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lunes, 6 de marzo de 2017

LAS HISTORIAS PERDIDAS DE CUÉLLAR


Había escrito la primera historia de Cuéllar D. Diego Bermúdez de Guevara, hidalgo natural de la villa segoviana y al servicio del duque de Alburquerque, por los años de mediados del siglo XVII. Hay constancia de que esto fue así porque el mismo Bermúdez se lo manifestó al cronista del rey, D. Josef Pellicer, con el que se carteaba e informaba sobre las familias de Cuéllar, para los árboles genealógicos, muy de la moda, que al de Madrid le encargaban.

Sin embargo, la obra de Bermúdez de Guevara se echó a perder por la desidia de sus herederos. Acabaría, señala una tradición, sirviendo para envolver con sus hojas las especias que se expedían en una tienda cuellarana. Así, conocedor del destino de la historia escrita por su paisano Bermúdez, D. Melchor Manuel de Rojas, hidalgo del siglo XVIII, pergeñó una idea para que las Apuntaciones, que había escrito sobre la muy noble y leal villa de Cuéllar a lo largo de su vida, no corrieran la misma suerte.

Le habían encargado a D. Melchor en el año 1763, desde el patronato del Hospital de la Magdalena, que realizara una copia a letra moderna del Cartulario de la fundación hecha en la villa por D. Gómez González, allá por 1430. El Cartulario, copia de seguridad de los papeles del archivo el Hospital, tenía ya las letras muy deslavazadas y su grafía antigua no se entendía por los compatronos de la fundación que no eran otros que los regidores del ayuntamiento. Era propicia la ocasión para que, con permiso del Patronato, incluyera Melchor Manuel de Rojas en su copia de los documentos oficiales del Hospital su Historia de Cuéllar y la biografía del fundador, el arcediano Gómez González. El Cartulario servía no solo para una consulta más metódica de los documentos del archivo, sino que además tenía valor jurídico en los pleitos y podía ser presentado como prueba en los juicios. Por esta razón, la existencia útil de la copia del Cartulario hecha en el siglo XVIII por Rojas fue efímera. Solo estuvo treinta años en Cuéllar, ya que se presentó en el Consejo de Castilla, en Madrid, en un contencioso con el obispo de Segovia, sobre si este tenía derecho de visita sobre el Hospital de la Magdalena. El juicio no se concluyó y los Cartularios, el antiguo y su copia, quedaron olvidados en los archivos madrileños.

Paradójicamente, la historia de Cuéllar de Melchor Manuel de Rojas, salvaguardada por él mismo en su copia del Cartulario, se perdió de esta manera durante doscientos años. Esta es literalmente la historia perdida de Cuéllar que hemos dado a conocer recientemente.


 

LA HISTORIA ENCONTRADA.

Acabaron los dos cartularios en el Archivo Histórico de Madrid y fueron sacados del expediente del juicio referido por la singularidad de los dos libros. Después vino al acceso a los mismos, por cualquier interesado, en el Portal de Archivos Españoles. Pensamos, al conocer los documentos, que otros colegas ya los habrían estudiado. No era el caso. Dimos a conocer las referencias bibliográficas en nuestro primer artículo sobre los cartularios y el propio Balbino Velasco, entonces cronista de Cuéllar, se interesó por ellos para dar cuenta en la quinta edición de su Historia de Cuéllar, que prácticamente estaba ya en la imprenta. Solo tuvo tiempo para conocerlos y citarlos, no para estudiarlos a fondo. Sin embargo, no es tan importante ver quién llegó antes a las Apuntaciones de Melchor Manuel de Rojas, sino la manera  de abordarlas. Decimos esto porque en el ínterin un anticuario las usó como fuente para uno de sus trabajos pero sin entrar en su análisis. El resultado fue una obra de escaso valor, de la que el autor se jactaba de haberla hecho en tres meses (ya serían seis). Todo por tomar al pie de la letra lo que escribió Rojas sin cotejar sus escritos. Este es el otro de los significados de historia perdida: la que no analiza críticamente las fuentes y sigue repitiendo los errores pasados. La que confunde, más que aclara.

Por lo dicho, las Apuntaciones de Melchor Manuel de Rojas exigían una lectura detenida (no me sonrojo de que el tiempo empleado se cuente por años) y analítica, porque no todo lo que cuenta el historiador del siglo XVIII ha resultado ser cierto. En este sentido, sí somos los que hemos recuperado la historia perdida de Rojas. Porque hemos entrado en ella para desentrañar sus intenciones e ideología. Las luces y las sombras de una obra sectaria en la que su autor pretendía justificar la preeminencia de su clase social, la de los hijosdalgo, sobre el común de la población, en el control de los resortes económicos y del poder de toda la Tierra de Cuéllar.

La de Melchor Manuel de Rojas es una historia que se aleja de la contaminación de los falsos cronicones, aún sin estar exenta de ella. Nos referimos a aquellos escritos falsarios aparecidos en el siglo XVI que embrollaron la historia y la convirtieron en impracticable incluso para los más entendidos. Pero entre tantos males, lo positivo fue el considerable número de historias locales que se escribieron. Los autores de los falsos cronicones concedieron a los pueblos remota antigüedad, en otros fijaron la situación de antiguas y renombradas poblaciones, en algunos hasta silla episcopal, fundada por los mismos apóstoles o santos paleocristianos, y dieron por doquier a casi todos santas vírgenes. Para el caso de Segovia, los cronicones fingidos inventaron para su diócesis un santo que le daba antigüedad y lustre: San Geroteo. Será Gaspar Ibáñez de Segovia, el Marqués de Mondéjar, historiador más cabal, quien arremeta en un escrito en defensa de los patronos clásicos, San Frutos y San Valentín, contra el intruso obispo San Geroteo, introducido por el supuesto cronista Dextro (creado por Jerónimo de la Higuera).

