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martes, 27 de octubre de 2026

Historia en una campana: Los carlistas en Cuéllar en 1838

 

por J. Ramón Criado Miguel  2 de agosto de 2026 (El Adelantado de Segovia)

Durante la primera mitad del siglo XIX, seguía activo en la provincia de Segovia un clan de campaneros conocido como “los Diegos”. Eran itinerantes hacedores de campanas que, desde su Meruelo de residencia en Cantabria, acudían allá donde fueran requeridos sus servicios para hacer las campanas a pie de torre. A principios del citado siglo, Ángel de Diego Ballesteros, natural y vecino de la villa cántabra, fundió muchas campanas en Castilla en compañía de su hermano Manuel; murió el primero en Sepúlveda en 1822, “donde se hallaba de transeúnte”, presuntamente fundiendo alguna campana. Siguió activo después Paulino de Diego, documentado en 1840 fundiendo la campana grande y el esquilón de la espadaña de Sanchonuño. La autoría de estas obras queda patente en las epigrafías de las mismas donde siempre hacen constar “los Diegos me fundieron”.

Algún año después, estos campaneros fueron requeridos por el señor párroco y el mayordomo de la iglesia de San Miguel de Cuéllar para refundir el campanón de su torre, que estaba muy malparado. En la leyenda que figura en la nueva campana se dejó escrito: “EN EL AÑO TREINTA Y OCHO FUI DESTRUIDA Y EN EL DE CUARENTA Y SIETE POR LOS DIEGOS FUI FUNDIDA”. La primera de las fechas ha relacionado la causa del mal estado de esa campana con los hechos acaecidos en la villa segoviana durante la primera guerra carlista. En concreto, con la incursión en Cuéllar del jefe absolutista Juan Manuel Balmaseda y su partida carlista en julio de 1838.

BALMASEDA EN CUÉLLAR

El sangriento episodio que vamos a detallar se inscribe en la cruenta guerra civil que sacudió a España tras la muerte de Fernando VII. El brigadier Balmaseda, originario de Fuentecén en la ribera del Duero burgalesa, destacaría como un audaz jefe militar en el bando carlista. Partidario del absolutismo, el burgalés defendió los derechos de Carlos María Isidro a suceder en el trono a su hermano Fernando y con este fin creó su propia unidad de caballería, apoyada por una compañía de tiradores.

Litografía de Juan Manuel Balmaseda, por Kneisel, en1942.
Litografía de Juan Manuel Balmaseda, por Kneisel, en1942.

Desde su zona de seguridad burgalesa, el cuerpo de ejército de Balmaseda, conocido como los Húsares de Ontoria, intervino en las provincias de Burgos, Soria y Segovia con alguna frecuencia, realizando rápidas maniobras y correrías. Estas acciones están recogidas por el historiador liberal del diecinueve Pirala Criado en su gran obra sobre este conflicto dinástico, fuente imprescindible para conocer estos sucesos.

Antonio Pirala nos relata cómo en el verano de 1838 Balmaseda andaba con su partida por tierras de Segovia. Con su escuadrón de caballería y su compañía de cazadores pasó a Ayllón, de allí a Riaza y se presentó luego en la carretera de Madrid, donde aprehendió un convoy de cinco mil pares de zapatos y una galera con lienzo, que repartió entre sus voluntarios. El 22 de julio, día de la Magdalena, la partida carlista se presentó en Cuéllar. Había en la villa una guarnición de veintidós soldados isabelinos que, ante la llegada de los facciosos, se hicieron fuertes encerrándose en la torre de la parroquia de San Miguel. Balmaseda les intimó a rendirse. Ante la negativa de los sitiados, mandó desocupar la iglesia e incendiar la torre por su base apilando el mobiliario. Pronto una columna de fuego dejaba ver sus llamas a través de los huecos de campanas. Los carlistas impedían a los sitiados salir a respirar, y el fuego y el humo les ahogaba; querían rendirse, pero el oficial al mando no lo permitía. Prometiéndoles cuartel si desistían, los soldados cogieron a su jefe y lo arrojaron desde la torre. Balmaseda mandó que se apagase el fuego y que se pusiesen escalas. Los rendidos, asesinos de su mando, se alistaron en las filas carlistas.

