Los hechos que no salen en las otras Historias, las pequeñas historias... jrcriado04@yahoo.es
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lunes, 1 de enero de 2018
EL TALLER DE ARNAO DE BOLDUQUE EN CUÉLLAR (CIRCA 1540-1560)
¿Qué taller realizó el encargo del retablo del altar mayor de la parroquial de Sanchonuño? En principio habría que solucionar, a falta de documentación que lo acredite, el problema de la datación de la obra. Este asunto ya lo hemos tratado tomando como referencia lo aportado por Collar de Cáceres que sitúa el retablo de Sanchonuño en un grupo de obras que denomina de dispar significación, impregnada de un importante goticismo con influencia de la pintura toledana o palentina del momento. En este grupo incluye también el retablo del descendimiento de la iglesia de San Esteban en Cuéllar. Estilísticamente indica que corresponden a un pintor arcaizante y de muy limitadas dotes, apreciando una mayor calidad en las pinturas del banco (bustos de los cuatro apóstoles representados en él) que en las dedicadas a la vida de Santo Tomás, lo que refuerza la propuesta de que es una obra de taller.
Collar de Cáceres data la obra como posterior a 1530, señalando que la mazonería o soporte del retablo es característica de los años cuarenta del siglo XVI.
Se documenta en Cuéllar, en dicha década, la actividad artística de Arnao de Bolduque, escultor y entallador de origen flamenco. Las noticias sobre este artista van apareciendo con cuentagotas. Fue padre de los más modestos Diego y Juan de Arnao, también vecinos de Cuéllar y entalladores, nunca llamados Bolduque en su mayoría de edad. Falta la certeza de que fueran parientes de Pedro Bolduque (pero en ningún caso Pedro sería hijo de Arnao, como se llegó a pensar por parte de algún autor), Collar de Cáceres señala una común procedencia de Flandes, reforzada por la coincidencia en lo profesional y de precedencia en la villa de Cuéllar.
Arnao Bolduque casó en 1550, y era en segundas nupcias, con la vallisoletana Francisca Ortiz, hija de un cantero que trabajaba en la zona de Valladolid y por lo tanto relacionado con el mundo de la construcción:
“Sepan cuantos esta carta de dote y (tachado: arras) casamiento vieren cómo yo Catalina de Oviedo, viuda que fui de Ortuño de Marquina, difunto que Dios haya, vecina de la villa de Valladolid, digo que por cuanto con la bendición de Dios es tratado palabra de casamiento entre Francisca Ortiz, mi hija y del dicho marido, y Arnao de Belduque, entallador vecino de Cuéllar, natural del condado de Flandes, del lugar de Belduque, por tanto que el dicho matrimonio haya efecto y para ayuda a sustentar las cargas del matrimonio otorgo y conozco por esta presente carta que me obligo a dar y pagar y que daré y pagaré al dicho Arnao de Belduque o a quien vuestro poder hubiere por bienes dotales de la dicha mi hija cuarenta y cinco mil maravedís en esta manera: los treinta mil en dineros y los quince mil en ajuar, con que no se ha de tasar los vestidos cotidianos de la dicha mi hija, el cual dicho ajuar ha de ser tasado por dos personas, la una nombrada por mí y la otra nombrada por vos el dicho Arnao…”
Otorgada en Valladolid el 22 de septiembre de 1550. AHPV.
Once años después, Francisca figura casada en segundas nupcias con un maestro de carpintería y albañilería (Francisco López Curiel) según una escritura de poder, que dio a conocer Manuela Villalpando, para ejercer, no la curaduría de los hijos de su primer marido (Juan y Mariana de Arnao de Bolduque) sino para pleitear con ellos y recuperar sus bienes dotales que llevó al matrimonio con Arnao. Lo afirmo con seguridad por haber cotejado en el Archivo Provincial de Segovia recientemente este documento al que Villalpando hace referencia sobre este asunto en su libro. La autora comete errores en la transcripción del apellido de Francisca (entiende de la Cruz donde dice claramente Ortiz)y el nombre propio de su primer marido lo deja en puntos suspensivos por no haber descifrado que dice Arnao, claramente y con hache la primera vez. Aunque bien sé que otros colegas han apostado por que pondría Mateo en dichos puntos suspensivos, pero claro está que no emplearon una mañana en localizar el documento, interesante para lo que nos interesa, y en el que el nombre propio del escribano no es tampoco Jerónimo sino Ambrosio de Mercado, lo que nos dificultó dar con él. La fecha es la correcta: 1561.
Estos documentos nos permiten fijar la actividad de un taller local en Cuéllar dependiente de Arnao Bolduque desde antes de 1540 y hasta 1560, aproximadamente, y fue él quien llamaría a los pintores Maldonado para trabajar a su cargo. El taller sería continuado al menos por su hijo del primer matrimonio con Ana Muñoz, Juan de Arnao (no hemos visto a Diego como hermano de este en el pleito con su madrastra Francisca Ortiz), que tendría en el momento del conflicto con la segunda mujer de su padre menos de 25 años (como menor de esta edad se le requerirá un curador que le represente y defienda sus intereses) y posiblemente más de 20, edad que nos permite suponer que se formó como entallador en el taller paterno.
Nuestra contribución objetiva para la historia del arte de la villa de Cuéllar fue documentar la procedencia de los Maldonado (Horcajo de las Torres, en la Tierra de Arévalo) y el adelantamiento de su presencia en Cuéllar al año 1545, a partir del pleito para demostrar su hidalguía que contra el Regimiento de Cuéllar entabló Juan Maldonado. Dejamos en su día un documento en cuarentena porque no terminábamos de encajarlo con el resto de las piezas. Ahora nos hallamos en condiciones de afirmar que, efectivamente, el pintor Juan Maldonado llegó a Cuéllar hacia 1545, procedente de Olmedo, donde habría colaborado en otros retablos. Una partida de bautismo de la parroquia de San Pedro nos da fe de este hecho. El padre del bautizado, a quien se le llamó como a su progenitor, es el pintor Juan Maldonado, estante en Cuéllar viviendo en casa de Arnao de Bolduque. De esto se infiere que el pintor vino a la villa y se instaló en casa del escultor, que le habría llamado para trabajar en su taller. La prolongación del pleito por su hidalguía hasta el año 1555, desde el 47 en que lo comenzó, asegura el asentamiento y continuidad del pintor en Cuéllar. (4)
Curiosamente, en el mismo libro de bautizados, en el año 1541, consta que se cristianó en Cuéllar un hijo de Mateo Bolduque, padre de Pedro Bolduque, escultores los dos, si bien se tiene constancia de que este último nació en Medina de Rioseco en el año 1545, posiblemente se trate de Juan Mateo Bolduque, primogénito de la familia. No hay que descartar entonces la relación entre Arnao y Mateo Bolduque, pudiendo incluso haber sido hermanos. Queremos decir que Mateo pasaría a la villa vallisoletana desde Cuéllar, donde se le documenta trabajando dese los primeros años de la década de los cuarenta del siglo XVI. Allí nacieron el resto de sus hijos, (incluido Pedro de Bolduque), por lo tanto, la relación entre este y Arnao y Mateo Bolduque sería más estrecha de lo que se pueda pensar.