NOTICIAS SOBRE EL ARTE EN ROJAS
Aunque Melchor Manuel de Rojas no concibe un plan dentro de su obra para abordar el Arte en Cuéllar, nos rescata  referencias a obras desaparecidas, caso del Convento del Pino, en Mata de Cuéllar, fundado por el presunto antepasado de Gómez González, Alonso García de León, contador mayor de Enrique III. O nos da luz sobre algunas obras de arte que se han conservado, aunque hoy estén en museos de fuera de la villa. Este es el tercer significado de historia perdida: el conjunto de obras de arte echadas a perder en Cuéllar o que salieron fuera de la villa, recalando en Madrid, Barcelona o en el mismo Harlem, en Nueva York.
Es muy interesante la tabla para un sepulcro de la iglesia de San Esteban que encargó Gómez González en el primer tercio del siglo XV. El arcediano patrocinó esta sepultura o lucillo para dos parientes próximos, padre e hijo. Se trata de Juan Velázquez Caballero y Juan Velázquez, caídos presuntamente en algún conflicto armado de su época, tal vez en Setenil o Antequera. Es una de las pocas conjeturas que nos permitimos en el libro: son para nosotros el padre y el hermano del patrocinador, Gómez González. Todo ello después de desmontar la genealogía que Rojas construye para el arcediano. Solo un pariente en primer grado dedica una obra de este tipo para el entierro de sus parientes. Así nos lo relata Rojas, que supo ver la importancia de esta tabla:
Hizo construir Gómez González en esta iglesia de San Esteban para depósito de dos parientes queridos suyos, a la mano derecha de la entrada, que es un arco con una pintura antigua y poco cuidada, que por tanto me costó no poco leerla después de bien lavada y barrida.
Esta pintura gótica sobre tabla es una más de las importantes obras de arte cuellaranas que hoy se hallan fuera de la villa. Dicha pintura ingresó en el Museo Arqueológico Nacional en 1936, y en las guías de este museo aparece descrita como un fondo de lucillo funerario procedente de la iglesia de San Esteban de Cuéllar. La tabla, con estructura de arco apuntado, encajaría en el marco arquitectónico del sepulcro, constituyendo su fondo. Tan importante pintura, por quien la encargó y por lo que significa (tiene representada una de las primeras Misas de San Gregorio del panorama artístico nacional) debería ser solicitada al museo que ahora la expone y ser traída a su iglesia de origen, San Esteban de Cuéllar, para ser admirada durante los meses que duren las Edades del Hombre. Ignoramos si está en los planes de los organizadores hacerlo, pero la ocasión es pintiparada, plagiando la expresión del prologuista de nuestro libro, D. Antonio Linage Conde. Y ya puestos a sugerir obras para dicha exposición, resulta significativo, por su singularidad, que uno de los pueblos de la tierra de Cuéllar, Sanchonuño, cuente con un Cristo Yacente, escultura neo-barroca, realizado por un artista oriundo del pueblo, hace tan solo veinticinco años y que, aunque nos toque por razones de parentesco, no queremos dejar de dar a conocer aquí. Cabe perfectamente en el programa de las Edades: Reconciliare. Pero doctores tiene la iglesia.


 LOS VELÁZQUEZ DE CUÉLLAR
Ha sido un reto, gratificante, desentrañar la obra de Rojas, con sus luces y sus sombras, con sus intencionalidades. Hemos pretendido hacer un trabajo para sumar, para aportar novedades para la historia de Cuéllar, usando las claves que se extraen del historiador del siglo XVIII. Los indicios para llegar hasta el testamento de Martín López de Córdoba Hinestrosa, el marido de Isabel de Zuazo, la señora de las bulas, que se da a conocer íntegro. Rojas en alguna ocasión duda y nos hace dudar a nosotros. Pone en entredicho las genealogías y señala el camino para corregirlas. Así, hemos llegado a establecer el árbol genealógico de los Velázquez, cabezas de la familia, los moradores de la Casa de la Torre o Palacio de Pedro I el Cruel. Paradójico, cuando el propio Rojas inventa otras genealogías y hay que desmontárselas a él. Este asunto ya nos ha acarreado algunos detractores, pero estamos tan seguros de lo bien hecho, que será cuestión de tiempo que se acepte como válido. La confusión la sembró el cronista Pellicer, al adulterar el árbol de los Velázquez, para hacer cabeza de la familia a Gutierre Velázquez, el de Arévalo, mayordomo de la reina viuda Juana, madre de Isabel la Católica. Ni Gutierre ni su hijo, Juan Velázquez de Cuéllar, fueron dueños de la casa solariega de Cuéllar. Incluso ninguno pudo enterrarse en la villa, como había sido su deseo. Melchor Manuel de Rojas sienta las bases al poner en entredicho a Pellicer, por haber tenido el testamento del Dr. Ortún Velázquez (1436), cabeza de la casa y personaje relegado a un segundo plano por la historiografía tradicional de la villa. Incluso por haberse hecho una sola biografía con la del doctor y un homónimo contemporáneo suyo. En el recorrido de nuestro estudio, otros documentos han venido a apuntalar nuestra propuesta. No haremos aquí un nudo gordiano de otro que nos jactamos de haber deshecho. Los detalles los podrá encontrar el lector en nuestro libro.
 
EL TESTAMENTO DE MARTÍN LÓPEZ DE CÓRDOBA HINESTROSA.
El otro testamento manejado por Melchor Manuel de Rojas es el de un cuellarano que ha pasado a ser actualidad: el de D. Martín López de Córdoba Hinestrosa. Su mujer, Isabel de Zuazo, acumuló durante su vida un buen conjunto de bulas y otras prerrogativas en papel con las que se hizo enterrar, habiendo custodiado y conservado, desde su sepulcro en la iglesia de San Esteban, tan interesante legado durante casi quinientos años.
Por empeño en la investigación, dimos con el testamento  de su marido, D. Martín López, año de 1523, enterrado junto a su mujer en las extraordinarias sepulturas del lado de la epístola en dicha iglesia de San Esteban de Cuéllar. Este testamento es un documento extenso, prolijo en detalles e interesante para la historia de la villa. No tenemos constancia de que lo hayan utilizado historiadores contemporáneos; no obstante, después de haber sido dado a conocer por nosotros, algún colega ha envidado con que él también lo estaba trabajando, que ya lo conocía. Confesamos aquí, avisados de nuestra experiencia, que con el testamento de D. Martín nos habíamos reservado, para nuestra custodia, la referencia de este documento para, llegado el caso, exponer dónde lo encontró cada uno.
Es un documento complementario para el significado de las bulas de su mujer. Bulas de Martín López son las de difuntos, tomadas en 1498, para sus cuatro abuelos y sus padres, todos perfectamente identificables. No así la que tomó para una tía que, por su testamento, hemos identificado con Leonor López de Córdoba, hermana de su padre Gabriel López, enterrada en la iglesia de Santiuste de San Juan Bautista, y hacia la que su sobrino profesaba especial compromiso (Bula 3.7). Pero Martín López confiaba más en la aplicación de misas y aniversarios, para la salvación de su alma, que en la adquisición de bulas. Y su deseo, verbalizado en su última voluntad, de ser amortajado con el hábito franciscano, con el que realmente ha aparecido en su sepulcro. Continúa el testamento de Martín López con las honras fúnebres del día de su entierro y siguientes, cuyo boato es proporcional a la categoría social del difunto: el de un noble hidalgo cuellarano con la suficiente hacienda como para no haberse tenido que embarcar en la aventura de la conquista de América, como sus sobrinos los Rojas.







