevaron a cabo arqueólogos alemanes invitados por Santa-Olalla. (1) El yacimiento alcanza su cenit durante la visita del mandatario nazi Heinrich Himmler a España en octubre de 1940. Santa-Olalla, por formación, hablaba alemán y sería el intérprete del jefe de las SS en sus visitas a Toledo, El Escorial y a Montserrat, en un viaje con tintes esotéricos donde el reich furer perseguía poco menos que hallar el santo grial.

. El arqueólogo Martínez Santa-Olalla, en el centro de la fotografía,  con Himmler y otros alemanes de su séquito durante la visita de este a España en octubre de 1940.


Santa-Olalla y Himmler coinciden en su interés por el mundo visigodo y por las cuestiones ideológicas citadas. En el programa figuraba una visita a Castiltierra el 22 de octubre de 1940, saliendo a las 10.30 de Segovia. Días antes de la llegada prevista de Himmler, Santa-Olalla envió a  su segundo, el arqueólogo Barradas, a contratar trabajadores para abrir tumbas en una excavación de urgencia en la necrópolis, para la visita prevista del dirigente nazi. “Se buscaron en la comarca de Fresno de Cantespino obreros rubios y altos para que Himmler viera la vinculación germánica”, refieren algunos autores que han relatado recientemente este hecho. El alemán, sin embargo, nunca pisó Castiltierra. La visita se canceló por frío, lluvias y retrasos en el programa, igual que hubo de suspenderse la corrida  organizada en Las Ventas para el alemán en el tercer toro. Aun así, el interés germano por los restos no cedió. En agosto de 1941 arqueólogos alemanes participaron en las excavaciones dirigidas por Santa-Olalla e informaron a Himmler. Exhumaron 400 sepulturas, según el Arqueológico, y se llevaron materiales aún pendientes de ser devueltos.

Santa-Olalla irá pasando a un segundo plano porque, según avanzaba la guerra en Europa, al régimen dejaba de interesarle mantener posturas pro alemanas. Por esto, por la acción de sus detractores y porque le colocaron algunas piezas visigodas falsificadas, que dio por buenas y que le dejaron en evidencia, el falangista derivó hacia otros objetivos en sus estudios.

PINTOR Y ANTICUARIO.

A nivel local, fue un gran dinamizador de la vida cultural a través del folclore y entusiasta de todo tipo de iniciativa en este sentido. Juan García dejó una no reconocida huella importante en el mundo del arte y la artesanía. Con sus hijos, abordó la pintura general de muchas iglesias de la provincia, dejando en algunos templos obras de pincel, como en el presbiterio del santuario de El Henar, con dos cuadros, obra del año 1945, donde se pueden seguir contemplando. (2) En el arte del hierro forjado, fundó un taller que hoy sigue regentado por sus nietos como taller familiar-artesano, cuyos trabajos son muy conocidos y apreciados.

Un profundo problema de sordera condujo a Juan García al trabajo autodidacta y a la lectura de todo tipo de libros y a esa inquietud que le llevó al conocimiento de la necrópolis de Castiltierra. Muy habilidoso para la factura artesanal, reprodujo y reconstruyó piezas originales del yacimiento visigodo. Fue además juguetero y aficionado a las piezas históricas, legando a su familia un negocio de antigüedades y el citado taller de forja artística.

Igual de habilidoso fue para generar las adquisiciones y compras para su negocio de antigüedades. En contacto continuo, por su trabajo de pintor, con los párrocos de los pueblos, presuntamente negociaba con ellos el pago de parte de su trabajo en especie, por algún elemento artístico dañado y por trueques por retablos de marquetería que realizaban en una carpintería de Sanchonuño y que suplían a alguno antiguo. Propuestas que hay que entender en el contexto de la época. Juan García vivía de ello y los curas necesitaban alternativas para pagar las obras de restauración y pintura y contarían con el permiso tácito del obispado para dar salida a alguna obra menor para sufragar los gastos.

En octubre de 1958, una señora muy importante de la época, Carmen Polo, recaló en auto en Sanchonuño. La visita de la mujer de Franco se ha conservado en la memoria colectiva de los que la vivieron. La prensa nacional hizo una reseña del evento: Visitó esta localidad la esposa de S.E. el Jefe del estado, doña Carmen Polo de Franco. Aunque el viaje era de riguroso incógnito, el vecindario la dispensó un cariñoso recibimiento.

