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viernes, 15 de julio de 2016

RECLUTAMIENTO DE SOLDADOS EN LA TIERRA DE CUELLAR. AÑO 1718.


En papel sellado: Sello quarto, año de mil setecientos y diez y ocho.

Yo, Matheo Velázquez de Figueroa, escribano público del número y Ayuntamiento de esta villa de Cuéllar y su Tierra, aprobado por el Rey nuestro señor, doy fe y testimonio de verdad a los que el presente vieren como hoy día de la fecha, en virtud de lo mandado por la Real Orden de su Majestad, que Dios guarde, en que se piden siete soldados a esta Villa y su Tierra, sale de esta villa para la ciudad de Segovia Miguel García, vecino de esta villa de orden en el de los señores justicias y Regimiento de ella y su Tierra y sus comisarios, a entregar en dicha ciudad los soldados siguientes:

Juan de Matesanz, hijo de Gabriel Matesanz, vecino de esta villa, a quien tocó por suerte en el sorteo que se hizo entre los mozos de esta villa y sus arrabales el día veinte y seis de septiembre de este presente año.

Gregorio de Pedro, natural del lugar del Arroyo de esta jurisdicción, hijo de Esteban de Pedro, ya difunto, vecino de él, a quien trajo Francisco García el Mayor, regidor de dicho lugar, por haberle tocado la suerte en el sorteo que se hizo entre los mozos de dicho lugar y el de Navas de Oro, Narros, Chañe, La Fresneda, Vallelado y Torre y Samboal.

Simón Santos, natural de Coxeces del Monte, de esta jurisdicción, al cual trajo Juan de Peñas, regidor de dicho lugar, por haberle tocado la suerte en el sorteo que se hizo entre los mozos de dicho lugar y el de Bahabón, Torrescárcela, Aldealbar y Santibáñez.

Carlos de la Calle, natural del lugar de Las Fuentes, de esta jurisdicción, al cual trajo Manuel Martín, alcalde de dicho lugar, por haberle tocado la suerte en el sorteo que se hizo entre los mozos de dicho lugar, el de Campaspero, Olombrada, Moraleja, Lobingos, La Essa y Samaior, Frumales, Perosillo y Adrados.

Esteban Muñoz, natural de Gomezsarracín, hijo de Marcos Muñoz, de dicho lugar, al cual trajo Martín de Aragón, alcalde de dicho lugar, por haberle tocado la suerte en el sorteo entre los mozos de dicho lugar y Navalmanzano, San Martín y Mudrían, Chatún y El Campo.

Y para que conste, de pedimento de dichos señores comisarios, doy el presente en Cuéllar a doce de octubre de mil setecientos y diez y ocho años, y lo signé y firmé.

En testimonio de verdad. Matheo Velázquez de Figueroa. (Rubricado)

 

Fuente: Archivo Histórico Provincial de Segovia. Protocolos de dicho escribano Mateo Velázquez de Figueroa.




NUEVO:


EJÉRCITO: QUINTAS DE 1718. San Miguel del Arroyo


En el lugar de San Miguel del Arroyo. Jurisdicción de la villa de Cuéllar, en primer día del mes de noviembre de este año de mil setecientos y diez y ocho, en virtud de haber ido Antonio de Velasco, de este lugar de San Miguel, a la ciudad de Segovia a entregar a Pascual Pérez, moço soltero vecino de del lugar de Montemayor, soldado quintado que le había tocado por su suerte el ir a servir a su Majestad, que Dios guarde, a sus campañas, y haberle presentado en la ciudad de Segovia ante las personas que se presentan los demás que iban de la provincia de Segovia, le desecharon diciendo era de pequeña estatura y robustez para el manejo de las armas. Los justicias de los lugares del sexmo de Montemayor y el alcalde del lugar de la Mata, agregado a dicho sexmo, juntaron sus moços como otras veces lo han hecho para el mismo efecto, y habiendo metido las cédulas de dichos nombres de los moços en un cántaro y en otro tantas cédulas en blanco menos una que decía soldado, le tocó por su suerte sacar la cédula que decía soldado a Antonio Pascual, hijo de Juan Pascual y de Ana Rico, vecinos del lugar de San Miguel del Arroyo, el cual van a entregar a dicha ciudad de Segovia Joseph de Velasco procurador del sexmo de Montemayor, para que vaya a servir a su Real Majestad, que Dios guarde, a sus reales  campañas. Y para que conste, de pedimento de los susodichos, di el presente en dicho lugar de San Miguel en el dicho día, mes y año arriba dicho, y firmé como secretario que soy del sexmo de Montemayor.   Juan de Velasco. (Rubricado)





jueves, 30 de junio de 2016

ARROYO DE CUÉLLAR: ANA SERRANA.


En la Villa de Cuéllar, dos días del  mes de marzo de mil e seiscientos y veinte y nueve años, ante su merced D. Gaspar de Figueroa y Mendoza, correxidor en ella y su Tierra y ante mí el escribano, Don Jun Velázquez de Atienza presentó la petición siguiente:

Petición: Don Juan de Atienza y Velázquez, natural de la villa de Cuéllar, hixo lexítimo de Don  Gómez Velázquez de Atienza, difunto, y Doña Isabel de Lorenzana, mis padres legítimos, vecinos de esta Villa, en la mejor forma que a lugar en derecho:

Digo que yo pretendo pasar a los reinos de las Indias y otras provincias fuera de España y quiero averiguar con información de testigos mi limpieza y otras cosas tocantes a mi persona. A vuestra merced pido mande recibírmela al tenor de estas preguntas y que se me dé autorizada en pública forma y manera que haga fe interponiendo a ella su autoridad y decreto judicial para que valga y haga fe en juicio y fuera de él, sobre que pido justicia. Don Juan Velázquez de Atienza.

Interrogatorio: Primeramente sean preguntados los testigos por esta pregunta si me conocen a mí y a Doña Isabel de Lorenzana, mi madre, y si conocieron a Don Gómez Velázquez de Atienza, mi padre, y a Juan de Atienza y Doña Francisca de Gijón y Velázquez, mis abuelos paternos, vecinos de esta Villa de Cuéllar, y a Cristóbal Velázquez y a Magdalena de Lorenzana y Monroy, mis abuelos maternos, vecinos que fueron de la villa de Olmedo, y si tienen noticia de sus partes y calidades digan en todo lo que han visto y oído decir.

2. Ítem si saben que los dichos Juan de Atienza y Doña Francisca Gijón y Velázquez estuvieron casados y velados según ordena la Santa Madre Iglesia de Roma y durante su matrimonio entre otros hijos hubieron y procrearon por su hijo legítimo a D. Gómez Velázquez de Atienza y por tal su hijo le criaron y alimentaron y los testigos le vieron criar y alimentar, llamándole hijo y él a ellos padre y madre, y tal es público y notorio en esta Villa donde vivieron y moraron y de donde eran vecinos y naturales, digan los testigos lo que saben.

3. Ítem si saben que los dichos Cristóbal Velázquez y Magdalena de Lorenzana y Monroy fueron marido y mujer, casados y velados in facie eclesia y durante su matrimonio hubieron y procrearon por su legítima hija a la dicha Doña Isabel de Lorenzana, y tal es público y notorio en esta villa, digan lo que saben.

4. Ítem si saben que los dichos D. Gómez Velázquez de Atienza y Doña Isabel de Lorenzana estuvieron casados y velados según ordena la Santa Madre Iglesia de Roma y como tal hicieron vida maridable y durante su matrimonio entre otros hijos hubieron y procrearon por su hijo legítimo a D.  Juan de Atienza Velázquez y por tal su hijo le criaron y alimentaron y los testigos le vieron criar y alimentar, llamándole hijo y él a ellos padre y madre, y tal es público y notorio, digan los testigos lo que saben.