Las mandas piadosas por su alma se complementan con un treintanario revelado en San Esteban y las misas de San Amador. Interesante el treintanario revelado, porque es una manda especial que consistía en treinta misas por espacio de treinta días seguidos en sufragio del difunto, durante los cuales el sacerdote permanecía encerrado en la iglesia y se creía supersticiosamente que Dios había de revelar el estado del alma del difunto. Era la manera de asegurarse Martín López el camino de su salvación, prefiriendo la manda de misas a la acumulación de bulas. En el mismo sentido se oficiaba el treintanario de San Amador, que gozó durante la Baja Edad Media de gran popularidad y que se mantiene para algunos casos en Cuéllar y este es el ejemplo. Se componían de una serie de misas, concretamente treinta y una en Castilla, que tenían por objeto el rescate del Purgatorio de las almas de las personas por las que se oficiaban. Estas misas, distribuidas en diferentes tandas, se acompañaban de la quema de un determinado número de candelas en cada una de ellas.
PALABRAS FINALES
En resumen, del análisis de las Apuntaciones de Melchor Manuel de Rojas se ha llegado a aportaciones nuevas para la Historia de Cuéllar. Además de las expuestas, nos ha permitido atribuir la identificación del cadáver 2 a, aparecido en uno de los sepulcros de San Esteban, con Ana Jaramillo, nuera de Martín López de Córdoba Hinestrosa. Pero estos y otros detalles ya no caben aquí.
Muchos de los datos recopilados a partir de Rojas en nuestro libro “Cuéllar: la historia perdida”, los teníamos ya publicados, pero dispersos. Convenía, y este era el momento, juntarlos y complementarlos. Hacer nuestra propia copia de seguridad, como lo fue en su día el Cartulario del Hospital de la Magdalena. Para que, llegado el caso, haga a juicio y fuera de él. Pero, sobre todo, el libro ha surgido para sumar a la Historia de Cuéllar, para divulgar y dar a conocer a la gente estas aportaciones. Somos independientes de cualquier academia, universidad o cátedra. Beligerantes contra cualquier intento de monopolio de la Historia de Cuéllar, a la que, por su grandeza, no se la puede acotar. Escribimos pensando en los lectores a los que agradecemos el interés, acogida y el apoyo prestado a esta obra. Así como a los medios por la cobertura facilitada.
Por último, señalar mis cómplices necesarios. Los patrocinadores del proyecto para que la mía no fuera otra historia perdida en un cajón. Instituyendo un nuevo modelo de mecenazgo, ellos son: el Ayuntamiento de mi localidad natal, Sanchonuño, y dos empresas privadas de la localidad (HUERCASA y El Campo). Muchas gracias.


miércoles, 18 de enero de 2017

CUÉLLAR: LA HISTORIA PERDIDA






En el año 1763, Melchor Manuel de Rojas, hidalgo y miembro del Regimiento, incluyó sus Apuntaciones históricas sobre Cuéllar en el Cartulario del Hospital de la Magdalena de la villa segoviana. Esta es la historia perdida que se recupera en estas páginas.

El historiador J. Ramón Criado se adentra en su estudio para desentrañar su contenido. Las luces y sombras de una obra sectaria, porque pretendía justificar la preeminencia de la clase de los hijosdalgo, sobre el común de la población, en el control de los resortes económicos y del poder de toda la Villa y Tierra.

Del análisis de la obra de Rojas se llega a aportaciones novedosas para la historia de Cuéllar. Se accede al testamento de Martín López de Córdoba Hinestrosa. Interesante documento del marido de Isabel de Zuazo, piedra angular de las Edades del Hombre, por las bulas que se hallaron en su tumba y que explica la manera que eligió su marido para prepararse para la vida eterna.

A través de Rojas se llega a establecer, también una genealogía fidedigna de la rama principal de la familia Velázquez, la que vivió en el Palacio de Pedro I el Cruel, desconocida hasta ahora.

Se hallarán datos inéditos para la biografía del fundador del Hospital de la Magdalena, Gómez González, a la par que se desmonta lo que Rojas inventó para la infancia del Arcediano. El lector encontrará otras aportaciones, que no cabrían aquí.

La Historia que presentamos es también la de los pueblos de la Tierra porque, como decían los representantes de las aldeas, en defensa de sus intereses, Villa y Tierra formaban una misma república, en la que se habían de repartir de forma equitativa tanto los beneficios como las cargas.



 





miércoles, 30 de noviembre de 2016

TRES CUELLARANOS EN EL OCÉANO PACÍFICO





De la segunda mitad del siglo XVI tenemos noticia del tercer cuellarano surcando el Pacífico. Francisco García, natural de Cuéllar, que murió viniendo de la China de regreso a México. Probablemente se refiere a que regresaba en el llamado Galeón de Manila.[1] Tenemos noticia de su existencia porque, en el año 1586, un hermano suyo, el Licenciado Frutos García, vecino de Cuéllar, solicitó licencia para pasar a Nueva España en compañía de dos sobrinos (Juan y Ana). Expuso el solicitante que su hermano había muerto en las condiciones que hemos señalado y que había dejado mucha hacienda. Su otro hermano residente en la ciudad de México, Juan García, le había hecho llamar a él y a sus dos sobrinos porque se sentía muy enfermo y para que heredaran lo que allí les correspondía de la hacienda de Francisco García, su hermano fallecido. El licenciado Frutos García añade en la documentación que en Cuéllar no tenía congrua suficiente, como clérigo que era, conforme a la calidad de su persona, además de tener en su casa y a su cargo a una sobrina y un sobrino pobres que él mantenía con su necesidad. Añade en el poder que tenía en la ciudad de México otro hermano muy rico, llamado Juan García, que no contaba allí con sucesor ninguno, el cual le había llamado para favorecerle y compartir con él su hacienda.[2]




[1] El Galeón de Manila, también llamado Nao de China, era el nombre con el que se conocían las naves españolas que cruzaban el océano Pacífico una o dos veces por año entre Manila (Filipinas) y los puertos de Nueva España, principalmente Acapulco.
[2] AGI. Indiferente. 2063,N.45. Frutos García. Contiene carta otorgada ante el escribano Juan de Enderica, Cuéllar, 8 de mayo de 1586. Testigos Baltasar Velázquez y Diego del Pozo y Mateo García.
 

jueves, 20 de octubre de 2016

LOS MENTIDEROS DE LA VILLA DE CUÉLLAR (AÑO 1791)


Como anecdótico, en los mentideros de la pequeña villa castellana, en el año 1791, fueron muy sonados los dos libelos o pasquines difamatorios que aparecieron a primeros de noviembre en las puertas carreteras de Dña. Antonia Figueroa, viuda de D. Melchor Nicolás de Rojas. El segundo pasquín apareció al otro día pegado con engrudo en el arco de la Trinidad, justo cuando por allí habían de pasar quienes iban a cubicar la cosecha del mosto en las bodegas. Los dos eran muy ofensivos e injuriosos (además de groseros en sus palabras) contra el honor de la viuda, a la que se la acusaba de recibir por las noches a un padre trinitario. Tal vez fueran obra de un despechado.