Dña. Carmen entró en casa de Juan García. Ese era el destino de su viaje. ¿Qué interesante obra de arte reservaba el anticuario de Sanchonuño para despertar el interés de tan distinguida y mal pagadora dama? Si lo averiguo, prometo contárselo en la próxima ocasión.

Notas:


1 - Francisco Gracia Alonso. Relations between Spanish Archaeologists and Nazi Germany (1939–1945). “In the excavations of 1941, Juan García, alias the Deaf, collaborated with Martínez Santa Olalla; he was an antique merchant from whom the Barcelona Museum had purchased objects originating from this site (Castiltierra)”.
2 - Se trata de dos pinturas murales de considerables dimensiones (4m x 3 m aprox.) que reproducen sendas copias de cuadros de Murillo. En el lado izquierdo se representa el cuadro Santa Ana enseñando a leer a la Virgen (Prado) y en el lado de la epístola se recoge La Sagrada Familia del pajarito, también copia del pintor sevillano. Están firmados: J. García. En el coro cuelga un lienzo de la Virgen del Carmen que luce esta inscripción en su base: Pintado y donado por Juan García de Sanchonuño. Que decoró este Santuario. Año 1945.




Fuentes
Archivo Parroquial de Sanchonuño
Archivo General de la Administración. Alcalá de Henares. La  
Isabel Arias Sánchez y Javier Balmaseda Muncharaz. La necrópolis de época visigoda de Castiltierra (Segovia). Excavaciones dirigidas por E. Camps y J. M.ª de Navascués, 1932-1935. MAN. 2015.
Antonio Molinero Pérez. Aportaciones de las Excavaciones y Hallazgos Casuales (1941-1959) al Museo Arqueológico de SegoviaExcavaciones Arqueológicas en España, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia, 1971.
Carlos Porro. La indumentaria tradicional de Sanchonuño. San Benito de Gallegos. A.C.,  nº 8. Diciembre de 2015.
Martín Almagro Basch. Algunas falsificaciones visigodas. 1941.






martes, 6 de noviembre de 2018

Enterramientos hasta las leyes liberales del siglo XIX


Rompimientos de sepulturas.

 

Los enterramientos, hasta bien entrado el siglo XIX, se efectuaban dentro de la iglesia parroquial, como norma general, si bien en años de mortalidad alta, por epidemias, o por no haber espacio suficiente en el interior de la iglesia, se hacían en terrenos adyacentes que se denominaban “sagrado de la iglesia”. Estos enterramientos se denominaban rompimientos ya que para realizarlos, al fallecer una persona, era necesario romper o levantar las losas del pavimento para abrir las sepulturas. En Sanchonuño este pavimento era de pizarras y estaba peor preparado para la realización de los entierros que el de Arroyo, por ejemplo. Todas las sepulturas eran de la Iglesia aunque se estableció la costumbre de enterrar en las sepulturas de otros familiares muertos anteriormente, padres, esposos, etc, costumbre que llegó a hacer pensar a determinadas familias en la propiedad de la sepultura o que se hablara de “mi pizarra” para referirse al lugar donde estaban enterrados los difuntos de cada uno.

Los precios de los rompimientos estaban en función, no del lugar donde se enterraba, como ocurría en otros lugares, sino en la edad del difunto. La clasificación y precio del rompimiento era:

 

         Cuerpos menores – hasta 3 años                2 Rs.

         Cuerpos medianos –entre 3 y 8 años          4,5Rs.

         Cuerpos mayores   -más de 8 años              6,5Rs.

 

Estas cantidades varían dependiendo del siglo en el que se consideren.

 

Sí parece deducirse que, aunque se cobraba por el cuerpo del fallecido y no por el lugar, tenía importancia la ubicación de la tumba en el recinto de la iglesia ya que hay partidas de difuntos que sitúan los enterramientos de pobres de solemnidad alejados del altar mayor, “a los pies de la pila bautismal” que entonces estaba en el rincón del lado del evangelio.

 

Los ingresos anuales en concepto de rompimientos, por su naturaleza, no eran fijos, dependiendo del número de fallecidos. A los pobres se les enterraba de limosna que era lo que ordenaba la ley canónica.