Partida de bautismo de Mateo Bolduque menor: (Juan Mateo Bolduque)
Sábado tres días del mes de agosto de mil y quinientos y cuarenta y un años, se cristianó un hijo de Mateo de Belduque flamenco y de Juana (Muñoz) su mujer, llamose Mateo. Fueron sus padrinos la que es cocinera del duque y Arnao flamenco y su mujer de Juan de Portillo sastre? Y la de Arnau parientas del infante de … la madre y la de Arnao hermanas.
Frutos de Mercado, cura.
Se dice en la partida que la madre del niño y la mujer de Arnao Bolduque son hermanas: Juana Muñoz y Ana Muñoz. Con lo que de no confirmarse que Mateo y Arnao fueran hermanos, supone que en todo caso Juan de Arnao y Pedro Bolduque fueron primos carnales y este parentesco y la actividad común que compartían hicieron que Pedro Bolduque recalara con el tiempo en Cuéllar como colaborador en el taller de su pariente reclamado sin duda por Juan de Arnao.
Indiciariamente, fue el taller de Arnao Bolduque el que realizó el retablo de Sanchonuño, porque cubriría la demanda de retablos no solo en la comarca, sino también en la propia villa. Arnao no tiene obra atribuida hasta la fecha y habría que considerar no sea una de ellas el retablo de la Virgen, de la iglesia de San Esteban de Cuéllar, mandado pintar precisamente por estos años: Hízole pintar Juan Gómez de Herrera el año de 1546. Sin embargo, la calidad de estas pinturas, estudiadas por Collar de Cáceres y Llorente, pero sin haberles atribuido autor, es superior a las de Sanchonuño. Me inclino a pensar que detrás de esta obra está la mano de un Maldonado, pero la de Julián. La calidad pictórica de Juan Maldonado, el hermano mayor, sería inferior a la de Julián y a él se le encargarían los retablos menos exigentes de las aldeas, aunque la colaboración entre ellos en una misma obra se realizara puntualmente. Juan Maldonado aparece documentado como autor de los desaparecidos retablos mayores de Gomezserracín y Pesquera (despoblado cerca de Chañe).
Era cura de Sanchonuño por estos años, Antonio Martínez, natural de Zarzuela pero que se había establecido en Gomezserracín, donde había sido sacristán, para luego acabar siendo durante bastantes años cura del primer pueblo. D. Antonio sería quien encargó el retablo de Santo Tomás para la iglesia de su parroquia, pues siempre estuvo pendiente de lo que se hacía en su pueblo de origen, donde conservó el derecho a poder seguir cazando en el Soto de Santa Olalla. Desgraciadamente el retablo de Gomezserracín se echó a perder durante la pujanza del barroco y hoy no podemos comparar las dos obras carracillanas.
Pararemos aquí por no incurrir en los errores que denunciamos en los demás, pero una hipótesis puede valer como propuesta cuando no hay otra anterior y documentada.
Queda claro que no es habitual encontrar retablos con la advocación de Santo Tomás Apóstol en la pintura, ni siquiera en el gótico, por lo que el atractivo del retablo de Sanchonuño es aún mayor, especialmente por la representación de escenas de la leyenda del apóstol, difícilmente toleradas posteriormente por el espíritu de la Contrarreforma que vigilaría con más celo qué tipo de iconografía se pondría en los templos.
miércoles, 25 de octubre de 2017
D. JUAN ANTONIO BELICIA: DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE UN CURA DE PUEBLO.
D. JUAN ANTONIO BELICIA
D.
Juan Antonio Belicia fue cura de Sanchonuño (Segovia) durante el primer tercio
del siglo XIX (1803-1835), fue por lo tanto testigo de una época convulsa
significada por la invasión napoleónica y
los vaivenes del reinado de Fernando VII. Era natural de Traspinedo,
pueblo vallisoletano que si bien no pertenecía a la Tierra de Cuéllar, linda
con ella y su parroquia pertenecía al obispado de Segovia, posible razón por la
que acabaría siendo párroco en Sanchonuño. Antes lo había sido en Aldealuenga. Los escaso datos biográficos están
extraídos de los libros parroquiales en los que se percibe que solía delegar en
otros clérigos, tenientes de cura, para la administración de los sacramentos.
Es el ejemplo de cura rural que durante la Guerra de la Independencia se opone
de una manera abierta a los franceses y que al regreso del rey se manifiesta
partidario del Antiguo Régimen del “Altar y el Trono” y por tanto recibirá al
Gobierno Constitucional con recelo y parece que muy pronto con abierta
oposición. Esta afirmación puede extraerse de la introducción del Sermón de
acción de gracias que él mismo predicó en Cúellar para celebrar el regreso del
Rey como monarca absoluto en 1823 y lo sintetiza así en la edición impresa del
sermón:
El
amor que he tenido siempre a las reales personas de Vuestras Majestades y
Altezas, este verdadero amor que arrojó sobre mí todo el furor napoleonista,
que casi me puso en las escaleras del suplicio, que me saqueó, persiguió de
muerte, y que en la revolución constitucional me ha hecho sufrir amenazas de
multas y prisiones
y
que a pesar de una edad avanzada y enfermiza no le permitió desentenderse del
encargo con que le favoreció el fiel y cristiano Ayuntamiento de Cuéllar, no le
deja libertad ni elección sino para dedicar este sermón a VV.MM. y AA..
Dígnense
VV.MM. y AA. de admitir benignamente esta señal de amor y fidelidad que
respetuosamente ofrecen
A
la Real Persona de Vuestras Majestades y Altezas
El
Ayuntamiento de Cuéllar
y
Párroco de Sanchonuño.
(Sermón de acción de gracias pronunciado en Cuéllar por don Juan Antonio Belicia, párroco
de Sanchonuño, impreso en Valladolid, 1824).