Defendió Baltasar Alonso, procurador de causas ante la justicia de Cuéllar y Defensor del Hospital de la Magdalena, a Dña. Antonia. Y el alcalde mayor se tomó muy en serio el descubrir al culpable e intervino de oficio interrogando a numerosos testigos.
Se tomaron muestras escritas de los niños y niñas de la escuela de Cuéllar y de los estudiantes del Estudio de Gramática por si alguno de ellos había sido utilizado para escribirlas. Parece letra de adulto, aunque no muy instruido. En todo caso, no era de ninguno de los dos sospechosos, Manuel Picatoste y Manuel Rico (tejedor de lienzos y sacristán de Santa María de la Cuesta). Aún así, se les encarceló solo por los indicios, para ser luego puestos en libertad bajo fianza.[1]



[1] Real Chancillería de Valladolid. Salas de lo criminal, Caja 73,3. Se cita un tercer escrito, en una carta, que no llegó a caer en el jardín de Dña. Antonia de Figueroa (vivía en la Casa de las Bolas), por lo que se sospechaba que había sido lanzada desde la casa de Manuel Picatoste, que vivía en la calle de los Hornos, justo enfrente.

jueves, 29 de septiembre de 2016

UNA NUEVA GENEALOGÍA PARA LOS VELÁZQUEZ DE CUÉLLAR






LOS DESCENDIENTES DEL DOCTOR ORTÚN VELÁZQUEZ,  MARIDO DE COSTANZA GARCÍA.

Deslindada la biografía del Dr. Ortún Velázquez  en la entrada anterior, pasemos a desarrollar la descendencia del que fue corregidor de Sevilla, a partir del texto de Melchor Manuel de Rojas. Nuestro historiador del siglo XVIII pone en entredicho la genealogía de los Velázquez, construida por el cronista D. Josef Pellicer en el siglo XVII, sobre todo en lo relativo a la del Doctor Ortún Velázquez, casado con Costanza García. Está seguro de lo que dice porque Rojas tuvo el testamento de este Velázquez. Si lo hubiera tenido Pellicer habría hallado más luces y desengaño y sabría que los Cuéllar eran González igualmente, dice.

A partir del testamento del Dr. Ortún Velázquez, construye su árbol genealógico, sobre todo en lo referente a los que fueron sus hijos: Juan de Cuéllar, Pedro de Cuéllar, Ruy Sánchez, Francisco Velázquez y otros que no especifica (tal vez también una hija llamada Costanza, como su madre). Y de nuevo Rojas nos deja a medias al no desarrollar por completo ese y otros

para haber sacado mayor partido al testamento. Señalamos esto porque algún autor ha indicado que otro de los hijos del Dr. Ortún Velázquez fue también Gutierre Velázquez de Cuéllar. Posibilidad que toma fuerza de ser la correcta, habida cuenta de que las genealogías más allá del propio Gutierre Velázquez quedan puestas en entredicho. (9) Pero sobre todo porque en el testamento de Doña María de Toledo (año 1507), viuda del Licenciado Juan Velázquez, cita por su testamentario a su sobrino (sic) Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de la reina, sin duda el de Arévalo, hijo de Gutierre Velázquez. Este dato confirma la genealogía que proponemos alternativa a la del cronista Pellicer. Se deduce que el Licenciado Juan Velázquez, marido que había sido de María de Toledo, y Gutierre Velázquez de Cuéllar, mayordomo de la reina viuda Isabel en Arévalo, fueron hermanos e hijos del Dr. Ortún Velázquez, aunque Rojas omita a Gutierre al hablar del testamento de este último.

En todo caso, el testamento del Dr. Ortún Velasco usado por Rojas ofrece garantías al ser cotejado hoy con otras fuentes. Coincide con citas de la Colección Documental de Cuéllar y con los datos aportados por el Marqués de Mondéjar (siempre para nosotros historiador fiable) en su Genealogía de la familia Segovia y otros manuscritos suyos en los que se fundamenta Trassierra. (10)

En concreto, Juan de Cuéllar, aún bachiller, aparece citado explícitamente como hijo del Doctor Ortún Velázquez en la nueva toma de Cuéllar, como señor de ella, de Juan de Navarra, en julio de 1439. (11) En el mismo documento aparece citado Pedro Velázquez, nombrado alguacil, esto es, oficial de justicia del nuevo señor. ¿Se trata de su hermano al que en Cuéllar nombran por el apellido de la familia y no como Pedro de Cuéllar? No vamos a complicar más las cosas con esta posibilidad. Solo la tendremos en cuenta. Lo cierto es que este documento, como decíamos, da credibilidad a que Rojas manejó el testamento del Dr. Ortún Velázquez y que los datos que extrae son fiables.

PEDRO DE CUÉLLAR. MUERTO EN JAÉN LUCHANDO CON LOS NAZARÍES (1456).

Pudo llamarse Pedro Velázquez, pero al salir de la villa para servir al rey Enrique IV, tal vez también antes a Juan II, empezó a ser nombrado como Pedro de Cuéllar. Los servicios prestados por su padre, el Dr. Ortún Velázquez de Cuéllar, le posicionaron bien para que entrara al servicio de estos Trastámara. Estos reyes buscaron en la baja nobleza y en los caballeros hijosdalgo gente más fiel y comprometida con su rey que la díscola alta nobleza con excesivas aspiraciones de poder. Además, Pedro de Cuéllar arriesgó asumiendo destinos en la entonces peligrosa frontera con Granada, tal vez con aspiraciones de ascender en la escala social.

Trassierra le propone erróneamente como padre de Cristóbal de Cuéllar, suegro del Adelantado Diego Velázquez, conquistador de Cuba. Trataba este historiador de constatar una sola familia en la villa con el apellido Cuéllar. Pero en estos siglos medievales cualquier cuellarano, de la familia que fuere, podría tomar como apellido el topónimo de su lugar de nacimiento, Cuéllar, dándose así origen a diferentes ramas con dicho apellido. Por regla general, cuando pasaban a residir fuera de la villa, como es el caso de Pedro de Cuéllar, que en principio pasaría a residir en Segovia, en la órbita de la corte.

Pero Trassierra nos proporciona otras informaciones valiosas, sobre Pedro de Cuéllar, obtenidas en  los archivos de Madrid: fue vasallo del rey Enrique IV, por los años de 1450, a su servicio como corregidor en ciudades de la frontera con Granada, en Murcia, Andújar y Jaén. Esto supone que Pedro de Cuéllar tenía cierta formación jurídica, no exenta de su carácter de militar como caballero de la frontera que fue. (11)

Había comenzado Enrique IV su reinado en 1454 dispuesto a seguir las guerras de conquista de Granada, y convocado cortes en Cuéllar para este fin. Aplicaría una estrategia, criticada, de campañas de desgaste, evitando siempre la confrontación directa con el ejército musulmán. En el verano de 1456, las crónicas dan testimonio de la aparición en el cielo durante muchos días de un cometa (luego llamado Halley). Fue interpretado como un mal augurio para el monarca. Solo lo fue, entre otros, para Pedro de Cuéllar. Durante la campaña contra el reino nazarí de Granada, un cuerpo de tropas, mandadas por Juan Manrique, Conde de Castañeda, sucumbió en una celada en el puerto de Torres, en Jaén. Hubo 400 muertos y el propio conde cayó prisionero. Mandaba las tropas de la ciudad de Jaén en esta emboscada su corregidor, Pedro de Cuéllar, que no pudo evitar, por más que lo intentó, que los 80 jinetes jiennenses abandonaran el campo de batalla, desertando. Él volvió con Juan Manrique y allí se dio cuenta de su muerte. Las crónicas recogen este hecho dedicando elogios al caballero de Cuéllar:

 

(…) E como los cavalleros de la gineta de la çibdat de Jaén, de quien traya cargo un caballero de Segovia llamado Pedro de Cuéllar, vieron los moros, volvieron luego a fuyr de tal manera que Pedro de Cuéllar, su corregidor, no los pudo detener; e como él era buen caballero e onbre fijodalgo, volvió con algunos pocos que con él quisieron volver, e allí fue muerto, e algunos de los que con él volvieron. (12)

 

Esta pérdida supuso un duro golpe para la mujer de Pedro de Cuéllar, Elvira Sánchez de Virués. Fruto del matrimonio, habían tenido un hijo y seis hijas. De las hijas quedaban cuatro solteras que tuvieron que encaminar su vida hacia el claustro. María Álvarez, Inés Osorio y Beatriz Virués en las clarisas de Rapariegos (anomalías de los apellidos por entonces, dice Trassierra, las tres lo llevan distinto y ninguna el de su padre). Costanza Velázquez, nombrada como su abuela, eligió el convento de Cuéllar. Tres documentos de la Colección Documental de Cuéllar hacen referencia a este hecho y citan a sus padres. A Pedro de Cuéllar difunto. En el año 1458, Costanza invierte 10.000 maravedíes, que le había dado su madre por su herencia, en tierras en el hoy despoblado de Muño Gómez y en Lovingos. Las mismas tierras que dona a la comunidad de monjas de Santa Clara al hacer su ingreso en esta congregación de Cuéllar. (14)

Halló Trassierra también el testamento de la viuda de Pedro de Cuéllar, Elvira Sánchez de Virués (año 1485 y codicilo de 1490). Ordenó que se la enterrara en San Francisco (de Cuéllar?) en la capilla de su padre. Manda sus ropas a sus hijas y mejora a Jerónimo de Virués, su hijo varón, el tercio de sus bienes. Cita también Trassierra otros tres documentos referidos a la renuncia de su legítima que hicieron las hijas aspirantes a entrar en el convento. En el primero de ellos, en Cuéllar a 7 de marzo de 1457, renuncia doña Costanza, hija de Pedro de Cuéllar, determinada a ser monja en Santa Clara, como hemos dicho. Llama la atención el elenco de los testigos de este documento: el licenciado Juan Velázquez (su tío Juan de Cuéllar), el bachiller Gutierre Velázquez y Sancho (Velázquez), su hermano. Sin duda sus parientes de la familia Velázquez en Cuéllar, los hermanos de su difunto marido, los más próximos y de confianza, llamados para ello.

***

 

Hemos hecho este ejercicio de genealogías, aunque le haya resultado complicado al lector, porque creemos que es este el método con que el historiador actual debe abordar estos árboles. Si damos por buenas las genealogías de los historiadores barrocos, copiaremos sus aciertos, pero también sus errores, y los tienen. Hoy tendríamos más medios para corregirlos y enmendarlos. Puestos en duda hasta los árboles del mismo Pellicer, no cabe sino hacer instantáneas de lo que damos por seguro y después, en otro nivel, tratar de ensamblar esas instantáneas.

La actitud crítica de Melchor Manuel de Rojas respecto al cronista Pellicer está fundamentada. Tiene los documentos necesarios para ello. Sus aportaciones nos han permitido recuperar otro personaje para la historia de Cuéllar: Pedro Velázquez de Cuéllar o, sencillamente, Pedro de Cuéllar, hijo del doctor Ortún Velázquez, cuya prometedora carrera en la órbita de Enrique IV,  se vio truncada con su muerte en combate en la guerra de Granada en 1456.

En relación a las familias cuellaranas, Pellicer fue el autor del Informe de la familia Velázquez, que fue impreso en el año 1649. (15) Es este informe al que Rojas critica por haber hallado en él algunas deficiencias cometidas por su autor, por no haber tenido, dice, los instrumentos apropiados en algunos casos (testamento del Dr. Ortún Velázquez).


9.- Colección de documentos inéditos para la historia de España. Vol. 18. Madrid 1851. Pág. 474. Doña María Enríquez casó con Gutierre Velázquez, Comendador de la Membrilla, hijo de Juan Velázquez, contador mayor, y de Doña María de Velasco, y nieto del licenciado Gutierre Velázquez de Cuéllar, que fue hijo del doctor Ortún Velázquez, corregidor de Sevilla en tiempo del rey D. Juan Segundo.
10.- Los datos que aporta la obra del Marqués de Mondéjar son los siguientes: Doña Ana Machuca, hija última de Pedro Machuca de la Plata y de doña Juana Sánchez de Segovia, casó dos veces. La primera con Gerónimo de Virués, hijo de Pedro de Cuéllar, vasallo del rey, Corregidor de Murcia, de Andújar y Jaén, de cuya muerte haze memoria Alonso de Palencia, en su crónica del rey Enrique IV, cap. 14; y de Doña Elvira Sánchez de Virués, que vivió hasta el año 1485, en que hizo su testamento a cinco de julio.
11.- Colección Documental de Cuéllar. Nº 416. Pleito homenaje de la villa de Cuéllar a Juan de Navarra como señor de nuevo de ella. 1439, julio 7.
12.- Gonzalo de la Torre Trassierra. Cuéllar. Pág. 163. Provisión despachada, año de 1453, en que manda el rey Enrique IV a Pedro de Cuéllar, su corregidor en Jaén y Murcia que haga pagar al Dr. Diego González de Toledo, su oidor y contador mayor, ciertas rentas que tenía en los dichos partidos. En 1455 el mismo rey manda a la ciudad de Andújar otra provisión, para que admita por su corregidor a Pedro de Cuéllar, su vasallo. Biblioteca Nacional. Manuscritos. Ms. D-162. (Signatura antigua). Consultó otros manuscritos de esta biblioteca que corresponden al Marqués de Mondéjar.
13.- Crónica anónima, vol. II, Pág. 60.
14.- Colección Documental de Cuéllar. Nº 575, Nº 577 y Nº 578.
15.- Memorial de la Casa y Servicios de Don Andrés Velázquez de Velasco, Caballero del Orden de Santiago, Conde de Escalante i de Tahalu, señor del estado de Villavaquerin i Sinova... En Madrid: [s.n.], 1649. [1], 26 h.





viernes, 19 de agosto de 2016

EL DOCTOR ORTÚN VELÁZQUEZ DE CUÉLLAR. CORREGIDOR DE SEVILLA. CABEZA DE SU LINAJE.