5. Ítem si saben que D. Juan de Atienza y Velázquez y sus padres y abuelos paternos y maternos y sus pasados son y han sido buenos cristianos viejos hijosdalgo notorios y limpios de toda mala raza de moros y judíos y de los nuevamente convertidos a nuestra santa fe católica, no castigados ni penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición ni por otra justicia eclesiástica ni seglar afrentosasmente, en público ni en secreto, y por tales cristianos viejos limpios e hijosdalgo notorios los testigos los han tenido y tienen y lo han visto ansí en sus tiempos y lo han oído decir en esta Villa  a sus mayores y común opinión, digan lo que saben.

6. ítem si saben que el dicho Don Juan de Atienza y Velázquez ni sus padres ni abuelos ni pasados descienden de los Pizarros ni otros prohibidos al pasaje de las Indias, digan lo que saben.

 
7. Ítem si saben que D. Juan de Atienza y Velázquez es moço soltero por casar, no sujeto a orden ni religión y que es quieto y pacífico, de buena vida y costumbres, digan lo que saben.

8. Ítem si saben si el susodicho es de edad de veinte años poco más o menos, porque nació a veintidós de febrero del año de mil y seiscientos y nueve, y que está baptizado en la iglesia de Santa Lucía del lugar del Arroyo, jurisdicción de esta Villa de Cuéllar por el Ldo. Antonio Balbás de la Cruz, cura que fue de la dicha iglesia, y fueron sus padrinos Francisco Velázquez, difunto, vecino que fue de esta Villa, y Ana Serrana, mujer de Blas Gil, su primero marido, vecino del dicho lugar y le pusieron por nombre Juan y se asentó en el libro del bautismo del dicho lugar, digan lo que saben por se haber hallado presentes o por otras raçones bastantes.

9. Ítem si saben que todo lo contenido en las preguntas es la verdad, público y notorio de pública fama y común opinión, sin haber visto ni oído cosa en contrario. D. Juan de Atienza y Velázquez.
(...)

Testigo: Ana Serrana, vecina del lugar de Arroyo de Cuéllar.

Testigo: Ana Serrana, de 43 años, poco más o menos, mujer al presente es de Juan Gil, vecino de Arroyo. De esta testigo interesa su respuesta a la pregunta 8, donde declara haber sido ama de cría de Juan Velázquez de Atienza.

  1. A la octava pregunta dijo esta testigo que sabe que D. Juan de Atienza y Velázquez es de veinte años poco más o menos porque nació a veinte y seis días de febrero del año de mil y seiscientos nueve, y lo sabe porque luego que nació se le dieron a esta testigo para que le criase y diese leche, y está bautizado en la iglesia de Santa Lucía, del lugar del Arroyo, jurisdicción de esta Villa de Cuéllar, donde esta testigo es vecina, y le bautizó el licenciado Antonio Balbás de la Cruz, cura que entonces era del dicho lugar y al presente dicen lo es del lugar de Valseca, jurisdicción de Segovia. Y fueron sus padrinos del cristianismo esta testigo y Francisco Vázquez, vecino de Cuéllar, difunto, y le pusieron por nombre Juan y le asentó en el libro del bautismo del dicho lugar, y lo sabe esta testigo por las razones que lleva dadas y haber sido su madrina de pila con el dicho Francisco Vázquez y haberle criado como va dicho, y esto responde.

 

Testigo: Juana de la Torre, 56 años, viuda de Francisco Vázquez, vecina de Cuéllar. En la respuesta 8 dice:


Que Juan de Atienza nació en sus manos en el mes de febrero de mil seiscientos y nueve y que luego que nació esta testigo le sudó en la cama y luego otro día le llevó a su casa y de allí Francisco Vázquez, su marido, le llevaron al lugar del Arroyo, jurisdicción de esta villa de Cuéllar, y se le entregaron a Ana Serrano, mujer de Blas Gil, su primer marido, para que le criase y diese leche, y de allí a diez o doce días volvieron al dicho lugar del Arroyo Francisco Vázquez, su marido, y esta testigo a bautizar al dicho D. Juan de Atienza y Velázquez, y se bautizó en la iglesia de Santa Lucía del dicho lugar. Y le bautizó el Ldo. Antonio Balbás de Santa Cruz, cura que al presente era de la dicha iglesia, y fueron padrinos de pila los dichos Francisco Vázquez, marido de esta testigo, difunto, vecino que fue de Cuéllar, y Ana Serrana, mujer del dicho Blas Gil, que es el ama que le criaba y daba leche, vecina del dicho lugar, y le pusieron por nombre Juan, y lo sabe esta testigo por haberse hallado presente a todo lo que lleva dicho, y esto responde.

 

Testigo: Pedro de las Cebadas, de 64 años, vecino de Arroyo. Corrobora lo declarado por las testigos anteriores en la pregunta 8.




 

miércoles, 29 de junio de 2016

UN SANTO PARA CUÉLLAR.


J. Ramón Criado Miguel

 

Retomamos en este número la obra historiográfica llevada a cabo por D. Melchor Manuel de Rojas a mediados del siglo XVIII.  Este cuellarano, al realizar la copia del Cartulario del siglo XV del Hospital de la Magdalena, en el año 1763, incluyó en ella una Historia de Cuéllar que tenía escrita. Esta historia era el resultado de la recopilación de datos recogidos a lo largo de su vida como buen lector y curioso que era. Y allí quedó, a buen recaudo, como regalo suyo a las futuras generaciones.

Decididamente estamos dispuestos a sacar adelante una edición, con su estudio, de las Apuntaciones de la Villa de Cuéllar y Vida de Gómez González. Solos o en compañía de otros. Hemos dedicado el suficiente tiempo en su análisis para que sean otros los que se beneficien de ese esfuerzo. A pesar de los renuncios en los que hemos pillado al autor, la obra merece ser dada a conocer, advertido el lector de las incorrecciones en que incurre Rojas y la intencionalidad de las mismas. Por el contrario, en lo positivo,  la obra tiene su valor porque también aporta datos inéditos y originales. En conjunto, la historia de D. Melchor, es digna de darse a conocer entendiéndola en su contexto, por ser la primera historia de Cuéllar que se conserva. La invitación para esta edición queda hecha a organismos y fundaciones interesadas.

El presente artículo se basa en los trabajos preparatorios del estudio de las Apuntaciones de la Villa de Cuéllar, con la libertad que me da un medio divulgativo como es la revista LA VILLA. Sorprenderá al lector del siglo XXI el tema elegido como presentación y muestra de dicho estudio, pero le invito a que se ponga en el lugar del cuellarano del siglo XVIII, para así entenderlo mejor. Haremos un recorrido por los varones, y mujeres, ilustres de la villa de Cuéllar que se significaron por su virtud, esto es, por haber hecho méritos para haber sido reconocidos como beatos o santos. Esta era la gran falta que Melchor Manuel de Rojas echaba para Cuéllar: no haber contado, entre tanto insigne en otros campos, con un santo que fuera seña de la villa.

 

VARONES ILUSTRES DE  CUÉLLAR.

Melchor Manuel de Rojas recurre en su obra a presentar los personajes destacados de la Villa y Tierra de Cuellar clasificándolos por categorías.

El modelo de presentar el catálogo de personajes importantes en la historia de Cuéllar, naturales de la villa, separadamente y con los méritos de cada uno, fue un recurso común en las historias locales de la Edad Moderna. Podrían ponerse numerosos ejemplos. Solo referiremos a Gil González en su Historia Eclesiástica, o a Colmenares en la segunda edición de su Historia de Segovia, por ser obras que consultó y usó Melchor Manuel de Rojas. Remontándonos en el tiempo, el propio San Isidoro utilizó este formato. Estos catálogos se ofrecen como modelos de vida que hay que imitar.

El inconveniente de este método radica en que la figura del personaje ilustre en el catálogo, queda desgajada de su contexto histórico. En algunos casos, incluso sin la orientación de una mínima cronología.