Que hallándose con la avanzada edad de cerca de ochenta años y con la
salud muy quebradiza y casi imposibilitado de la vista, le es absolutamente
imposible dirigir y gobernar sus rentas y propiedades.
La firma de don Juan Antonio de muestras de que su estado de salud es
precario.
Renuncia
de una Capellanía en la villa de Traspinedo hecha por Juan Antonio Belicia
parece que a favor de su sobrino León Belicia. Este documento ya ni está
firmado por Antonio Belicia y sí aparece la firma de Serafín Herranz, el
sacristán cuyo nombramiento había vetado en su día. Otros testigos Antonio
Vicente, Julián Martín y el dicho Serafín.
Dijo que en 13 de enero de 1829, otorgó su testamento en
cédula por certificación de Antonio Miguel, fiel de los hechos de Sanchonuño, y
ante cinco testigos vecinos del mismo, y en diez de diciembre de 1832 lo otorgó también en mi testimonio (escribano
Antonio Sáez) dejando en su fuerza y vigor todo lo estipulado en dicho
testamento en cédula, con las solas advertencias de las que resultan del
otorgado ante mí.
Aquí añade que se le pague a su ama Isabel Rodrigo los
salarios que se le deben a razón, desde que fue cura en Aldealengua hasta el
día en que deje de serlo a razón de 40 reales por mes, hasta que deje de serlo,
por sus servicios y por el interés con que ha mirado lo mío
Igualmente que a su hermano Manuel Belicia se le paguen las
soldadas de todo el tiempo que le ha estado sirviendo, a razón de 500 reales
cada año.
Que se paguen a Juliana y Gregoria Senovilla, sus criadas
naturales de la villa de Cuéllar, sus salarios a razón de 25 reales por mes.
Heredera después de Manuel, su hermano, e Isabel, su ama,
sea su heredera Juana Belicia, hija de León Velicia , su sobrino.
Con todo, los eclesiásticos
segovianos durante el Trienio Liberal (1820-1823) no exteriorizarán una actitud
de franca y activa oposición al constitucionalismo hasta mayo de 1823, cuando
el sistema político se derrumba. Será entonces cuando desde el obispo hasta los
humildes curas de aldea, y este es el caso de D. Antonio Belicia denuncien sin
ambigüedades al sistema constitucional como impío y funesto, y califiquen a sus
adeptos como «infame secta revolucionaria».
El clero, a pesar de la adhesión
incondicional que por motivos ideológicos una minoría de eclesiásticos
ilustrados presta a las nuevas instituciones, acabará oponiéndose en su mayor
parte al constitucionalismo ante el ataque sistemático de los liberales contra
las bases económicas de la Iglesia.
lunes, 4 de septiembre de 2017
LOS SEPULCROS DE MARTÍN LÓPEZ DE CÓRDOBA HINESTROSA E ISABEL DE ZUAZO.
LOS SEPULCROS DE MARTÍN LÓPEZ
E ISABEL DE ZUAZO.
(Es continuación de un artículo anterior sobre los Hinestrosa en Cuéllar)
En el año 1508, Martín López
de Córdoba Hinestrosa pensó en los dos arcosolios del lado de la epístola de la
iglesia de San Esteban de Cuéllar para situar en ellos los sarcófagos que
albergarían los cuerpos de él y de su mujer, Isabel de Zuazo. Estos arcosolios
datarían de la época en que se hicieron las sepulturas confrontadas de Alonso
García de León y de su mujer Urraca García de Tapia (año de 1404) y estaban
ocupados. Artísticamente son gemelos en composición y estilo. Desalojar a estos
parientes enterrados en su origen en este lado del presbiterio presupone que ya
no contarían con descendientes directos en la época de Martín López que
embarazaran las intenciones del regidor. La estructura arquitectónica de
lucillo funerario en cuyo fondo encajaría perfectamente, por sus dimensiones,
la tabla que el arcediano Gómez González dedicó a su padre y hermano (los dos
Juanes Velázquez) se corresponde con estos arcosolios del lado de la epístola y
sería el lugar original de dicha tabla. Como clérigo, el arcediano no dejó
descendencia directa. Solo el Patronato del Hospital de la Magdalena podría
oponerse a las intenciones de Martín López como garante de la memoria del señor
fundador, que había sufragado las tablas. Pero D. Martín, como regidor perpetuo
del Regimiento cuellarano, tenía mucho poder en dicho patronato para que este
se opusiera a sus intenciones.
Conseguido su propósito,
Martín López modificó el hueco de estos arcosolios, cuyo arco generador no es
el arco apuntado de principios del siglo XV, sino un arco rebajado que queda
por debajo del anterior. Resultando así un pabellón entre los dos arcos (el
apuntado original y el nuevo, resultante de la modificación) tapizado con
yeserías más pobres en técnica y en repertorio que las yeserías genuinas de
principios del siglo XV, con las que intentan sintonizar.
![]() |
| Sepultura de Dña. Isabel de Zuazo y Cotes en el presbiterio de la iglesia de San Esteban en Cuéllar, Segovia. (Fotografía de José Ignacio Sánchez) |
Esta modificación nos
dificulta imaginarnos en este espacio las tablas que patrocinó Gómez González,
que serían cambiadas de ubicación junto con los restos de los allí enterrados.
Quedó así habilitado este espacio para recibir las dos grandes arcas con
cubierta a doble vertiente donde, alrededor de la heráldica de los dos
difuntos, campea la decoración a candelieri
propia del Renacimiento temprano.
| Lucillo para sepulcro procedente de la iglesia de San Esteban en Cuéllar, Segovia. Hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid donde llegó en el año 1936, (JRC) |
El legado de Martín López de
Córdoba Hinestrosa, el mayorazgo por él fundado y el patronato de Alfonso
García de León, se fue trasmitiendo de generación en generación, prefiriendo el
varón a la hembra, pero sin descartar a estas. Esto dio lugar a que, en algún
momento, dos herederos del legado pleitearan entre ellos para ver quién tenía
más derechos a disfrutarlo. En el año 1775, D. Manuel Francisco Velázquez de
Vellosillo, regidor perpetuo en el Regimiento, estaba agobiado por el apremio
por vía ejecutoria que se le hacía para que reintegrara los 5.500 reales que
había tomado de los caudales el Hospital de la Magdalena. El brazo de Baltasar
Alonso, defensor de la institución, se hacía sentir y los ejecutores eran
implacables. El Sr. Vellosillo se veía incapaz de afrontar el pago por varias
urgencias que había tenido, lo que era sabido por todos. Propuso ir saldando la
deuda con pagos anuales de cincuenta fanegas de granos. Detrás de esta
insolvencia estaba el que su pariente, y también regidor perpetuo, Miguel
Remigio Velázquez, le había disputado, y al final ganado, la posesión del
mayorazgo fundado por Martín López, pues alegó más razones que él ante la
Chancillería de Valladolid. Es en este pleito en el que se presentó el
testamento de Martín López de Córdoba Hinestrosa, y en el expediente del mismo
donde se ha conservado tan interesante documento. No es tan vistoso en su
continente como las bulas de Isabel de Zuazo, pero el contenido, por su riqueza
y diversidad de los asuntos que toca, supera con mucho, desde nuestro punto de
vista, el propio interés de las bulas de Dña. Isabel en lo que se refiere para
la historia de Cuéllar. (6)
martes, 15 de agosto de 2017
VILLALAR: EL CUELLARANO QUE CAPTURÓ A JUAN BRAVO
ALONSO RUIZ DE HERRERA: CAPTOR
DE JUAN BRAVO.