El presente artículo forma parte de otro más extenso que sale publicado en la fecha de hoy (19 de agosto de 2016) en la LA VILLA. La Revista de Cuéllar, nº 59. En este trabajo propongo una nueva genealogía para la familia Velázquez, o Velázquez de Cuéllar, sobre todo para la rama principal que ocupó desde mediados del siglo XIV la conocida como Casa de la Torre o Palacio de Pedro como su casa solariega. En esta primera entrega incido en desambiguar la biografía del Dr. Ortún, Fortún u Ordoño Velázquez, (puede aparecer con las tres variantes) mal redactada en Wikipedia por haber mezclado a dos personas que compartieron nombre y lugar de nacimiento. Se incluye también las conclusiones de la primera parte de mi colaboración en la citada revista para situar al lector en el conjunto de mi investigación.

Se hace necesario deslindar la vida de dos personajes que, por compartir el mismo nombre y ser coetáneos en parte de sus vidas, se les ha confundido, en todo o en parte, dificultando la investigación. De hecho, hasta se ha llegado a construir una sola biografía confundiendo y mezclando los datos de los dos. Esto no es lo peor. Todavía hay autores que se empecinan en que se trata de un solo personaje. Me estoy refiriendo al Doctor Ortún Velázquez, corregidor de Sevilla en tiempos de Juan II, y a Ortún Velázquez, hijo de Juan Alfonso, clérigo. Los dos coinciden en Cuéllar en  un acto relacionado con el Hospital de la Magdalena y que recoge el Cartulario, en el año 1430: los honrados y discretos varones Fortún Vlasquez de Cuéllar, Doctor en Leyes, refrendatario de ntro. Señor el rey y su Oidor y del Consexo; et Fortún Velázquez de Cuéllar, Licenciado en Leyes, Canónigo en la iglesia de Segovia, jueces y árbitros arbitradores y amigables componedores que son en los negocios y causas infraescriptas ... (4)

El documento nos ayuda bastante, al referir los títulos que ostenta cada uno, para saber quién es cada cual. El Dr. Ortún Velázquez, Oidor de la Audiencia del rey Juan II y de su Consejo, residente en la Villa, y Ortún Velázquez de Cuéllar, hijo de Juan Alfonso Caballero. El primero fue seglar y con una importante descendencia. El segundo siguió la carrera eclesiástica llegando a desempeñar también importantes cargos durante el reinado de Enrique IV, llegando a ser nombrado obispo de León. Seguro que eran parientes, pero es difícil establecer en qué grado en el laberinto del árbol genealógico de los Velázquez.
D: Josef  Pellicer, historiador y cronista. Intoxicó la genealogía de los Velázquez de Cuéllar.




En esta ambigüedad y confusión de las biografías de los dos en una sola, el más perjudicado resulta ser el Doctor Ortún Velázquez, a quien para identificarlo le añadiremos el cargo que tuvo como corregidor en Sevilla. Por ello, haremos relación de las citas referidas a él en las fuentes consultadas.

Aunque queda sin resolver quienes fueron sus padres, la nueva documentación lo señala como cabeza de los Velázquez a principios del siglo XV y por lo tanto dueño de la casa solariega y su morador cuando no estaba fuera de la villa desempeñando servicios en la órbita de la corte. Puede ser hijo o nieto de Blasco Pérez, primogénito de Pero Puerco.

Cronológicamente, el primer documento que hallamos referido a Ortún Velázquez de Cuéllar data de 1409: una carta del regente, Fernando de Antequera, mandándole investigar el traslado de mercancías a tierras de moros. Seguía en 1412 con este cargo denominado alcalde de las sacas de lo vedado a tierras granadinas.

En 1410 figura el doctor Ortún Velázquez formando parte de la comitiva que acompañó al infante don Fernando a la frontera de Granada. En Sevilla participó en un debate organizado por el Infante entre dos grupos de letrados y doctores sobre quién tenía más derecho a la corona de Aragón, él o su sobrino el rey niño Juan II. Figuraba en el grupo que defendía los derechos del segundo. (5) Estuvo presente en la conquista de Antequera que se consiguió dicho año.

El Dr. Ortún Velázquez era oidor y consejero de Juan II de Castilla en 1411. Con ambos oficios estuvo en la asamblea de letrados y doctores reunida en la capilla del convento de San Pablo de Valladolid para conocer los derechos de Juan II al trono de Aragón.

En 1416 la reina regente, Catalina de Lancáster, le envió para apaciguar la gran violencia banderiza que había en Sevilla. Ortún Velázquez era oidor de la Audiencia Real y llegó a Sevilla, en el mes de febrero, como corregidor, pero solo lo aceptó como tal el bando dirigido por Pedro de Stúñiga. Velázquez intentó imponer una tregua de cuarenta días y hacer salir a la gente de armas, de los dos bandos, de la ciudad. La situación no se arregló y el mismo corregidor tuvo que refugiarse en el alcázar real después de una pelea con los hombres del bando del Conde de Niebla y sus aliados. Esto ocurrió en el mes de junio y allí seguía encerrado seis meses después. (6)

En los meses siguientes, el corregidor Ortún Velázquez hizo que la reina regente llamara a la corte a varios regidores municipales opuestos a su gestión. El bando del Conde de Niebla consiguió que Fortún fuera relevado porque era muy sospechoso de parcialidad contra ellos.

En 1419, en las primeras cortes con mayoría de edad de Juan II, a petición del reino se establece la Audiencia y Chancillería. Se manda que en la sala de lo civil hubiera siempre cuatro letrados y un prelado. En dos turnos por semestres. En el primero figura Juan Velázquez de Cuéllar. En el segundo, Ortún Velázquez de Cuéllar. Se fijó esta Audiencia en Segovia.

En 1420, Ortún Velázquez figura en el numeroso séquito que fue hasta Guadalajara para confirmar el matrimonio del infante Juan de Aragón con Blanca de Navarra. (7)

En 1422 nos encontramos a Ortún Velázquez en Cuéllar. Aparece al servicio del infante D. Juan, señor de la villa, como su alcalde mayor y de su consejo. Sigue siendo además del Consejo Real por lo que nos volvemos a encontrar con esa dualidad de señores a los que sirve: el de la villa y el propio rey. (8) El infante D. Juan ordena a Ortún Velázquez y a Pedro Bermúdez que vean los privilegios, ordenanzas y sentencias que les presente el Concejo de Cuéllar sobre el Pinar Testado y para que procedan después a gestionar el coteo de dicho pinar y lo amojonen ante escribano público. En este asunto hay un trasfondo de conflicto social que se prolonga durante siglos. Han sido los caballeros hijosdalgo de la villa, a través del Concejo, los que han pedido a su nuevo señor que les dé licencia para amojonar dicho pinar. Denunciaban que algunas personas de la villa y sobre todo los concejos de las aldeas próximos al pinar, cortaban madera en él sin ningún temor. Pero principalmente que no se pedía licencia y que no se pagaba el correspondiente permiso o albalá que era lo que pretendía el Regimiento cuellarano. El nuevo señor, por atraerse a este grupo de la oligarquía de la villa, dio licencia para que se acotara de nuevo el Pinar Testado y se hicieran cumplir las prohibiciones correspondientes.

En noviembre de 1427 figura como refrendatario del rey en una carta ejecutoria redactada en Segovia. Por este oficio cobraba una ración diaria de 40 maravedíes, 14.400 anuales, y los cobró hasta 1434.