 

Los entierros llevaban misa de cuerpo presente y la conducción del cadáver con clamores y posas “como de costumbre”.

 

En los entierros las mujeres solían hacer manifestaciones exageradas de dolor lo que originó la reprensión por parte de los obispos a través de las sinodales y de las visitas, sin embargo esta costumbre no era fácil de erradicar.



lunes, 29 de octubre de 2018

LA MADERA DE CUÉLLAR EN EL ARTE VALLISOLETANO


Es sabida la importancia que tenía Valladolid como destino de la madera de los pinares de Cuéllar, pero no sólo para la construcción. También en las escrituras de contratos para la realización de obras de arte se expresa la preferencia de la madera de la comarca cuellarana para la realización de retablos y esculturas:

“Con las siguientes condiciones se a de hacer el retablo de la capilla mayor de la Iglesia de sancta Isabel… en Valladolid.

… es condición que la madera de toda la arquitectura de este Retablo a de ser de Soria o de Cuéllar, seca y limpia de ñudos y resina (que son contrarios a la pintura) y la madera de toda la escultura a de ser de Cuéllar.”

Ensamblador Francisco Velázquez, hijo de Cristóbal Velázquez, (no consta su vecindad). Protocolo de Tomás López. Año 1613.

Estudios histórico-artísticos: relativos principalmente a Valladolid, basados en la investigación de diversos archivos. Por D. José Martí y Monsó. Miñón. Circa 1900.





Tras pasar más de un año oculto por el andamiaje, el retablo central de la capilla mayor del Convento de Santa Isabel de Valladolid vuelve a mostrarse al público, tal y como lo ideara, en 1613, el arquitecto y ensamblador Francisco Velázquez. Ayudado por Melchor de Beya, quien realizara la traza y la estructura; con figuras firmadas por Juan Imberto y Gregorio Fernández; y policromía de Marcelo Martínez, el conjunto escultórico vuelve a lucir con todo su esplendor, gracias a la inversión realizada por la Junta de Castilla y León.
(Noticia en El Norte de Castilla, SONIA QUINTANA VALLADOLID Sábado, 8 abril 2006




El retablo del convento de Santa Isabel recupera el brillo del siglo XVII/

lunes, 13 de agosto de 2018

UNA INTERPRETACIÓN DE LAS PINTURAS MURALES DEL ATRIO DE PINAREJOS


(La escena de tauromaquia más antigua de la provincia).




El análisis histórico de las pinturas murales aparecidas en el atrio de la iglesia de la localidad de Pinarejos inducen a interpretarlas como la alusión a un hecho de armas de la Reconquista: la toma de Antequera por el infante Don Fernando en el año 1410.


La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en la localidad de Pinarejos, es la única de El Carracillo que ha conservado su volumetría exterior original de época románica  (siglo XIII), con un ábside rectangular con cubierta a dos aguas. En el edificio destacan la singular torre, con un excelente chapitel piramidal y un pórtico, orientado al mediodía, con una singular arquería de columnas con capiteles románicos y arcos de ladrillo, similar a la de Nieva. A este pórtico se le cegaron sus arcadas y estuvo cerrado destinando ese espacio a otros fines.

Sacar a la luz el atrio no era ninguna sorpresa y sí uno de los objetivos de la intervención para la restauración de la iglesia durante los años 2001-2002. La novedad durante este proyecto fue el hallar en los muros interiores de la nave y en la pared del pórtico interesantes pinturas que se han datado como propias del siglo XV y pertenecientes estilísticamente al gótico internacional. En el exterior  lo que tenemos es un programa iconográfico más profano, por la temática que recoge, tal vez por ello se representaría en esta pared del atrio; sin duda, donde se reunía el poder civil, esto es, el concejo de vecinos de Pinarejos-Tirados. Consideramos que constituyen un conjunto con una idea preestablecida: la perpetuación en la memoria de la participación de dos personajes del pueblo en la toma de Antequera.
Tres son las escenas que componen este programa iconográfico: la representación de Santiago en la batalla de Clavijo, la escena que representa el asalto a las murallas de Antequera y los caballeros lanceando al toro.
SANTIAGO MATAMOROS.
El Santiago de las pinturas se adapta al modelo tradicional: va ataviado con una túnica y amplio manto rojo y lleva un sombrero de ala ancha negro en el que se adivina la concha o venera del peregrino y monta un caballo de color blanco. Blande una espada con su mano derecha, sujeta las bridas del animal con la mano izquierda, la misma en la que también enarbola el estandarte que simboliza su victoria sobre los infieles. Salvo por el semblante sereno del apóstol, estamos a un paso de un Santiago matamoros. Se plasma en la imagen la ideología de Cruzada contra el infiel, que justifica la guerra de Reconquista durante los siglos anteriores y, en el momento de la realización de las pinturas, contra el reino de Granada. Idea que seguía vigente en las campañas del infante D. Fernando.