Otra de las familias de
abolengo en la villa de Cuéllar fue la de los Ruíz de Herrera. Tuvieron sus
casas principales en la calle de Segovia y, por lo tanto, eran de nacimiento
parroquianos de la iglesia de Santa María de la Cuesta. Sus blasones lucen en
sus casas y dicho escudo de armas de los Herrera se compone de dos calderas con
cabezas de serpientes en las asas y por orla once calderas más pequeñas. (7) Los Ruiz de Herrera fueron añadiendo otros
cuarteles con las armas de las familias con las que fueron emparentando y,
desde Alonso Ruiz de Herrera, la bandera que este ganó a un general francés en
la batalla de Noaín (1521).
La familia Herrera se preciaba
de su antigua hidalguía en la villa y desde la llegada a Cuéllar de los duques
de Alburquerque, sus oficios habían girado en torno a los señores de la villa
(algunos fueron corregidores de los llamados estados del duque, en Cuéllar y en
Ledesma, por ejemplo). No son nada críticos con ellos, como lo fueron otras
familias, y consideran a los duques miembros natos de la Cofradía de la Cruz.
Estas circunstancias nos hacen sospechar si no sería otra de las familias
llegadas a Cuéllar de la mano de D. Beltrán de la Cueva.
Aunque parroquianos de Santa
María de la Cuesta, como se ha señalado, sus entierros los tenían en el
convento de San Francisco (como los Velázquez, los Daza y los Rojas, en el lado
del evangelio). La capilla primera del lado de la epístola era la que
correspondía a los Ruíz de Herrera.
Fue Alonso Ruíz de Herrera el miembro más destacado de la saga familiar
en el siglo XVI, fundador del mayorazgo. Nació con este siglo (circa 1500-1579)
en la villa de Cuéllar y fue esencialmente un hombre de armas. Rojas le dedica
una importante entrada como tal (nº 52 de la clase sexta) y describe su hazaña
en la batalla de Noaín y, además, lo señala como el soldado que prendió a Juan
Bravo en la Batalla de Villalar. También sabemos ahora que en el año 1519
estaba ya emplazado y dispuesto a cruzar el océano camino de Cuba, para ponerse
a las órdenes de su paisano el adelantado Diego Velázquez de Cuéllar. Había
servido hasta entonces como soldado en la compañía de D. Diego de Castilla y
ganado méritos para esta merced que se le daba.
Pero los acontecimientos
políticos y militares que se produjeron inmediatamente después (Guerra de las
Comunidades) lo retendrían en la Península. Su participación en Villalar
aportada por Rojas, capturando en ella al capitán segoviano, podría ser
insuficiente para tenerla en consideración. Sin embargo, este dato es señalado también
en el informe de los méritos de D. Agustín Velázquez y Rojas, su biznieto
cubano, que, al citar a su antepasado, reitera que había tomado prisionero a
Juan Bravo, persona de cuenta del bando
contrario. Y este documento no lo conoció Melchor Manuel de Rojas. Es así
que no solo los miembros de la casa ducal de Alburquerque (Beltrán de la Cueva
II y su hermano D. Luis de la Cueva y Toledo) estuvieron del lado de Carlos V,
sino también los cuellaranos, como Alonso Ruiz de Herrera, que ya servían en
los ejércitos del rey y, presuntamente, los hidalgos de armas de Cuéllar que
acompañarían al duque en esta empresa, como el propio Marín López de Córdoba y
su hijo Beltrán. Con lo que podemos afirmar que toda la villa estuvo del lado
de Carlos V. En el ámbito segoviano solo se adhirieron al movimiento comunero
la capital con su tierra y Sepúlveda.
| Estatua de Juan Bravo en Segovia. |
El mismo año de Villalar, Ruiz
de Herrera siguió en campaña con los ejércitos castellanos que subieron al
encuentro de los franceses que, aprovechando la coyuntura de guerra en
Castilla, invadieron Navarra. En el encuentro de Noaín, el cuellarano volvió a adelantarse y arrebató el estandarte del
general francés, André de Foix, Señor de Lasparre. Esta proeza tuvo su
recompensa para el de Cuéllar que ganó la merced de Carlos V, entre otras, de
añadir el estandarte del francés a su escudo de armas. Iglesias y el Marqués de
la Floresta dicen que el estandarte lo trajo a Cuéllar y lo depositó en la
capilla de su familia en el convento de San Francisco. Rojas que se conservaba en
Burgos, lo que significa que él no lo conoció en Cuéllar, y Antonio de Herrera
directamente ignora su paradero. (6)
Unos años después, Rojas sitúa
a Alonso Ruíz de Herrera en 1527 en Cuba como regidor nombrado por Narváez.
Recogemos la noticia porque nuestro historiador del siglo XVIII parece que usó
los papeles de esta familia en Cuéllar. Quien con seguridad pasó a Cuba fue su
tercer hijo Francisco Ruíz de Herrera,
con su mujer Ana del Corral y con su hijo Alonso, en el año 1564, según el
memorial de su descendiente D. Agustín Velázquez y Rojas. Parece que esta
familia se estableció en la isla, con seguridad el hijo, nombrado en Cuba Alonso Velázquez de Cuéllar, tal vez
reivindicando con ello su parentesco con el desaparecido adelantado de la isla.
6.- Ainhoa Iglesias Bayón
y Alfonso de Ceballos-Escalera Gila en El
estandarte de André de Foix, Señor de Lasparre, y las armerías del capitán
Alonso Ruiz de Herrera. Cuadernos de Ayala. Nº 31.