En el elenco de Rojas se aprecia una jerarquización en las diferentes clases de hombres ilustres siguiendo este esquema:

1.-  Clase primera: virtud. Mártires y venerables. Con siete entradas.

2.- Clase segunda: Varones ilustres en letras y puestos eclesiásticos. Con catorce entradas.

3.- Clase tercera: Escritores. Siete entradas.

4.- Clase cuarta: Empleos seculares distinguidos. Treinta y cinco entradas.

5.-Armas. En la conquista de América. Treinta conquistadores presentados por familias.

6.- Clase sexta: Armas fuera de la conquista. Veintinueve entradas.

7.- Clase séptima: Valor Heroico. Francisco Cabrero.

 

En un principio iba a constituir un cuerpo a parte de las Apuntaciones, pero por la brevedad de éstas formaron una unidad con ellas.

Llama la atención el historiador Balbino Velasco Bayón sobre la gran cantidad de hombres ilustres que, habiendo nacido en Cuéllar, ocuparon puestos relevantes tanto en política como en la ciencia o la virtud. Estos varones ilustres saldrían en su mayoría del Estudio de Gramática y constituyen una grata sorpresa para el investigador.

Rojas, por su parte, y lo expresa claramente, echa en falta un santo nacido en la villa de Cuéllar. Así, empezará la relación de hombres ilustres por los que habían destacado o hecho méritos en el camino de santidad.

 

Las principales operaciones del hombre son las de la virtud, porque éstas tienen seguro el premio y siguen a la eternidad. Todo tiene fin menos la virtud.

 

Esta idea cabe muy bien en el pensamiento del hombre medieval y en el del Antiguo Régimen. El hombre por formación durante su vida, adoctrinado desde el seno de la Iglesia, piensa que debe hacer lo necesario para asegurarse la vida eterna. Cada uno en la medida de sus posibilidades. Por esto, Rojas se fija en primer lugar en los ejemplos de sus paisanos que han destacado por haber iniciado un camino de ascetismo y por haber hecho meritos para la santidad.

 

PRIMERA CLASE: VIRTUD.

Por delante incluso del fundador del Hospital y Estudio, D. Gómez González, considera al cuellarano Fray Alonso Gómez de Encinas, mercedario y mártir en Perú, en el año 1624.  Desarrolla Rojas una biografía del misionero que no se dará con esa extensión en otros personajes de sus Apuntaciones y a la altura de historiadores de nuestro tiempo. Incluye datos exclusivos como su año de nacimiento (1561) y su filiación segura a la parroquia de San Andrés, que contaba en tiempos de Rojas con una imagen en talla de este hombre venerable. Estamos ante un grado de virtud por debajo de santos y beatos. Un mártir venerado solo por los fieles de su parroquia y de su villa natal. También por los miembros de la orden mercedaria en Barcelona, porque lo incluyeron entre sus mártires. (1)
Alonso Gómez de Encinas (1561-1624). Fraile mercedario martirizado en el Perú. Tuvo imagen de culto en la iglesia de San Andrés, su parroquia.


Tampoco estaba ni siquiera beatificado el venerable hermano Pedro de la Magdalena (1567-1609), natural de Cogeces del Monte. Sin embargo, la memoria que se tenía en su pueblo de su vida y supuestos milagros llevó al párroco D. Juan de Rodrigo a incluir su imagen en piedra en el frontispicio de la iglesia parroquial. Sería otro ejemplo de hombre venerable con culto local en su momento. Los ejemplos de veneración a personas no canonizadas se repitieron de modo abundantísimo entre los siglos XVI y XVIII.  Pedro de la Magdalena junto a su paisano Rodrigo y a Pánfilo Narváez, nacido en Navalmanzano, son los únicos hombres ilustres de la relación nacidos en la Tierra de Cuéllar y no en la Villa.
Imagen en piedra de Pedro de la Magdalena (1567-1699) en la fachada de la iglesia de Cogeces del Monte. La mandó poner el párroco D. Juan de Rodrigo.


Puede sorprender al lector de este siglo la inclusión, en la lista de gente virtuosa, de las dos monjas del Convento de Santa Ana: las venerables Dña. María Núñez y Dña. Isabel Velázquez y Arias. Por una parte son las dos únicas mujeres con entrada propia en el catálogo de la primera clase: virtud. (2) Por otra, por los hechos que se relatan, referidos sobre todo a la primera de ellas, relacionados con visiones del maligno y posesiones diabólicas narradas con detalles de los que no hace uso para otros personajes de la relación de varones ilustres. Sin embargo, no es atípico que la historiografía barroca dedique un apartado a este tipo de fenómenos en relación con monjas de demostrada virtud.

Según Caro Baroja, son muy frecuentes las referencias a visiones del diablo en biografías y autobiografías de monjas de los siglos XVI y XVII. También en mujeres que no entraron en ninguna orden, pero que tuvieron fama de santidad. No era incompatible padecer este tipo de visiones con ser una monja, o una mujer seglar, virtuosa. (3)

Sin embargo, Rojas no dejó ninguna referencia cronológica de las dos monjas cuellaranas. Hasta el momento no hemos encontrado sus nombres en ninguna de las comunidades del Convento de Santa Ana que hemos visto hasta el año 1620. Es en el siglo XVII en el que, a priori, cabe situar la vida de Dña. María Núñez y Dña. Isabel Velázquez y Arias. Partiendo del año de la fundación del convento de Santa Ana (1571) y del de la redacción de las Apuntaciones de Rojas (1763).

El fundador del Hospital de la Magdalena y Estudio de Gramática, D. Gómez González, aparece con el número dos de los varones ilustres por su virtud. Para Rojas es otro hombre venerable que no llegó más allá en su carrera hacia los altares tal vez, apunta, porque la orden de la Cartuja, en la que profesó los últimos años de su vida, tenía prohibido solicitarlo para sus monjes según su regla. Méritos, para Rojas, no le faltaron y nos remite a la lectura de la vida de Gómez González para que hallemos allí las pruebas.

Se echa en falta a Simón de Rojas, más cuando su beatificación estaba anunciada en los años de la redacción de las Apuntaciones. El autor de las mismas lo deja fuera por no ser nacido en Cuéllar. La regla de ser oriundo de la villa se la aplica incluso a personaje tan señalado en los días de Melchor de Rojas. Porque, si bien su estancia en el convento cuellarano de los Trinitarios había sido fugaz, todavía quedaba memoria de él y de ello se había encargado su orden religiosa. San Simón de Rojas nació en Valladolid en 1552 y murió en Madrid en 1624. En la primera fase de su vida, ya trinitario, fue de convento en convento, entre ellos el de Cuéllar en 1587, alternando la enseñanza con actividades más místicas, entre maceraciones, penitencias, tentaciones y visiones. Se halla representado en la parroquial de Sanchonuño en un lienzo anónimo del retablo de la Virgen del Rosario. (4) La iconografía coincide con la que existe de él en Madrid, en el comedor del Ave María que él fundó. Solo que en el cuadro de Sanchonuño, además del cilicio que la Virgen le facilita para superar las tentaciones carnales, el Niño le da también un rosario. En este sentido, hay que profundizar más sobre por qué los trinitarios cuellaranos estaban detrás de la difusión del rezo del rosario y del culto a esta virgen. Además de Sanchonuño, encontramos a santos trinitarios o su cruz, con los brazos rojo y azul, en los retablos de la Virgen del Rosario en Chañe y en Santibáñez de Valcorba, hasta donde sabemos. (5)
El Beato Simón de Rojas. Lienzo en el retablo de la Virgen del Rosario de la iglesia de Sanchonuño (1773).