Acotado por el estilo artístico de las pinturas el periodo histórico al que se refieren, durante la primera mitad del siglo XV solo hay tres campañas contra el reino de Granada por parte de los castellanos: Setenil, Antequera y la batalla de Higueruela. Como la primera fue un fracaso y la tercera fue una batalla campal, todo nos lleva a apostar porque la toma representada en las pinturas de Pinarejos sea la de Antequera.
En 1390, último año de su reinado, Juan I otorgó, entre otros, el señorío de Cuéllar a su hijo el infante don Fernando, quien, después del compromiso de Caspe, ocuparía el trono de Aragón. Este traspaso supuso una señoralización de la villa que, aunque pasara a un miembro de la realeza, se distanciaba del dominio directo del rey. Hubo oposición por parte de los caballeros hijosdalgo a esta entrega al infante D. Fernando. El rey aplacó los ánimos otorgándole una feria a la villa de Cuéllar, que envió por última vez procuradores a las Cortes de Madrid, en 1390. En Cuéllar el infante encontrará fieles servidores y entre estos destacará una familia por los servicios que prestará en el futuro a D. Fernando y a sus descendientes, la de los Velázquez de Cuéllar.

El deseo de prestigiarse  en la guerra contra los infieles le llevó a D. Fernando a luchar contra los nazaríes de Granada en dos campañas llevadas a cabo contra Setenil, en 1407, y contra Antequera, en 1410. En esta última obtuvo un importante triunfo por la toma de la plaza malagueña, siendo así que desde entonces será conocido como Fernando de Antequera.
Además de caballeros de la villa,  se documentan también caballeros residentes en las aldeas de la Tierra que hicieron las campañas con D. Fernando de Antequera. A este último grupo creemos que pertenecen los caballeros de Pinarejos que quisieron dejar constancia de la participación en la hazaña en estas pinturas.
LA TOMA DE ANTEQUERA EN LAS PINTURAS DE PINAREJOS.
La escena a la derecha de la puerta de acceso al templo representa claramente el asedio y carga de un ejército cristiano a una fortaleza. Se percibe la carga de la caballería, seguida de la infantería, contra unas murallas protegidas por sus defensores, lo que estratégicamente no tiene mucho sentido. Sin embargo, esto no es solo una alegoría para representar la conquista de Antequera. Efectivamente, el infante D. Fernando entró en la ciudad a caballo y seguido de su cohorte de soldados más cercanos en cuanto el asalto definitivo a una de las torres de la muralla fue logrado por los asaltantes y las puertas quedaron abiertas. Este hecho aparece recogido en las crónicas contemporáneas de la época. También por el historiador Lorenzo Valla, que estuvo al servicio de los descendientes del Infante en Italia y al que damos todo crédito:
Igualmente el general, (el infante D. Fernando) una vez que vio la puerta abierta, entró por ella con la cohorte pretoria, a banderas desplegadas, mientras aún duraba la pelea. Con su presencia se derrumbó en los vecinos de Antequera el resto de alientos que les quedaba, sí es que tenían alguno.
Por delante del ejército asaltante, cuyo caballo mete media cabeza por la puerta reforzada con hierros de la muralla, se representa a su jefe: el infante D. Fernando. El protocolo prohíbe que nadie más se lleve ese mérito y se le pone en ese lugar sobre su caballo pinto; se adivina una corona sobre su cabeza y el pintor insinúa una aproximación a su escudo: las barras rojas de Aragón. Tal vez porque no supiera representarlo con mayor fidelidad.

Igualmente el general (el infante don Fernando), una vez que vio la puerta abierta, entró por ella con la cohorte pretoria, a banderas desplegadas, mientras aún duraba la pelea. Con su presencia se derrumbó en los vecinos (de Antequera) el resto de alientos que les quedaba, sí es que tenían alguno. A muchos de ellos que se arrojaron a los pies del vencedor, se les perdonó la vida .