En 1430 figura como oidor en el proceso seguido contra el Conde de Castro, que se había unido a los infantes de Aragón contra el rey Juan II.


Fachada de la Casa de la Torre o Palacio de Pedro I, en Cuéllar.


Por la documentación del Hospital de la Magdalena y por la que aporta el mismo Melchor Manuel de Rojas sabemos otros datos. Estuvo casado con Constanza García, matrimonio que pertenecía a la oligarquía de la villa y por eso contó D. Gómez González con ellos como miembros de la primera Cofradía que debía dirigir la fundación del Hospital de la Magdalena pero que pronto fracasó en su cometido. Rojas contó además con el testamento del doctor Ortún Velázquez y nos dice que fueron sus hijos Juan de Cuéllar, y Pedro de Cuéllar, Ruy Sánchez, Francisco Velázquez y otros que no nombra. Con este testamento, Rojas pone en duda la genealogía que el cronista Pellicer había hecho de los Velázquez de esta época. Falleció, al menos testó, el Dr. Ortún Velázquez en el año 1436. Siempre fue seglar y nunca tuvo ningún cargo religioso como su homónimo, cuya biografía omitimos aquí.

 

LOS DESCENDIENTES DEL DOCTOR ORTÚN VELÁZQUEZ,  MARIDO DE COSTANZA GARCÍA.

(Continúa)



CONCLUSIONES.
La Casa de la Torre, conocida como Palacio de Pedro I, fue la casa solariega de los Velázquez. Pasó de generación en generación, por mayorazgo, dentro de la rama principal de la familia. Elvira Blázquez, viuda de Pero Puerco, fue la primera poseedora. Le siguió su hijo Blasco Pérez y después el Dr. Ortún Velázquez de Cuéllar (si no nos hemos saltado una generación entre ambos). Tenemos la certeza de que el doctor fue cabeza de la familia Velázquez porque sería su hijo mayor el licenciado Juan Velázquez quien heredó el mayorazgo a la muerte de su padre hacia 1436. Que esto fue así lo testifica el testamento de la viuda del licenciado, Doña María de Toledo. El licenciado Juan Velázquez es personaje bien distinto a su sobrino del mismo nombre, Juan Velázquez de Cuéllar, el de Arévalo, hijo de Gutierre Velázquez. A delimitar las nuevas biografías de estos dos personajes, sobre todo la de Gutierre Velázquez, dedicaremos la segunda parte. Pero ya les adelanto: ninguno de los dos ocupó en ningún momento la Casa de la Torre. Gutierre Velázquez ya lo escribió en su testamento: lo poco que yo ya tengo en Cuéllar. Ni siquiera pudo enterrarse en el convento de San Francisco de la villa, como era su deseo. A su hijo Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor y luego testamentario de Isabel la Católica, en la villa solo le quedaban los parientes. Eso sí, contaría con ellos para promocionarlos dentro de la corte donde él era tenido en mucha estima por los Reyes Católicos. Quiero decir que los escudos que adornan el Palacio de Pedro I no corresponden al contador Juan Velázquez de Cuéllar y a su mujer Dña. María de Velasco como se insiste cuando nos explican la heráldica del edificio. Si alguna vez estuvieron en el palacio, fue de visita. Entonces, ¿a quiénes corresponden dichos escudos? Quedan emplazados para la segunda entrega.




NOTAS
4.- Cartulario de la Magdalena. Folio 266. Año de 1430, 25 de diciembre. Compromiso, poderes y sentencia sobre debates y dudas que hubo entre el cura y Beneficiados de San Esteban y los Capellanes del Hospital. Lo recoge también la C.D.C. Nº 382.
5.- Este debate y el posterior que organizó en Valladolid por la reina madre Catalina de Lancáster están extraordinariamente narrados por un contemporáneo a los mismos y testigo de ellos. Luis Panzán. Remembranzas del Papa Luna.
6.- González Sánchez. La corona de Castilla ... . Aporta el documento en el que el Dr. Velázquez ordena la tregua y la salida de los banderizos. AHN. Nobleza Osuna, carp. 49, nº 16.
7.- Zurita. Anales de Aragón.

8.- De nos, el infante don Juan de Aragón e de Çeçilla, señor de Lara, duque de Peñafiel, etc, a vos Fortún Velázquez, dottor en leyes, nuestro alcalde mayor e del nuestro Consejo, e uno de los del consejo del rrey, mi señor e mi primo, e mayor de la Abdiençia; e a vos, Pero Bermúdez, nuestro vasallo e nuestro guarda de los pecheros de la nuestra villa de Cuéllar e de su tierra, vecinos de la dicha nuestra villa, salud e gracia. C.D.C. nº 302. 1422, marzo, 5. Toledo.





martes, 2 de agosto de 2016

SANCHONUÑO Y LOS TRINITARIOS: SAN SIMÓN DE ROJAS.


La victoria en la batalla de Lepanto sobre los turcos, año de 1571, parece estar en el origen de la devoción a la Virgen del Rosario en el mundo cristiano en general y en la Tierra de Cuéllar en particular.  La fiesta fue instituida por el Papa Pío V, luego santo, el 7 de Octubre, aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en dicha batalla y atribuida a la virgen, invocada por la oración del rosario.

Pio V era dominico y fueron los frailes de su orden quienes tomaron esta iniciativa promovida por el papa. En la Tierra de Cuéllar parece que, por delegación del convento dominico de Santa María de Nieva, fueron los trinitarios los encargados de la difusión del culto a la Virgen del Rosario. Esto explicaría la aparición en  retablos de la Tierra de Cuéllar (Chañe, Santibáñez de Valcorba, Torrescárcela, Sanchonuño…) de la cruz trinitaria y de santos de esta orden religiosa.

San Juan de Mata en la iglesia de Torrescárcela (Valladolid)

Aunque ya existía como rezo desde la Edad Media, a partir de Lepanto se difunde con más fuerza esta devoción y en los distintos lugares surgen Cofradías con esta advocación que encargaron las correspondientes imágenes para su culto. En el caso de Sanchonuño, la Cofradía del Rosario compitió en devoción con la del patrón de la parroquia, Santo Tomás, relegándole con el tiempo a un papel secundario. Ha sido tal la devoción a esta virgen que, cuando en el año 1985 la localidad decidió dejar el primer domingo de octubre como fiesta menor y pasar la fiesta grande al primer domingo de agosto, nadie reparó en que tal vez era el momento de desagraviar al patrón. Pero la Virgen del Rosario tiene desde entonces dos procesiones y Santo Tomás sigue sin la suya. Todo el protocolo de la fiesta de octubre se trasladó a la de agosto.


Hacer historia contemporánea es crear polémica. Por ello me centraré en el objetivo que me había propuesto: dar a conocer el cuadro dedicado al beato Simón de Rojas conservado en la parroquial de Sanchonuño. Tal vez el primero de la diócesis, tal vez el único, sin contar con que los trinitarios de Cuéllar encargaran el suyo.