La segunda fase de la vida de Simón de Rojas va ligada a la corte del rey Felipe III, en Madrid. Sus milagros se multiplican y todos viven pendientes de ellos. Él sigue a la corte, incluso en su mudanza a Valladolid. Es posible que visitara entonces Cuéllar. Acabó metiéndose en asuntos políticos. Al plantearse la expulsión de los moriscos, el padre Rojas dictamina que hay que aplicar radicalmente la medida. Arremete contra el arte y música profanas, contra las fiestas, contra la prostitución. Muerto Felipe III, fue nombrado confesor de la nueva reina, Isabel de Borbón, con la influencia y poder que este cargo suponía. En resumen, y en palabras de Caro Baroja, fue un “adalid de la Santa España”. (6)

Contemporáneo de Simón de Rojas fue el venerable padre D. Fernando Velázquez que murió en el Monasterio de El Paular en 1633. Había profesado en su orden cincuenta y cinco años y destacaba por sus cualidades virtuosas. En ese tono hagiográfico de las vidas de monjas, frailes y gente virtuosa de la historiografía barroca del siglo XVII, relata Melchor Manuel de Rojas la vida de su paisano. Ha contado para ello con las informaciones que le remitió el padre Carlos Recarte, prior que era de El Paular a mediados del siglo XVIII. Por esto, la entrada de Fray Fernando Velázquez es rica en datos y más extensa en contenido que las citas en historiadores del siglo XX. Había además retrato de este fraile en dicha casa de su convento.

Se completa el elenco de hombres y mujeres virtuosos con la inclusión del jesuita padre Diego de Ledesma (1519-1575), pero desarrolla su biografía dentro de la clase segunda, distinguidos en puestos eclesiásticos y escritores. Conserva también el texto de Ledesma un claro estilo de exaltación de su vida, redactada, a partir de las fuentes que usa, con un marcado estilo religioso. No falta aquí tampoco la recurrente escena barroca de la aparición de Jesucristo o la Virgen para sacar al jesuita de un bache vocacional y carnal, en el mismo sentido que hemos señalado para Simón de Rojas.

 

PRODIGIOS EN EL CONVENTO DE SANTA ANA.

Ahora abandono el aire academicista mantenido a duras penas hasta aquí, porque se contamina por esa retórica religiosa de los textos a los que nos hemos referido. Es muy contagiosa. Lo hago con intención y, aprovechando la libertad de este medio, doy un giro de 180º  y hago de abogado del diablo. Ese diablo que zarandeaba a Dña. María. Debo de ser objetivo a la hora de tratar a la monja Dña. María Núñez. Qué monja, qué voto de pobreza si hasta conservó el don de su grupo social y tenía criada en el convento. Los hijosdalgo de Cuéllar, los cofrades de la Virgen Digna. Don Melchor de Rojas no dejó ninguna referencia cronológica de esta monja. Cuando se refiere a los personajes o hechos próximos a su tiempo no lo hace. No piensa en los lectores del siglo XXI. Da por hecho que sus contemporáneos saben de lo que habla. ¿Nos ha colado otra falsa noticia? ¿Existió realmente María Núñez? ¿Cómo se tomarán los lectores del presente la lectura de este relato?

No cambio nada de lo que tengo redactado. Con probabilidad es un personaje del siglo XVII. Se ha dicho arriba. Archivo Histórico Nacional. Dos legajos y dos libros del Convento de Santa Ana, Cuéllar, Segovia. Hay documentos para rato. Pero no hay tiempo. A por ellos. No hay suerte. Censos y más censos. La mayoría no se cobra. El convento hace aguas y no solo por las tormentas. Primera tormenta, se la cita en un papel suelto. Año1638, el escribano García Álvarez de la Vega levanta testimonio de los daños causados por una tormenta con mucho aparato eléctrico, 26 de junio por la tarde. Firman el informe las monjas del convento en ese año: Dña. Isabel de Torres, Magdalena de Torres, Isabel Altamirano, María Ulloa, Catalina Cobos, Dña. Isabel Velázquez, Dña. María Núñez, Isabel de Rojas, Elvira de Contreras, Ana de Torres, Francisca de Contreras, Isabel de las Peñas, Dña. Juana Montaña, Dña. Luisa de Mendoza,. Dña Isabel Vélez de Espinosa, Dña. María de Cartagena, Beatriz de Íscar, Francisca Ponce, Dña. Isabel Narváez, Dña. Ana de Stisso? Menudo elenco de apellidos nobles, parece un convento para gente de bien. Las religiosas piden testimonio por escrito del escribano y que dé cuenta de lo que consideran milagro o prodigio. La centella que entró por una pared del altar mayor no produjo sino daños materiales. Habiendo salido las monjas, que estaban rezando en el coro, ilesas. En el retablo todo estaba ahumado, excepto las imágenes y el sagrario del mismo. Una talla de bulto de la Virgen había caído desde un altar muy alto sin sufrir desperfectos. En acción de gracias celebrarían cada año esa fecha. Nos importa que ya tenemos una firma y una primera fecha para Dña. María Núñez y de Dña. Isabel Velázquez, religiosas del convento y coetáneas. Año 1638.

Convento de Santa Ana de Cuéllar, donde profesó Dña. María Núñez.


Segunda tormenta, descrita a continuación del texto de la primera, cien años después, 1746, en el mismo papel. Se da cuenta de otro rayo que cayó en el convento el 22 de julio de ese año, día de la Magdalena. Firman todas las monjas lo que consideran milagro. Habían bajado durante la tormenta (de 5 a 6 de la tarde) a rezar una salve al coro a Ntra. Señora la Cautiva, que estaba en el altar mayor, encima del sagrario, con su corona de plata y su peluca. Esta imagen la había regalado al convento Dña. Ana de la Cueva, Duquesa de Alburquerque, y era muy milagrosa, según las religiosas. Al llegar al te aclamamos, vieron entrar un rayo por la ventana de la capilla, por el lado de la epístola, cayendo sobre el altar mayor. Allí, a pesar del humo, se seguía viendo la imagen de la Virgen en un halo de claridad asombroso y la talla salió sin daño. Las monjas también. Dieron fe de lo que vieron el padre guardián de San Francisco y uno de los regidores de la villa, Agustín de Velasco, que vio un gran resplandor de fuego dentro de la iglesia y que a saber qué hacía en el coro bajo del convento si era una orden de clausura.

Pues vaya milagro, me dice un amigo más escéptico que yo, bajan a rezar la salve para espantar el nublado y les arrea allí mismo la exalación. Más bien parece un aviso. No sé qué te diga.

(El padre Balbino ha pasado por aquí, 1970. De su letra ha quedado un papel verde en el legajo, solicitando algunas fotocopias del mismo. Forma ya parte del documento).

 

EL TRUCULENTO CASO DE LA MONJA DOÑA MARÍA NÚÑEZ.

Es en el primero de los dos libros de cuentas conservados donde encontramos los datos concluyentes de la existencia de Dña. María Núñez en la segunda mitad del siglo XVII. Se daban cuentas cada tres años. Se reflejan los censos a favor del convento. Destaca una escritura contra el Conde de Lemos de 935.200 maravedíes de principal y 42.509 maravedíes de renta pagado a Navidad y San Juan. Pasó ante Juan Bautista Martínez de Párraga, escribano de Valladolid, año 1607. Se trata de Don Pedro Fernández de Castro (1576-1622), VII conde de Lemos, presidente del Consejo de Indias y virrey de Nápoles. El que fuera amigo y protector de Cervantes, el cual le dedicó la segunda parte del Quijote, las Novelas ejemplares y el Persiles. Hay otro censo contra la Ciudad de Valladolid, otro contra el Marqués de Villena. Pero las rentas de estos censos no se pagan sistemáticamente y aboca al convento hacia la penuria.

Tal vez la mala economía sea la razón de buscar devociones hacia las imágenes y hacia las propias monjas del convento para captar limosnas que alivien la falta de dineros. El Convento de Santa Ana, extramuros de la villa. ¿Estamos ante la necesidad de testimoniar prodigios en el mismo para salvar al convento de la ruina? El colofón sería la exhumación de Dña. María Núñez incorrupta, hacia 1730, pero de este hecho solo nos da testimonio Rojas.