Lorenzo Valla.


Le sigue en la escena el que sería uno de los comitentes de estas pinturas: el caballero a caballo con escudo, casco y armadura, destacado sobre el resto de la tropa que carga. Se representa la heráldica de este caballero que parece un joven: escudo con una banda, sin que podamos precisar sus colores. En los caballeros representados en la tercera escena del atrio, el escudo que lucen en su pecho pasa a tener dos bandas en vez de una. ¿Cuál es la razón? El escudo recogía en muchos casos los méritos hechos por sus poseedores. Esto lo apunta el historiador cuellarano del siglo XVIII Melchor Manuel de Rojas, que señala en su Historia cómo los caballeros más destacados de la villa añadieron a su escudo de armas la bordura de gules con ocho aspas de oro por su participación, justamente, en la toma de Antequera. Queremos decir que los caballeros de Pinarejos fueron a Antequera con una banda en su escudo y volvieron con dos, como reconocimiento a su participación en la batalla.

Y a la vuelta de la campaña, victoriosos y con botín, se dispusieron festejos para celebrar la toma de tan importante plaza fortificada a los nazaríes. Estas celebraciones incluyeron toros y es justo lo que podría estar representando la escena tercera del atrio y la que cierra el ciclo iconográfico. Sorprende al visitante que queden hoy dentro de la sacristía pero este espacio fue en su día parte del atrio. Son las pinturas más antiguas con temática taurina en la provincia y fueron usadas, al poco de haber sido descubiertas, por los documentalistas de turismo de Cuéllar como imagen para reforzar esa idea de los encierros más antiguos de España. Pero en esos paneles con la escena de tauromaquia no se señaló que no estaban propiamente en la villa sino en la Tierra: en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en el pueblo de Pinarejos, lo que dejó perplejos a los habitantes de este lugar. Los dos caballeros a la derecha, el primero más joven que el segundo, lancean al toro cárdeno situado a la izquierda; muy desdibujados se adivinan otros personajes participantes en el festejo, alguno caído en el suelo.
LOS TESTIGOS HABLAN
No sabemos los nombres de los caballeros representados en las pinturas de Pinarejos, pero tenemos el testimonio contemporáneo a ellos de otros hombres de armas salidos de los pueblos y participando en la campaña de Antequera, cuya toma creemos que es la que se representa en las pinturas.
En su declaración, Alfonso  Sánchez, hijo de Diego López, bajo juramento en la ejecutoria de hidalguía a favor de García de Cuéllar, año 1453, testificó lo siguiente:
Que conoció al padre y al abuelo de dicho García viviendo en Pesquera, aldea de la villa de Cuéllar (despoblada hoy, entre Chañe y Arroyo) y que fueron hidalgos y tenidos por tales. Que por esto no pagaban tributo salvo en los que pagaban los hombres hidalgos (muralla, caminos, puentes y términos), pero sí pagaron en la compra de Montemayor y en la del reloj. Que vio en su día como García Álvarez, su abuelo, acompañó al infante D. Fernando en la guerra de Antequera y de Aragón cuando fue para allá, y tenía consigo otro compañero de armas que llevó y que al dicho tiempo el testigo estuvo en dichas guerras por paje de Juan López, su tío, y vio que los caballeros y escuderos tenían y nombraban a García Álvarez por hidalgo. Que el padre, Juan Álvarez, fue a las guerras que hubo con los reyes de Aragón y Navarra, con otros hombres hidalgos de la villa y tierra y lo viera presentarse en la aldea de Pecharromán, tierra de Fuentidueña, donde todos se juntaban para salir en campaña.
Escudo de Fernando de Antequera en Cuéllar.


Todavía cuarenta años después de la toma de Antequera, Gutierre Velázquez, hijo del doctor Ortún Velázquez que había participado en la campaña, encargaba a un poeta pariente suyo romances sobre tan significada hazaña como prueba de la memoria que aún se conservaba de este hecho. Los caballeros de Pinarejos, a su manera, quisieron dejar recuerdo de su participación en la campaña mandándola representar en las paredes del atrio de su iglesia.

Texto y fotos: J. Ramón Criado.