Este convento de la Trinidad en Cuéllar estuvo en principio junto al río Cerquilla, fuera de la población. Lo había fundado fray Thomas Walls, de nación inglés, por los años 1219. Se trasladó a la villa en el año 1554 bajo el auspicio de la familia Bazán y siguiendo las consignas del Concilio de Trento de que la orden haría mayor servicio estando dentro de núcleo poblado. Se aprovecharon las ruinas de la que antes había sido ermita de San Blas. En él fue ministro el padre fray Simón de Rojas, cuya beatificación se espera pronta. Así lo reseñaba un historiador cuellarano en el año 1763. Durante su estancia en Cuéllar, según Balbino Velasco, su influencia se dejó sentir en los pueblos de la comarca donde salía con frecuencia a predicar. Su memoria fue conservada por los frailes de su orden que recibieron con entusiasmo la beatificación de Simón de Rojas en el año 1766. Los trinitarios y todo Cuéllar, porque entre tanto hombre ilustre como había dado la villa ninguno había alcanzado los altares. Un santo para Cuéllar era lo que hacía falta, aunque Simón de Rojas hubiera nacido en Valladolid. No ha de extrañar que un miembro de la familia Rojas, que eran mucho, ya incluyera al beato Simón de Rojas como su abogado en su testamento, y mandó a sus herederos dos piezas de plata que habían de emplear para cuando lo canonizaran.

Se hallaba por estos años D. Manuel Marugán, cura de Sanchonuño aunque natural del Nieva, realizando importantes reformas en su iglesia. Entre ellas había encargado dos retablos al tallista de Peñafiel Felipe Durán. Uno de ellos el de la Virgen del Rosario, para una imagen que tiene un aire más castellano que otras de la comarca, que son más flamencas, digo esto porque pasan por ser del escultor Pedro Bolduque, que recaló en Cuéllar desde Flandes.

Se habían entendido bien el párroco y el escultor en la redacción del contrato de los retablos, firmado en 1771. Si bien, no habían previsto la inclusión de un lienzo dedicado al recién beatificado Simón de Rojas. Por influencia del momento de euforia y por la de los trinitarios de Cuéllar, que parece que daban su supervisión en lo que tocaba al culto de esta virgen, en última instancia se incluyó, sobre la hornacina de la talla, un cuadro dedicado al beato.


La iconografía del mismo coincide con la que existe sobre Simón de Rojas en Madrid, en el comedor del Ave María que él fundó. Donde nos la explicó un fraile al que requerimos para tal fin en una de nuestras visitas a la capilla de dicho comedor. Representa al beato arrodillado, en oración, al que se le aparece la Virgen que le entrega una cinta. Con toda naturalidad, el trinitario nos comentó que el cordón que le da la virgen a Simón de Rojas era un cilicio, como remedio para que el fraile superara las tentaciones carnales en momentos de crisis, que los tuvo. En el cuadro de Sanchonuño, además del cilicio, el Niño le da también un rosario al trinitario, con lo que se le da sentido a su inclusión en este retablo. Se incluyen otros elementos en el cuadro que se prestan a una interpretación más subjetiva, aunque sin duda tienen su intención. Por un lado, los panes que aparecen en el suelo pueden hacer referencia a la inclinación que tuvo Simón de Rojas por los pobres, a través de las Congregaciones del Ave María. El comedor de Madrid sigue dando comidas en varios turnos a día de hoy y en él, qué pequeño es el mundo, colabora como voluntaria Dolores Álvarez, que ahora sabe que por Sanchonuño, su pueblo, también anduvo Simón de Rojas.

Hay en el cuadro una clara composición piramidal en la organización de los personajes: la Virgen, el Niño y el beato. Se echa en falta el lema AVE MARIA, propio del beato y que, dicen, tenía siempre en su boca. Es sustituido por una clara alusión a la Trinidad con el Dios Padre, la paloma y el Niño, que forman una línea de derecha a izquierda.

Aparece el fraile apoyando sus rodillas sobre dos tiaras de obispo, como si hubiera renunciado a cargos eclesiásticos destacados. No le hicieron falta. Su influencia en la corte de Felipe III fue considerable. Tenía fama de milagrero y todos vivían pendientes de esos milagros.

Acabó metiéndose en asuntos políticos. Al plantearse la expulsión de los moriscos, el padre Rojas dictaminó que había que aplicar radicalmente la medida. Arremetió contra el arte y música profanas, contra las fiestas, contra la prostitución. Muerto Felipe III, fue nombrado confesor de la nueva reina, Isabel de Borbón, con la influencia y poder que este cargo suponía. En resumen, y en palabras de Caro Baroja, fue un adalid de la Santa España. Murió en Madrid en 1624. Dos siglos más tarde de su beatificación, sería canonizado en 1988 por Juan Pablo II.


El retablo de la Virgen del Rosario de Sanchonuño, en el lado de la epístola de su iglesia, de estilo barroco-rococó, es obra, como se ha dicho, de Felipe Durán. En su composición y realización no poco tuvo que ver D. Manuel Marugán. Este cura, sin descuidar sus obligaciones parroquiales, tenía aficiones pintorescas. Así, entre otras cosas, diseñó un carretón falcado, que no era sino un apero alternativo al trillo tradicional. Con ayuda del herrero y carpintero del pueblo construyó el prototipo. Adelantó la prueba del mismo para que estuviera presente el obispo, que se hallaba de visita pastoral. Tal vez no era el momento y las mieses con las que se hizo la parva de la demostración estuvieran verdes. Estas acabaron embozando las hoces, con corte en su parte convexa, en las que se basaba su invento. Todo influyó para que aquello fuera un rotundo fracaso, al que hubo que añadir la mofa de sus parroquianos. En Sanchonuño no se tomaron en serio aquella nueva tecnología y siguieron usando los trillos tradicionales de Cantalejo otros doscientos años más, hasta 1970.

Ese año fue la última vez que vi a los trinitarios en Sanchonuño. Acababa el curso y dos hermanos de la orden, de paisano, aparecieron en la escuela para captar nuevas vocaciones. Se llevaron una semana a un grupo de siete u ocho chicos a su convento de Salamanca. Las experiencias allí fueron dispares. Ellos lo saben. Solo uno regresó después con los trinitarios y durante tanto tiempo que a punto estuvo de vestir el hábito blanco, con la cruz de brazos rojo y azul.

Empezábamos con Lepanto. Hubiera sido un tópico haber citado, en el cuarto centenario de su muerte, a D. Miguel de Cervantes en relación con esa batalla. Sin embargo, es de justicia recordar que fueron los trinitarios los que gestionaron y consiguieron el rescate de su presidio en Argel, salvándolo de un destino incierto. Fue Fray Juan Gil, trinitario natural de Arévalo. Y en agradecimiento al gran amor y predilección por la Orden Trinitaria, se mandó enterrar Cervantes en las monjas trinitarias de Madrid, en cuyo convento se han buscado sus restos infructuosamente.

Texto: J. Ramón Criado
Fotos: Pablo Pascual