La siguiente anotación que da fe de la existencia de Dña. María Núñez en el convento aparece en la relación de cuentas del trienio 1647-1650 en la partida de Dotes, alimentos y pisos:

Dña. María Núñez. Más cien ducados que dio al convento Dña. María Núñez, religiosa de este convento para ponerlos a censo con patente de nuestro padre Fray Juan Gutiérrez, ministro provincial, con calidad que sus réditos haya de gozar por tres días y después los ha de gozar el convento.

Objetivo cumplido. Dña. María Núñez existió realmente, pero no hallaremos en la frialdad de este libro de cuentas nada que tenga que ver con los presuntos prodigios sobrenaturales acaecidos en el convento o padecidos por la monja.

Realmente tuvo una criada a su servicio. En una apuntación se le anotan sesenta ducados que debió pagar por el piso de su criada, por tres años hasta febrero de 1687, a razón de 20 ducados por año. No era una excepción, pues, contar con criada en el convento de Santa Ana. Consta que otras monjas también la tenían: Dña. Catalina y Dña. Juana de la Cueva, Dña. Juana de Montaña,  Dña. Ana de Contreras, Dña. Isabel Velázquez y Dña. Ana Irurzun. Otras monjas tomaban criada puntualmente durante sus convalecencias, enfermas, por tres o cuatro meses. De servicio común, para todo el convento se habla de una o dos criadas internas, a cien reales cada una. Además del sacristán, que era el marido de la casera, que vivían en la casa conventual, y las lavanderas, a las que también se daba su salario. Preocupadas las religiosas por su salud, tenían también una iguala con el barbero, Bartolomé de la Zarza, de 66 reales al año.

Puede inferirse de todo esto que la vida de las monjas del convento de Santa Ana no era de un excesivo ascetismo, que era un retiro muy relajado. Así lo percibió el padre visitador en 1676 que las reprendió severamente. Llama la atención a las hermanas sobre el excesivo número de fiestas que celebran en el convento. Que solo hagan la de Santa Isabel, que ha de ser también la del santísimo sacramento. Luego cede en que se celebre también la de Santa Ana, pero en ambos casos con sermón. Se sorprende el visitador de los grandes gastos en botica, pues gastaban en medicina sin reparar lo mucho. Advierte que solo den medicinas en los casos estrictamente necesarios (calentura continua u otro accidente). Que a las religiosas enfermas habituales y a las que por prevención se quieren purgar no se les dé botica sino a costa suya. Que no se pongan hachas en el novenario cuando muere alguna religiosa, aunque haya sido prelada. Que las gallinas que se dan a las religiosas purgadas se quiten y no se den, pues el convento no puede hacer estos gastos. Que se quite la colación de Navidad y Semana Santa.

No hay nada en estos textos que nos informe de los prodigios de Dña. María Núñez, ni de las visiones que padeció según Melchor Manuel de Rojas. El rapapolvo del visitador se corresponde con un año en el que ella profesaba en el convento. Podemos asegurar que  María Núñez queda realmente documentada en el convento de Santa Ana durante la segunda mitad del siglo XVII. Sin que podamos fechar su muerte, porque aunque en las cuentas se reflejan los gastos empleados en los entierros de las hermanas, este libro consultado concluye en 1692. El siguiente no se conserva en el Archivo, salta al año 1754 cuando era abadesa Dña. Elena María Ruiz de Herrera, de otra familia insigne de la villa.

Las dificultades por las que pasaba el convento en el año en que Rojas escribe las Apuntaciones eran evidentes. En las cuentas del trienio 1761-1763, se anotan préstamos de particulares de Cuéllar (D. Manuel de Burgos, 150 reales, y la Comunidad de monjas de Santa Clara, 100). El vicario eclesiástico de la villa, Joseph Cachorro, tiene que prestarles 200 reales de los caudales del Cabildo. En el apartado de limosnas, hasta la misma reina les había mandado 600 reales, el cura de Cantalejo 90 y 300 de Dña. Josefa Minguela, residente en la corte, más otras menores de devotos bienhechores. Emprenderá el convento en años siguientes una batería de pleitos en el Consejo de Castilla para exigir los réditos de los censos que no le pagan, verdadera causa de su decadencia. Este asunto requiere un tratamiento aparte, como la inversión importante que realizarán las monjas en la compra de un molino en el Vado de la Vaca, en el río Cega.

Concluimos aquí. Ahora será el lector el que juzgue el texto de Melchor Manuel de Rojas tal como lo escribió para sus Apuntaciones. Ya está prevenido de lo que se va a encontrar. He dejado de lado el prodigio atribuido a su contemporánea, la monja del mismo convento, Dña. Isabel Velázquez y Arias, para otra ocasión. Queda asimismo documentada en este periodo de la historia. El mismo emplazamiento hacemos para el caso del fraile de Cogeces Pedro de la Magdalena.




 

LOS DOCUMENTOS  DE ROJAS.

Convento de Santa Ana. Convento ahora de religiosas Franciscas y en su origen colegio de Beatas que podían salir fuera y salían. Ya profesan clausura. Hállase actualmente Convento muy necesitado. Le fundó la Sra. Dña. Francisca de la Cueva, Condesa de Luna, hija mayor del III Duque de Alburquerque, el Sr. Don Beltrán, y de Dña. Isabel Girón, año de 1571, de cuya casa ha habido en él religiosas.

Está situado extramuros de la Villa, entre la puerta de Carchena y el Convento de San Francisco.

 

6. La Venerable Madre Dña. María Núñez, natural de esta Villa, religiosa profesa en el Convento de Santa Ana de ella. Fue dechado de pobreza, humildad y recato. No comió por espacio de cuarenta años más que yerbas crudas. Las rentas que tenía de alguna sustancia todas las consumía en auxilio de las religiosas pobres y ornamentos de la iglesia. Maceraba cruelmente sus carnes indispensablemente tres veces al día. Siempre la sirvió de lecho una estrecha tarima sin más adorno ni ropa que dos talegos de vides. Padeció fuertes molestias del maligno espíritu con ruido grande y horrendas figuras, que la daba de golpes muchísimas veces. En los últimos meses de su penosa vida, viendo su amarillez, achaques, senectud y penitencias, la Prelada la estrechó a que comiera cada día de carne un cuarterón y media libra de pan y, no pudiendo faltar a la obediencia, pareciéndola que así su cuerpo estaba muy regalado, apretaba cuanto podía los ejercicios.

En el coro y otras partes tenía notables éxtasis. Cuando iba a comulgar el Demonio la asía a vista de las religiosas y de medio cuerpo arriba le daba mil vueltas, poniéndola con velocidad increíble el rostro a las espaldas, pero después de la comunión quedaba en profunda tranquilidad.

La mandaron los Prelados en virtud de santa obediencia que tomase criada para que la asistiese de noche y de día, escogiendo para este fin una persona de virtud y valor; duraban poco, por lo regular, no pudiendo sufrir los nocturnos estruendos y figuras Diabólicas que advertían, haciéndoselas insoportable servidumbre su compañía, aunque las alentaba con cariño usando de estas palabras: “No temáis, hijas, que es un perro atado”.

 Dio claras señales de tener espíritu profético. Siendo Maestra de Novicias, estando en una celda del noviciado, de la que nunca salía, en ocasión de que un mozo del Convento se hallaba malo, interrumpiendo la oración en que estaba, salió arrebatadamente de la celda a decir a sus Novicias le encomendasen a Dios por cuanto acababa de expirar.