7.- Trassierra dice que en
el escudo de los Herrera había dos herraduras. Es posible que leyera en
algún documento herradas, término con el que en la comarca de Cuéllar se
nombran los recipientes de metal y con asas para sacar agua del pozo, por
ejemplo, o calderas.
martes, 1 de agosto de 2017
ALGUNAS NOTAS SOBRE EL HOSPITAL DE LA MAGDALENA, CUÉLLAR 1429
La propia descripción del
Hospital, que dejó de su puño escrita Gómez González, nos deja claro que la
conclusión de este edificio fue la prioridad del arcediano. Pueden despistarnos
los elementos arquitectónicos y artísticos más tardíos que aparecen en la
portada de la capilla del Hospital respecto al momento de su fundación (1429) y
hacernos creer que todo el conjunto de la iglesia es posterior. Las arquivoltas
en dicha portada de estilo gótico isabelino, o el propio escudo de los
Alburquerque confirman esta propuesta y retrasan su factura a la intervención
de uno de los dos primeros duques (finales del siglo XV o principios del XVI).
Sin embargo, no cabe pensar sino en una reforma o mejora de dicha portada, que
pasa a proyectarse sobre la calle.
La descripción de Gómez
González sigue por la segunda planta. En el momento de su apertura los
pabellones de enfermos estaban en la planta baja, lo que se explica por la
referencia a las tarimas de madera que se pusieron en los mismos para evitar la
humedad del suelo. Describe dicha planta alta con sus diferentes espacios y sus
usos. Destaca en ella dos cámaras grandes con su chimenea y su zaquizamí. Palabra esta última incluida
por Rojas en su índice de vocabulario antiguo y que se refiere a un escusado o
servicio. El de los hombres estaba en la propia muralla, al que se salía desde
esta planta alta por un corredor y donde tenían su letrina al vuelo. Los planos
del siglo XVIII se refieren a este punto como cubo por donde se tiran las inmundicias. Diferencia las
dependencias anexas al propio cuerpo del Hospital y capilla. Dedicadas estas a
pobres comunes y articuladas en torno a un segundo patio. Establo para diez
bestias y dos viviendas para servidores de la institución; corral para aves y
un huerto o vergel con su pozo.
Todo lo dejó, en cuanto le fue
posible, bien acabado, según expresa el propio Gómez González. A todo ello se
dedicó desde su llegada a Cuéllar desde Roma, en junio de 1425, hasta su
partida para el monasterio de Guadalupe, en febrero de 1430. Aún tuvo tiempo
como arcediano de aplicar su doctrina en relación a la importancia de la
eucaristía en la misa. Así, se preocupó de que se dignificaran los sagrarios y
de cómo se guardaba el cuerpo de Dios en
todas las iglesias de su arcedianazgo de Cuéllar, como se recoge en el
manuscrito 697. Mucho celo pondrán, al menos desde esta época, los visitadores
del señor obispo para que los relicarios de las parroquias estuvieran en
perfecto estado de revista.
Este ideario de la
reivindicación de la transustanciación en el momento de la consagración ya lo
hemos señalado presente en la tabla para lucillo con la Misa de San Gregorio.
En la otra tabla patrocinada por el mecenazgo de Gómez González, la de Juan
Fernández, la referencia a este asunto se hace a través de la representación
del pelícano picoteando su pecho para dar su sangre a sus crías, tema
iconográfico muy recurrente para aludir a la eucaristía.
Abandonado su proyecto de
fundación de un monasterio jerónimo y por la prioridad dada por Gómez González
a la conclusión del Hospital, fue la construcción del Estudio de Gramática la
que quedó en segundo plano. El propio Rojas señala que quedó suficiente pero no
con las mejoras que en su época ya tenía gracias a la intervención del
patronato. Gómez González dejó dispuesto en 1438, consciente del retraso en el
edificio del Estudio, que se fuera reformando cada año hasta concluirlo también
en cal y canto. Con su claustro en medio articulando los espacios, a manera de
colegio dice, donde pudieran estar hasta doscientos escolares, que todo se
fuera haciendo, según las posibilidades, hasta acabarlo. Esto nos indica que no
se había concluido el Estudio en vida de Gómez González, pero el patronato
continuó con el proyecto del fundador hasta rematar la obra. Un dibujo del
siglo XIX nos da fe de que se construyó el claustro, con una espléndida galería
renacentista, otra de las obras perdidas en Cuéllar, siguiendo la voluntad del
fundador, pero ya después de su muerte.
Hoy nos podemos hacer una idea del
conjunto del edificio medieval a partir de los planos aparecidos en la
Chancillería de Valladolid, referidos a la importante reforma del Hospital
llevada a cabo a finales del siglo XVIII, cuando la institución estuvo bajo la
dirección directa de Baltasar Alonso, Defensor del Hospital, y la supervisión
del órgano judicial vallisoletano. Los dibujos confirman a grandes rasgos la
descripción hecha por el propio fundador Gómez González y dan fe de alguna
medida tomada en años anteriores. Nos referimos a la decisión de instalar las
camas de los enfermos desde la planta baja en la superior.
Alonso, junto con el arquitecto local
Joseph de Borgas, llevó a cabo una profunda reforma y puesta al día del
edificio del Hospital ejecutada entre los años 1774 y 1778. El objetivo era
recuperar el espíritu del fundador y prestar una asistencia más racional a los
enfermos, atendidos en la fundación, aumentando el número de camas.
En esta obra se amplió el
patio del pozo que quedaba entre la capilla y la muralla y al que daban las
enfermerías de hombres y mujeres. Se le añadió un nuevo coro a los pies de la
nave de la iglesia. En el momento del desmonte del primitivo edificio del siglo
XV, el arquitecto encargado del proyecto general, José de Borgas, informó a la
Real Chancillería de la debilidad de los cuerpos de fábrica preexistentes y su
incompatibilidad con la obra nueva, solicitando la suspensión del proyecto. El
tribunal comisionó entonces al arquitecto vallisoletano Pedro González Ortiz
para que inspeccionara las condiciones de la obra, el cual informó
favorablemente para el reinicio, con ciertas modificaciones. Aunque por el
momento no consta expresamente que esta fuera una de ellas, es muy posible que
el abovedamiento del coro tuviera que ver con los necesarios cambios de
estructura. Se trata de la única intervención de González Ortiz en el proyecto.[1]
Se reformaron las cocinas de
enfermos y se añadió una enfermería para gálicos y llagados. Considerando que
los seis sirvientes con los que contaría el Hospital habrían de vivir en sus
instalaciones, se habilitaron espacios para sus viviendas mediante el sistema,
mantenido antes y después en la comarca, de sala más dos alcobas. Se diseñaron
además las respectivas oficinas para
estos sirvientes, es decir sus
respectivos corrales con colgadizos para cuadras y leñeras. En el grupo
de sirvientes entraban los dos capellanes, enfermeras y otros servicios. Se
incluyen otras dependencias, como la sala para recetar y otra para descanso del
capellán; sala para juntas del Patronato, archivo, etc. Presuntamente, la
conocida como capilla de la Piedad se transformó en sacristía o en ampliación
de esta, desapareciendo así tan significado espacio para Melchor Manuel de
Rojas.