 Un domingo primero de Cuaresma, al empezarse las vísperas, se salió del coro diciendo a la Prelada: “Benedicite; ya llegó el fin de mi vida”. Luego que se concluyeron, cuidadosas algunas, acudieron a su celda y la hallaron introducida en el lecho de la criada con un letargo profundo. Acudió el médico, se hicieron apósitos, más todo fue en vano, porque espiró a la una de la noche, dejando a la Comunidad su tránsito un grande desconsuelo. Treinta años después de su óbito fue abierto cuidadosamente su sepulcro y se la admiró tan flexible y fresca como si estuviese viva.

 

 

NOTAS:

  1. La fecha de su nacimiento que da Melchor Manuel de Rojas se acerca mucho a los 44 años que aproximadamente declara tener cuando pasó a Nueva España en el año 1609.  Era alto, lampiño y tenía tres lunares en el carrillo derecho. Ver Balbino Velasco. Historia de Cuéllar, páginas 366-368.
  2. Y de toda la obra si descartamos referencias indirectas a otras mujeres, caso de Dña. Francisca de la Cueva, fundadora del Convento de Santa Ana en 1571.
  3. Julio Caro Baroja. Las formas complejas de la vida religiosa. (Siglos XVI y XVII). Madrid 1985.
  4. El retablo de la Virgen del Rosario de Sanchonuño, de estilo barroco-rococó, es obra del artista de Peñafiel Felipe Durán. Aunque en el contrato, firmado en el año 1771, no se expresa que debería incluir este lienzo, al final se puso. Había sido beatificado Simón de Rojas por Clemente XIII en 1766. Finalmente, fue canonizado en 1988 por Juan Pablo II.
  5. En los dos casos se trata de San Juan de Mata, fundador de la Orden Trinitaria. En Chañe en lienzo, en escultura de bulto redondo en Santibáñez. Emilio Olmos Herguedas. En torno al pasado histórico de Santibáñez de Valcorba. Valladolid 2000.
  6. Julio Caro Baroja. Op. Cit. Pág. 103.

 
FUENTES:
Archivo Histórico Nacional. Clero secular regular. Convento de Santa Ana. Cuéllar. Legajos 6246 y 6247. Libros: L.11663 y L.11664.

Balbino Velasco Bayón, Historia de Cuéllar, 5ª Edición, Segovia 2013

Melchor Manuel de Rojas: Copia del Cartulario del Hospital de la Magdalena. Manuscrito. Cuéllar, 1763.

Julio Caro Baroja. Las formas complejas de la vida religiosa. (Siglos XVI y XVII). Madrid 1985.

martes, 24 de mayo de 2016

BANDOLEROS EN LA TIERRA DE CUÉLLAR EN EL SIGLO XVIII. (I Parte)


EL TÍO REGALIZA DE SAN MIGUEL DEL ARROYO (VALLADOLID).





EL TÍO REGALIZA. UN HECHO TRUCULENTO EN SAN MIGUEL DEL ARROYO (VALLADOLID) 1782


Todavía recuerdan los más mayores en San Miguel del Arroyo el dicho: “Es más duro que el tío Regaliza, que le molían a palos y no confesaba”. Se aplica incluso para referirse a niños testarudos.


Cuando oí hablar del tío Regaliza a José Antonio Arribas, vecino de dicho pueblo, enseguida lo relacioné con un expediente del que había tomado algunas notas en la Chancillería de Valladolid. Y me sorprendió cómo se había mantenido el recuerdo de este personaje en el pueblo a través de este dicho. Andaba buscando referencias sobre bandolerismo en la comarca cuellarana en la segunda mitad del siglo XVIII. Partía de un dato confirmado: Manuel Consuegra y Vicente Garrido, vecinos de Sanchonuño, habían muerto en dicho lugar a causa de unos balazos que les dispararon unos ladrones la noche del 24 de octubre de 1786. Pero la partida de defunción de los tiroteados no daba más detalles de las circunstancias del hecho, que se produjo unos años después del que vamos a relatar referido a San Miguel del Arroyo. Por ello, podríamos afirmar que no fueron excepcionales los robos y encuentros con bandoleros en la Tierra de Cuéllar y que sin ser un problema continuado, aparecía en algunos momentos dando lugar a situaciones de histeria y preocupación colectiva.


Sin embargo, parece que los asaltos a viajeros eran más frecuentes en el camino de Madrid a Valladolid, por Arévalo. Utilizando en ocasiones los malhechores los pinares de estas tierras como refugio, principalmente los de Coca, algo apartado de su zona preferente de acción, para ponerse a resguardo de las partidas que los persiguieran. Dicho camino desde la capital a Valladolid era sin duda más transitado por viajeros y mercancías que el camino de Segovia a la ciudad del Pisuerga y por lo tanto más atractivo para los asaltantes.


En junio de 1780 se produjo un atraco a viajeros en el camino referido, entre Donhierro y Almenara, que nos puede servir para ilustrar el modus operandi de los bandoleros. Cinco asaltantes a media noche, cuatro en caballos y otro en una mula o macho, color castaño, abordaron a Tomás Ruíz que fue encarado con un trabuco por uno de ellos. Le mandaron echarse de bruces a él y a sus acompañantes. Les robaron tres ducados en dinero, un fardo de pañuelos y fajas de seda que traían de Madrid y una capa de paño de Chinchón nueva a Manuel Gómez, otro de los asaltados. Los bandoleros llevaban sombreros redondos, atados con pañuelos blancos, e iban vestidos de paño negro o pardo con botines de badana o becerro. Además de trabucos, portaban puñales y pistolas. Una vez cometido el robo, se refugiaron en el pinar de Donhierro.


Se citan en los documentos otros atracos en la misma zona y en el mismo tiempo a cargo de once hombres montados. Y esto pasa por toda la Tierra de Cuéllar, Cogeces, Megeces, Íscar, Las Pedrajas y hasta Carbonero y la Granja, en donde está poblado de pinares… Las autoridades mandaban, cuando había alerta de asaltos, provisiones a las distintas localidades para que estuvieran alerta y para que informaran si tenían noticia de otros robos.


Uno de estos bandoleros actuando en nuestra comarca, justo por estos años de 1780, fue Sebastián del Corso. Incluso le podemos imaginar como componente de la partida autora del atraco referido en Donhierro. Pero al torcerse las cosas, envolvió los 6.000 reales, que tenía producto de sus asaltos, en un pañuelo de seda azul y los ocultó en un lugar recóndito antes de ser detenido y encarcelado. Estaba preso en Madrid y no veía la manera de recuperar su preciado botín.


Es en este punto donde aparece Jacinto Díaz, el tío Regaliza. Entre todos los expedientes sobre bandolerismo, vistos en la Chancillería, este era el que llamaba más poderosamente la atención. Me refiero al que inició la justicia de San Miguel del Arroyo contra dicho Jacinto Díaz, palillero de limpiar dientes y buscador de raíces medicinales, natural de San Pedro de Argimil, en el obispado de Lugo, y vecino de Madrid, por ser cómplice de la ocultación de 6.000 reales robados por su sobrino Sebastián del Corso.


El preso, desde la cárcel, preocupado por su suerte, determinó considerar la manera de contactar con alguien del exterior capaz de ir a buscar su dinero enterrado. Era una cantidad importante. Para este fin confeccionó un plano, con unas señas fijas por escrito, para facilitar el cometido. Pensó para ello en su tío Jacinto Díaz, vecino de la villa de Madrid, a quien hizo llegar un sobre, con los planes escritos y el mapa, a su despacho de palillero en la calle de Alcalá.


Jacinto Díaz, era un gallego que se había afincado en Madrid donde figuraba como fabricante de palillos para limpiar dientes. Vivía en la calle del Niño, hoy llamada de Quevedo porque el escritor tuvo allí su casa, y el despacho en la calle de Alcalá. Además aprovechaba las estaciones favorables para salir a buscar raíces y otras plantas medicinales que servía a dos herbolarios de la calle Postas y la Carrera de San Jerónimo. Era el indicado para ir a rescatar el dinero. Tenía la coartada perfecta para convencerle de que fuera el encargado de esta comisión. Si le hallaban cavando, lo hacía con el objeto de encontrar esta o aquella raíz. Lo que el tío Regaliza ganaría con el encargo se ignora.