Fuera de la villa, Gómez González
patrocinó en la catedral de Segovia el altar de San Jerónimo al que dotó
también de ornamentos. El cabildo de la ciudad aceptó celebrar la festividad de
este santo para la que D. Gómez había destinado cierta cantidad de dinero y
para que se le dijera un aniversario sobre su sepultura, caso de llegar a ser
enterrado en la catedral, como arcediano de Cuéllar que había sido. El cabildo
aceptó gustoso las condiciones y dieron
muchas gracias de tantos bienes como había hecho y hacía a la dicha iglesia.[2]
lunes, 6 de marzo de 2017
LAS HISTORIAS PERDIDAS DE CUÉLLAR
Había escrito la primera
historia de Cuéllar D. Diego Bermúdez de Guevara, hidalgo natural de la villa
segoviana y al servicio del duque de Alburquerque, por los años de mediados del
siglo XVII. Hay constancia de que
esto fue así porque el mismo Bermúdez se lo manifestó al cronista del rey, D.
Josef Pellicer, con el que se carteaba e informaba sobre las familias de
Cuéllar, para los árboles genealógicos, muy de la moda, que al de Madrid le
encargaban.
Sin embargo, la obra de
Bermúdez de Guevara se echó a perder por la desidia de sus herederos. Acabaría,
señala una tradición, sirviendo para envolver con sus hojas las especias que se
expedían en una tienda cuellarana. Así, conocedor del destino de la historia
escrita por su paisano Bermúdez, D. Melchor Manuel de Rojas, hidalgo del siglo
XVIII, pergeñó una idea para que las Apuntaciones,
que había escrito sobre la muy noble
y leal villa de Cuéllar a lo largo de su vida, no corrieran la misma
suerte.
Le habían encargado a D. Melchor
en el año 1763, desde el patronato del Hospital de la Magdalena, que realizara
una copia a letra moderna del Cartulario de
la fundación hecha en la villa por D. Gómez González, allá por 1430. El
Cartulario, copia de seguridad de los papeles del archivo el Hospital, tenía ya
las letras muy deslavazadas y su grafía antigua no se entendía por los
compatronos de la fundación que no eran otros que los regidores del
ayuntamiento. Era propicia la ocasión para que, con permiso del Patronato,
incluyera Melchor Manuel de Rojas en su copia de los documentos oficiales del
Hospital su Historia de Cuéllar y la
biografía del fundador, el arcediano Gómez González. El Cartulario servía no
solo para una consulta más metódica de los documentos del archivo, sino que
además tenía valor jurídico en los pleitos y podía ser presentado como prueba
en los juicios. Por esta razón, la existencia útil de la copia del Cartulario
hecha en el siglo XVIII por Rojas fue efímera. Solo estuvo treinta años en
Cuéllar, ya que se presentó en el Consejo de Castilla, en Madrid, en un
contencioso con el obispo de Segovia, sobre si este tenía derecho de visita
sobre el Hospital de la Magdalena. El juicio no se concluyó y los Cartularios,
el antiguo y su copia, quedaron olvidados en los archivos madrileños.
Paradójicamente, la historia
de Cuéllar de Melchor Manuel de Rojas, salvaguardada por él mismo en su copia
del Cartulario, se perdió de esta manera durante doscientos años. Esta es
literalmente la historia perdida de Cuéllar que hemos dado a conocer
recientemente.
LA HISTORIA ENCONTRADA.
Acabaron los dos cartularios
en el Archivo Histórico de Madrid y fueron sacados del expediente del juicio
referido por la singularidad de los dos libros. Después vino al acceso a los
mismos, por cualquier interesado, en el Portal de Archivos Españoles. Pensamos,
al conocer los documentos, que otros colegas ya los habrían estudiado. No era
el caso. Dimos a conocer las referencias bibliográficas en nuestro primer
artículo sobre los cartularios y el propio Balbino Velasco, entonces cronista
de Cuéllar, se interesó por ellos para dar cuenta en la quinta edición de su Historia de Cuéllar, que prácticamente
estaba ya en la imprenta. Solo tuvo tiempo para conocerlos y citarlos, no para
estudiarlos a fondo. Sin embargo, no es tan importante ver quién llegó antes a
las Apuntaciones de Melchor Manuel de
Rojas, sino la manera de abordarlas.
Decimos esto porque en el ínterin un anticuario
las usó como fuente para uno de sus trabajos pero sin entrar en su
análisis. El resultado fue una obra de escaso valor, de la que el autor se
jactaba de haberla hecho en tres meses (ya serían seis). Todo por tomar al pie
de la letra lo que escribió Rojas sin cotejar sus escritos. Este es el otro de
los significados de historia perdida: la
que no analiza críticamente las fuentes y sigue repitiendo los errores pasados.
La que confunde, más que aclara.
Por lo dicho, las Apuntaciones de Melchor Manuel de Rojas
exigían una lectura detenida (no me sonrojo de que el tiempo empleado se cuente
por años) y analítica, porque no todo lo que cuenta el historiador del siglo
XVIII ha resultado ser cierto. En este sentido, sí somos los que hemos
recuperado la historia perdida de Rojas. Porque hemos entrado en ella para
desentrañar sus intenciones e ideología. Las luces y las sombras de una obra
sectaria en la que su autor pretendía justificar la preeminencia de su clase
social, la de los hijosdalgo, sobre el común de la población, en el control de
los resortes económicos y del poder de toda la Tierra de Cuéllar.
La de Melchor Manuel de Rojas
es una historia que se aleja de la contaminación de los falsos cronicones, aún sin estar exenta de ella. Nos referimos a
aquellos escritos falsarios aparecidos en el siglo XVI que embrollaron la
historia y la convirtieron en impracticable incluso para los más entendidos.