Ermita del Espíritu Santo o de la Fuenlabradilla en cuyo olmedal escondió el bandolero Sebastián del Corso el dinero producto de sus robos. (Foto: Ricardo Sanz. San Miguel del Arroyo)

DE MADRID A VILORIA.

Jacinto Díaz aceptó ser él el encargado de ir a rescatar el dinero. Siguiendo las indicaciones de las señas dadas, se desplazó desde Madrid, pasando por Segovia y Cuéllar, a la ermita de El Henar. La referencia clave, antes de llegar al lugar de la ocultación, era un lugarcito del que Sebastián del Corso no recordaba el nombre. Sin duda se trataba de Viloria del Henar. De esta manera, en los primeros días de agosto del año 1782, llegó Jacinto a la ermita de la Fuenlabradilla, en el  término de San Miguel del Arroyo, donde se estableció como huésped en la casa del santero de dicha ermita, Antonio Callejo. Tal vez ni le vieran por el pueblo de San Miguel. Solo algunos vecinos habían reparado en él, al cruzárselo por el monte, cuando iban a sus faenas.


El forastero hizo diferentes rutas buscando raíces. Sin embargo, la querencia que Jacinto tenía hacia determinado lugar, al que volvía una y otra vez pues no le resultaba tan fácil dar con lo que buscaba, despertó las sospechas del guarda de los panes, Blas Criado.


Se estableció cierta relación entre Blas y el Regaliza. El guarda le vigilaba de cerca y de sus conversaciones con el forastero dedujo que este realmente sabía de plantas medicinales. De esta manera, los dos estaban juntos cuando Blas le dijo a Jacinto que le dejara probar a él con alguna azadonada. Al segundo golpe, fue el guarda el que hizo saltar alguna de las monedas que había escondidas dentro del pañuelo. Para sorpresa de los dos. Sobre todo del guarda, que sospechó al momento que tal vez era aquello lo que buscaba el palillero. Recogieron el dinero y el guarda llevó a Jacinto a la ermita de la Fuenlabradilla. Desde allí dio parte al pueblo, cuyos vecinos fueron acudiendo al santuario, a la voz y reclamo de “han encontrado un tesoro en el olmedal de la Fuenlabradilla”.




EUSTAQUIO ROMERO, ALCALDE PEDÁNEO. PRIMERAS DILIGENCIAS.

Cómo primer eslabón en la cadena de la justicia, le tocaba intervenir al alcalde pedáneo de San Miguel, Eustaquio Romero. Al tener noticia de que un hombre forastero había encontrado un pedazo de dinero y de que este se hallaba en la casa del ermitaño de la Fuenlabradilla, determinó dirigirse hacia allí, acompañado del regidor Jerónimo Arenal. Llegó a las cinco de la tarde del día 8 de agosto. Dentro, con el detenido, estaban el guarda, el ermitaño, el maestro Manuel Valdés y Antonio Capa. El alcalde Romero inició las diligencias, de las que fue fiel de los hechos el maestro Valdés, preguntándole al Regaliza por su filiación. Después le pidió que mostrase sus pertenencias para su reconocimiento y le hallaron en el talego los dineros encontrados (pesos duros, dicen, metidos en un moquero de seda, bastante gastado). Extendieron las monedas en una capa y el alcalde dio orden a los presentes que lo contaran. En el ínterin, se sumó al grupo Matías Arribas, sacristán de la parroquia de San Esteban, del lugar de San Miguel, y Joseph Pelillo, regidor de dicho pueblo, así como Manuel Pelillo. En presencia de todos se contó el dinero por el tipo de monedas que había (pesos duros, medios pesos, pesetas y demás) sin llegar a precisar la cantidad exacta en reales, que era importante. Se hizo depositario del dinero a Manuel Pelillo, procurador síndico de San Miguel.


Habiendo preguntado el alcalde Romero después a Jacinto Díaz que de qué era aquel dinero, este le respondió que se lo había topado, negando con ello que hubiera ido en su busca intencionada. Esto exacerbó al alcalde que le dijo: Dese usted preso y si saliese bien, se le devolverá el dinero. Sin embargo, en el registro de las otras pertenencias del gallego, aparecieron los papeles que le comprometían: el plan diseñado por escrito que había servido a Jacinto de guía, el sobre de carta con sus señas y el propio plano.


El alcalde de San Miguel determinó, después de esto, pasar el caso al siguiente eslabón en la cadena de la justicia: el alcalde mayor de Cuéllar. Así como el traslado del preso a la cárcel de la villa. Pero antes de llevar al detenido a Cuéllar tuvo que solucionar otros problemas con sus vecinos.
San Miguel del Arroyo: Iglesia parroquial. A la izquierda, en piedra,  casa de la familia Pelillo, construida en 1752 por Bernardo Pelillo. (Foto: Ricardo Sanz)



REACCIÓN DE LA GENTE DE SAN MIGUEL DEL ARROYO.

El trámite de oficio que había realizado el alcalde con Jacinto Díaz le resultó más fácil que canalizar las expectativas de sus vecinos respecto al tesoro. La gente del común, obviando por la pasión del momento lo que era evidente, consideró que si el dinero había aparecido en el término del pueblo les pertenecía de algún modo. Ya había costado mantener en la puerta del santero de la Fuenlabradilla a los curiosos y, acabado el interrogatorio, dos de los regidores fueron a la casa del concejo con mucha gente. Y allí empezaron a decir unos que este dinero sería bueno para pagar en las arcas reales los tributos que tenían atrasados, otros que para estandartes (sic), porque hacían falta por no tener dinero el ayuntamiento, y otros para distintos fines. Por si fuera poco, apareció el cura de San Miguel, D. Nicolás Antonio Moreno, diciendo que el dinero le correspondía al mostrenco y cruzada y que a él le pertenecía como juez de la misma. Pero ni por el cura ni por los otros se inclinó el alcalde Romero, aunque por unos y por otros estaba completamente aturdido y sobrepasado por los acontecimientos, según su propia declaración.


Al final, entre el cura y los regidores, junto con el maestro y procurador síndico Pelillo, determinaron que el alcalde condujera al preso a Cuéllar ante el alcalde mayor y que llevara solamente la mitad del dinero, unos 3.060 reales. Que la otra mitad se reservase en poder del cura, la que si muriese en prisión Jacinto Díaz se aplicaría el dinero por hacer bien por su alma (propuesta sin duda del señor párroco) mediante la aplicación de misas y sufragios. Si saliera inocente, se le devolvería el dinero por mano del cura. Al ser las personas principales del pueblo las que propusieron este acuerdo, lo aceptó así el alcalde Romero.


En la propuesta quedó el depositario del dinero, Manuel Pelillo, en entregárselo al sacerdote, pero no debió hacerlo. Regresado de Cuéllar de entregar al preso, y hallándose trillando el señor alcalde, se presentó el cura en la era a reclamarle porque aún no le habían dado el dinero para que él lo custodiara. Le respondió el alcalde que en su mano no estaba el dárselo y sí en la del depositario, que era el procurador síndico Pelillo.

Bajorrelieve en la fachada de la Casa de la familia Pelillo. San Miguel del Arroyo.
(Foto: Ricardo Sanz)



II Parte




Eran los cargos del concejo anuales y a Eustaquio Romero le había tocado lidiar con aquel embolado. Cuando trasladó al preso a Cuéllar, acompañado de otro vecino, el tío Regaliza había ablandado su corazón para que le administrara un dinero que tenía suyo propio, el que había traído para su manutención. Se hacía a la idea de que iba a pasar un tiempo, cuanto menos, en la cárcel de Cuéllar y de que le tocaría pagar algunos gastos de su comida y tener contento al carcelero. Así lo hizo, y le llegó a mandar algunas monedas con el santero de la Fuenlabradilla, Antonio Callejo, lo que le traería algún problema con el Alcalde mayor.