Pero entre tantos males, lo positivo fue el considerable número de historias
locales que se escribieron. Los autores de los falsos cronicones concedieron a
los pueblos remota antigüedad, en otros fijaron la situación de antiguas y
renombradas poblaciones, en algunos hasta silla episcopal, fundada por los
mismos apóstoles o santos paleocristianos, y dieron por doquier a casi todos
santas vírgenes. Para el caso de Segovia, los cronicones fingidos inventaron
para su diócesis un santo que le daba antigüedad y lustre: San Geroteo. Será
Gaspar Ibáñez de Segovia, el Marqués de Mondéjar, historiador más cabal, quien
arremeta en un escrito en defensa de los patronos clásicos, San Frutos y San
Valentín, contra el intruso obispo San Geroteo, introducido por el supuesto
cronista Dextro (creado por Jerónimo de la Higuera).
NOTICIAS SOBRE EL ARTE EN
ROJAS
Aunque Melchor Manuel de Rojas
no concibe un plan dentro de su obra para abordar el Arte en Cuéllar, nos
rescata referencias a obras
desaparecidas, caso del Convento del Pino, en Mata de Cuéllar, fundado por el
presunto antepasado de Gómez González, Alonso García de León, contador mayor de
Enrique III. O nos da luz sobre algunas obras de arte que se han conservado,
aunque hoy estén en museos de fuera de la villa. Este es el tercer significado
de historia perdida: el conjunto de
obras de arte echadas a perder en Cuéllar o que salieron fuera de la villa,
recalando en Madrid, Barcelona o en el mismo Harlem, en Nueva York.
Es muy interesante la tabla
para un sepulcro de la iglesia de San Esteban que encargó Gómez González en el
primer tercio del siglo XV. El arcediano patrocinó esta sepultura o lucillo
para dos parientes próximos, padre e hijo. Se trata de Juan Velázquez Caballero
y Juan Velázquez, caídos presuntamente en algún conflicto armado de su época,
tal vez en Setenil o Antequera. Es una de las pocas conjeturas que nos
permitimos en el libro: son para nosotros el padre y el hermano del
patrocinador, Gómez González. Todo ello después de desmontar la genealogía que
Rojas construye para el arcediano. Solo un pariente en primer grado dedica una
obra de este tipo para el entierro de sus parientes. Así nos lo relata Rojas,
que supo ver la importancia de esta tabla:
Hizo construir Gómez González en esta iglesia de San Esteban para
depósito de dos parientes queridos suyos, a la mano derecha de la entrada, que
es un arco con una pintura antigua y poco cuidada, que por tanto me costó no
poco leerla después de bien lavada y barrida.
Esta pintura gótica sobre
tabla es una más de las importantes obras de arte cuellaranas que hoy se hallan
fuera de la villa. Dicha pintura ingresó en el Museo Arqueológico Nacional en
1936, y en las guías de este museo aparece descrita como un fondo de lucillo
funerario procedente de la iglesia de San Esteban de Cuéllar. La tabla, con
estructura de arco apuntado, encajaría en el marco arquitectónico del sepulcro,
constituyendo su fondo. Tan importante pintura, por quien la encargó y por lo
que significa (tiene representada una de las primeras Misas de San Gregorio del
panorama artístico nacional) debería ser solicitada al museo que ahora la
expone y ser traída a su iglesia de origen, San Esteban de Cuéllar, para ser
admirada durante los meses que duren las Edades del Hombre. Ignoramos si está
en los planes de los organizadores hacerlo, pero la ocasión es pintiparada,
plagiando la expresión del prologuista de nuestro libro, D. Antonio Linage
Conde. Y ya puestos a sugerir obras para dicha exposición, resulta
significativo, por su singularidad, que uno de los pueblos de la tierra de
Cuéllar, Sanchonuño, cuente con un Cristo Yacente, escultura neo-barroca,
realizado por un artista oriundo del pueblo, hace tan solo veinticinco años y
que, aunque nos toque por razones de parentesco, no queremos dejar de dar a
conocer aquí. Cabe perfectamente en el programa de las Edades: Reconciliare. Pero doctores tiene la
iglesia.
LOS VELÁZQUEZ DE CUÉLLAR
Ha sido un reto, gratificante,
desentrañar la obra de Rojas, con sus luces y sus sombras, con sus
intencionalidades. Hemos pretendido hacer un trabajo para sumar, para aportar
novedades para la historia de Cuéllar, usando las claves que se extraen del
historiador del siglo XVIII. Los indicios para llegar hasta el testamento de
Martín López de Córdoba Hinestrosa, el marido de Isabel de Zuazo, la señora de
las bulas, que se da a conocer íntegro. Rojas en alguna ocasión duda y nos hace
dudar a nosotros. Pone en entredicho las genealogías y señala el camino para
corregirlas. Así, hemos llegado a establecer el árbol genealógico de los
Velázquez, cabezas de la familia, los moradores de la Casa de la Torre o
Palacio de Pedro I el Cruel. Paradójico, cuando el propio Rojas inventa otras
genealogías y hay que desmontárselas a él. Este asunto ya nos ha acarreado
algunos detractores, pero estamos tan seguros de lo bien hecho, que será
cuestión de tiempo que se acepte como válido. La confusión la sembró el
cronista Pellicer, al adulterar el árbol de los Velázquez, para hacer cabeza de
la familia a Gutierre Velázquez, el de Arévalo, mayordomo de la reina viuda
Juana, madre de Isabel la Católica. Ni Gutierre ni su hijo, Juan Velázquez de
Cuéllar, fueron dueños de la casa solariega de Cuéllar. Incluso ninguno pudo
enterrarse en la villa, como había sido su deseo. Melchor Manuel de Rojas
sienta las bases al poner en entredicho a Pellicer, por haber tenido el
testamento del Dr. Ortún Velázquez (1436), cabeza de la casa y personaje
relegado a un segundo plano por la historiografía tradicional de la villa.
Incluso por haberse hecho una sola biografía con la del doctor y un homónimo
contemporáneo suyo. En el recorrido de nuestro estudio, otros documentos han
venido a apuntalar nuestra propuesta. No haremos aquí un nudo gordiano de otro
que nos jactamos de haber deshecho. Los detalles los podrá encontrar el lector
en nuestro libro.
EL TESTAMENTO DE MARTÍN LÓPEZ
DE CÓRDOBA HINESTROSA.
El otro testamento manejado
por Melchor Manuel de Rojas es el de un cuellarano que ha pasado a ser
actualidad: el de D. Martín López de Córdoba Hinestrosa. Su mujer, Isabel de Zuazo, acumuló durante su vida un
buen conjunto de bulas y otras prerrogativas en papel con las que se hizo
enterrar, habiendo custodiado y conservado, desde su sepulcro en la iglesia de
San Esteban, tan interesante legado durante casi quinientos años.