Era dicho alcalde mayor por el Duque de Alburquerque D. Antonio de Salas Heredia, abogado de los reales consejos, segunda instancia en la cadena de justicia de la época. Antes que en Cuéllar, lo había sido en otros estados del de Alburquerque como en Ledesma. Se hizo cargo del reo y, en coordinación con la Chancillería de Valladolid, siguió las diligencias del caso encaminadas a hacer confesar al Regaliza. Pero éste no soltaba prenda.

Pidió a Madrid se investigara sobre qué puño y letra escribió el itinerario y dibujó el plano para la localización del dinero oculto. Se sospechó de un vecino de Jacinto Díaz, el abogado D. Manuel Vindel. Se le interrogó a éste sobre si había estado alguna vez en el Santuario del Henar o en los pueblos de la zona, expresando en qué año y con qué motivo. Que cuánto dinero le había dado al palillero y que si éste había ido a algún negocio más que al de las hierbas medicinales.

Vindel negó que hubiera dado carta ni mapa alguno a Jacinto. Que le dijo de palabra la mejor ruta para llegar a Cuéllar (Segovia, Encinillas, Escarabajosa, Sanchonuño) cuando le había preguntado sobre este asunto. Negó haber estado en El Henar, ni en San Miguel o Viloria. Dijo que conocía los lugares de esa ruta de oídas.

Así las cosas, se solicitó desde Madrid el traslado del preso a esa capital para seguir el proceso. Se señala desde la Chancillería, que es desde donde llega la orden, que se traslade al reo a esa villa por los  medios acostumbrados (de tránsito de justicia en justicia), con seguridad de que no tome lugar sagrado. Asunto este último contra el que están luchando para su eliminación los dos fiscales estrella de la Chancillería en aquellos años: Montenegro y Rodríguez Bayo.

Jacinto Díaz llevaba ya casi tres meses en la cárcel de Cuéllar y había recibido al menos una carta de su mujer, Ana Moreno. Carta que según el alcalde mayor arrojaba mucha luz al caso, como pidiendo una tregua para ser él quien resolviera el asunto. Ana le dice a Jacinto que mire por él, invitándole a que declare quienes están detrás de su encargo. Se despide con un tu más rendida esposa que tu bien y ver desea. Salas Heredia, el alcalde mayor, aprovecha esta baza para presionar emocionalmente al Regaliza. Pero éste se mantiene en sus trece. No descartamos que hubiera malos tratos en los interrogatorios, pero la documentación no lo recoge.

Solo obtuvo del preso que no diría nada por no causarle más perjuicios a su sobrino Juan Fernández, preso en la cárcel de Madrid por amancebamiento conocido. Que la carta se la habían dejado en su despacho de la calle Alcalá en una mesilla y que no pudo averiguar quién. Preguntado su sobrino en Madrid, dijo que él había mandado la carta con un preso recién salido de la cárcel, pero que a él se la había dado otro preso.

Jacinto Díaz seguía ratificándose en que él no había cometido robo ni delito alguno, ni sabía quién era el preso que le había dado a su sobrino dicho papel.

Mientras tanto, a Sebastián del Corso no se le había podido tomar declaración porque había sido condenado a cumplir su condena en un presidio del norte de África.

El alcalde mayor de Cuéllar ejecuta la orden del traslado de Jacinto Díaz hacia Madrid el 25 de octubre de 1782. Interrogados los dueños de los herbolarios a los que servía el tío Regaliza, éstos manifestaron su sorpresa, pues tenían a Jacinto por hombre aplicado y de arreglada conducta.

Con el traslado del palillero también se pierden las noticias sobre su suerte ya que el proceso se concluiría en la capital del reino. Se remitieron con él los 6.000 reales, incluidos los 3000 que se habían quedado en San Miguel, como mal menor para aplacar los ánimos de los vecinos, que consideraban que eran del pueblo. Para recuperar ese dinero que había quedado en poder del procurador síndico Pelillo, la Chancillería desarrolló una investigación paralela en San Miguel para averiguar qué razones hubo para partir el dinero. Pelillo hizo bien en guardarlo, sin dárselo al señor cura, porque fue a él a quien en última instancia reclamaron ese dinero.

Hasta aquí esta pequeña historia que durante un tiempo tuvo en vilo al pueblo de San Miguel del Arroyo. Mantenida en la tradición y conservada (y confirmada) en los papeles de la Chancillería. Y el ingenio que tuvo el pueblo para apodar a Jacinto Díaz como el Tío Regaliza, por ser buscador de raíces.

El guarda de los panes de San Miguel del Arroyo, Blas Criado, siempre recordó que lo que el tío Regaliza buscaba eran yezgos, una especie del saúco, la raíz de la nuez y malvavisco. Recordaba también que los cantos ruedan, por eso no estaba allí la piedra que marcaba el sitio exacto donde Sebastián del Corso había escondido su dinero, bajo aquel pino, de dos brazos, en el Olmeral de la Fuenlabradilla.

 

(Dedicado a mis amigos de San Miguel del Arroyo: José Antonio Arribas, por haberme facilitado la llave de este caso; a Diego y Rebeca; a Ricardo Sanz, agradeciéndole el interés y las imágenes prestadas; a Jorge Velasco y Javier Arribas, por haberme invitado a tocar también en la procesión de la Virgen de la Fuenlabradilla; a todo el pueblo, en fin, por el seguimiento que ha hecho de esta microhistoria).

 

J. Ramón Criado

(Terminada esta microhistoria en Sanchonuño, hoy 2 de julio de 2016)









ANEXO DOCUMENTAL

(El plano y señas fijas para encontrar el botín del bandolero Sebastián del Corso.  Año 1782)

A Jacinto Díaz, que Dios guarde.

Calle de Alcalá, el Palillero.

Madrid.


Señas fijas que no ay en dónde herrar. Primeramente a Segovia, y luego a la Virgen del Lenar y desde la Hermita se ve un lugarcito que ay media legua muy corta que se toma el camino para ir a este lugar junto la Ermita de la Virgen a mano izquierda, por entre las casas y la Hermita, no se acuerda el nombre del lugar pero no ay otro más cerca, que está camino del Arrabal. A la salida se encuentra una cuesta abajo muy chica es la cuesta y a mano izquierda se encontrará una Hermita caída y más alante un arroyo con una puentecita y dos caminos, el uno a la izquierda y el otro a la derecha, que este de la derecha se conoce muy poco por aber un piazo de prado, pero en siguiendo el agua abajo no tiene pierde nenguno. Y en abiendo andado como un quarto de legua se encontrará un cercado de álamos blancos, /a mano derecha/ y más alante se encontrará otra cerca a mano izquierda con álamos negros y antes de llegar a la cerca se dejará el camino y se tomará la pared arriba de la cerca y se volverá a mano derecha siempre siguiendo la pared y en estando en medio de aquella línea de pared se volverá la espalda a la pared y en frente se verán tres pinos muy grandes que acen figura los tres de un triángulo. Y primero se encuentra un pimpollito nuevo, que está cortada la cogolla, y se irá al pino del medio, que es el más gordo y encima ace a dos ramas grandes, que cada una tira por su lado. Y al pie de este pino, por la parte de abajo, ay un canto encima de la tierra que ace amodo de baldosa, pero no ay que fiar en el canto aunque no esté allí, que los cantos ruedan. Al pie de dicho pino de por la parte de abajo, mirando siempre enfrente de la cerca, se aondará como dos pies de ondo, que lo qual se encontrará una raíz y abajo de ella un pañuelo azul atado con una calzadera.


(Rubrica ilegible)