Por
empeño en la investigación, dimos con el testamento de su marido, D. Martín López, año de 1523,
enterrado junto a su mujer en las extraordinarias sepulturas del lado de la
epístola en dicha iglesia de San Esteban de Cuéllar. Este testamento es un
documento extenso, prolijo en detalles e interesante para la historia de la
villa. No tenemos constancia de que lo hayan utilizado historiadores
contemporáneos; no obstante, después de haber sido dado a conocer por nosotros,
algún colega ha envidado con que él
también lo estaba trabajando, que ya lo conocía. Confesamos aquí, avisados de
nuestra experiencia, que con el testamento de D. Martín nos habíamos reservado,
para nuestra custodia, la referencia de este documento para, llegado el caso,
exponer dónde lo encontró cada uno.
Es
un documento complementario para el significado de las bulas de su mujer. Bulas
de Martín López son las de
difuntos, tomadas en 1498, para sus cuatro abuelos y sus padres, todos
perfectamente identificables. No así la que tomó para una tía que, por su
testamento, hemos identificado con Leonor López de Córdoba, hermana de su padre
Gabriel López, enterrada en la iglesia de Santiuste de San Juan Bautista, y
hacia la que su sobrino profesaba especial compromiso (Bula 3.7). Pero Martín
López confiaba más en la aplicación de misas y aniversarios, para la salvación
de su alma, que en la adquisición de bulas. Y su deseo, verbalizado en su
última voluntad, de ser amortajado con el hábito franciscano, con el que
realmente ha aparecido en su sepulcro. Continúa el testamento de Martín López
con las honras fúnebres del día de su entierro y siguientes, cuyo boato es
proporcional a la categoría social del difunto: el de un noble hidalgo
cuellarano con la suficiente hacienda como para no haberse tenido que embarcar
en la aventura de la conquista de América, como sus sobrinos los Rojas.
Las mandas piadosas por su alma se complementan con un treintanario
revelado en San Esteban y las misas de San Amador. Interesante el treintanario
revelado, porque es una manda especial que consistía en treinta misas por
espacio de treinta días seguidos en sufragio del difunto, durante los cuales el
sacerdote permanecía encerrado en la iglesia y se creía supersticiosamente que
Dios había de revelar el estado del alma del difunto. Era la manera de
asegurarse Martín López el camino de su salvación, prefiriendo la manda de
misas a la acumulación de bulas. En el mismo sentido se oficiaba el
treintanario de San Amador, que gozó durante la Baja Edad Media de gran
popularidad y que se mantiene para algunos casos en Cuéllar y este es el
ejemplo. Se componían de una serie de misas, concretamente treinta y una en
Castilla, que tenían por objeto el rescate del Purgatorio de las almas de las
personas por las que se oficiaban. Estas misas, distribuidas en diferentes
tandas, se acompañaban de la quema de un determinado número de candelas en cada
una de ellas.
PALABRAS FINALES
En resumen, del análisis de las Apuntaciones
de Melchor Manuel de Rojas se ha llegado a aportaciones nuevas para la Historia
de Cuéllar. Además de las expuestas, nos ha permitido atribuir la
identificación del cadáver 2 a, aparecido
en uno de los sepulcros de San Esteban, con Ana Jaramillo, nuera de Martín
López de Córdoba Hinestrosa. Pero estos y otros detalles ya no caben aquí.
Muchos de los datos
recopilados a partir de Rojas en nuestro libro “Cuéllar: la historia perdida”,
los teníamos ya publicados, pero dispersos. Convenía, y este era el momento,
juntarlos y complementarlos. Hacer nuestra propia copia de seguridad, como lo
fue en su día el Cartulario del
Hospital de la Magdalena. Para que, llegado el caso, haga a juicio y fuera de él. Pero, sobre todo, el libro ha surgido
para sumar a la Historia de Cuéllar, para divulgar y dar a conocer a la gente
estas aportaciones. Somos independientes de cualquier academia, universidad o
cátedra. Beligerantes contra cualquier intento de monopolio de la Historia de
Cuéllar, a la que, por su grandeza, no se la puede acotar. Escribimos pensando
en los lectores a los que agradecemos el interés, acogida y el apoyo prestado a
esta obra. Así como a los medios por la cobertura facilitada.
Por último, señalar mis
cómplices necesarios. Los patrocinadores del proyecto para que la mía no fuera
otra historia perdida en un cajón. Instituyendo un nuevo modelo de mecenazgo,
ellos son: el Ayuntamiento de mi localidad natal, Sanchonuño, y dos empresas
privadas de la localidad (HUERCASA y El Campo). Muchas gracias.
miércoles, 18 de enero de 2017
CUÉLLAR: LA HISTORIA PERDIDA
En el año 1763, Melchor Manuel
de Rojas, hidalgo y miembro del Regimiento, incluyó sus Apuntaciones históricas sobre Cuéllar en el Cartulario del Hospital
de la Magdalena de la villa segoviana. Esta es la historia perdida que se
recupera en estas páginas.
El historiador J. Ramón Criado
se adentra en su estudio para desentrañar su contenido. Las luces y sombras de
una obra sectaria, porque pretendía justificar la preeminencia de la clase de
los hijosdalgo, sobre el común de la población, en el control de los resortes
económicos y del poder de toda la Villa y Tierra.
Del análisis de la obra de
Rojas se llega a aportaciones novedosas para la historia de Cuéllar. Se accede
al testamento de Martín López de Córdoba Hinestrosa. Interesante documento del
marido de Isabel de Zuazo, piedra angular de las Edades del Hombre, por las
bulas que se hallaron en su tumba y que explica la manera que eligió su marido
para prepararse para la vida eterna.
A través de Rojas se llega a
establecer, también una genealogía fidedigna de la rama principal de la familia
Velázquez, la que vivió en el Palacio de Pedro I el Cruel, desconocida hasta
ahora.
Se hallarán datos inéditos
para la biografía del fundador del Hospital de la Magdalena, Gómez González, a
la par que se desmonta lo que Rojas inventó para la infancia del Arcediano. El
lector encontrará otras aportaciones, que no cabrían aquí.
La Historia que presentamos es
también la de los pueblos de la Tierra porque, como decían los representantes
de las aldeas, en defensa de sus intereses, Villa y Tierra formaban una misma república, en la que se habían de
repartir de forma equitativa tanto los beneficios como las cargas.
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