EL SUCESO EN LA PRENSA

El Guirigay, efímero periódico progresista de la época, daba cuenta poco después de la suerte que habían corrido los soldados desertores en Cuéllar. Tilda de criminal conducta a esta tropa, que pertenecía al Regimiento Provincial de Córdoba, por haber arrojado desde la torre al subteniente que los mandaba. Este no era otro que don Ramón Narváez, sobrino y homónimo del famoso general isabelino. Uniéndose después a los enemigos de la patria, habían continuado con ellos la carrera de crímenes que habían empezado en Cuéllar. Sigue el periódico diciendo que estos hombres acabarían prisioneros de las tropas liberales. Para pagar su crimen, fueron sometidos a consejo de guerra y condenados a ser pasados por las armas un sargento y cuatro soldados y a diez años de prisión los restantes, excepto uno que sería absuelto. El general Espartero mandó publicar esta sentencia para conocimiento de las tropas de su mando y como un aviso a navegantes. Un escarmiento que nos recuerda al que había realizado el mismo Espartero con los soldados del Regimiento Provincial de Segovia, en agosto de 1837, por haber asesinado al general liberal Rafael de Ceballos-Escalera.

Interesante es el artículo firmado por Mariano Matesanz medio siglo después de los hechos. Se publicó en el periódico segoviano El Carpetano, en julio de 1892. El autor parece que esté recogiendo los testimonios orales y los recuerdos que aún se tenían en Cuéllar por esos años sobre lo acaecido en la torre de San Miguel. Por lo dicho, puede incluir algún dato apócrifo, pero en su conjunto ofrece garantías de veracidad. Comienza con un lacónico “día triste para Cuéllar” y continúa enumerando algunas de las atrocidades del sanguinario y feroz jefe carlista, en las que casi siempre era protagonista el fuego. Con ello justifica que aquel 22 de julio los pacíficos cuellaranos entraran en pánico al saber de la inminente llegada de la partida de Balmaseda. También que la milicia nacional de la villa no pusiera resistencia por hallarse todos trabajando en las labores del campo.

Inscripción en la campana de la iglesia de San Miguel de Cuéllar.
Inscripción en la campana de la iglesia de San Miguel de Cuéllar.
Autógrafo de los Diegos en el bronce del esquilón de Sanchonuño.
Autógrafo de los Diegos en el bronce del esquilón de Sanchonuño.

Cita al subteniente Narváez al mando de la guarnición del ejército liberal, y cómo este oficial consideró que era en extremo temeraria la resistencia. Por ello, junto a otros de conocidas ideas liberales, los soldados se hicieron fuertes en la sólida torre de San Miguel, con su escalera acaracolada. Estaban convencidos de poder resistir, considerándose allí seguros porque los carlistas no prolongarían el sitio. No valoraron que Balmaseda recurriría de nuevo al fuego para rendirlos. Matesanz relata cómo los carlistas se valieron de algunos del pueblo que, amenazados de muerte, anunciaban a los de la torre que no les dispararan, que iban a unirse con ellos, cuando lo que realmente hacían era colocar leña y rociar las paredes con aguarrás. Al poco, la torre era una tea. En el fragor del incendio, la fusilería carlista abatió a un cabo que había realizado algún disparo desde el campanario como muestra de que estaban dispuestos a resistir. Caído este, ya le fue imposible al subteniente imponerse a sus soldados y sería lanzado por el hueco de campanas.

Entre los liberales que se encerraron en la torre con los soldados figuraba el fiscal del juzgado de Cuéllar Juan Manuel Pérez, funcionario isabelino en la villa, que creyó estar así más seguro. Sería una víctima más en esta acción, ya que moriría abrasado por las llamas. Le había acompañado su hijo Maximino, de veinte años, que habría corrido la misma suerte de no haberse arrojado por la escalera, rodando entre llamas hasta caer en el púlpito de la iglesia, de donde lo recogió y salvó don Juan Sanz Maldonado, cura de San Miguel, cuyo nombre figura en la epigrafía de la campana restaurada. Algún año después, la viuda del fiscal solicitaba al Gobierno una pensión y ayuda en la colocación de sus hijos.

Otro herido de gravedad fue el capitán Santos Pilar, natural de Cuéllar, donde accidentalmente se encontraba. Por su condición de militar constitucional, había optado por refugiarse en San Miguel y allí se había escondido en una de las bóvedas de la iglesia, pero sufrió horribles quemaduras que le hicieron padecer algunos meses.

Mariano Matesanz de la Torre.
Mariano Matesanz de la Torre.

En tanto que todo esto ocurría con los que estaban en la torre, algunos hombres de Balmaseda se entregaron al saqueo de las casas de los liberales de la villa. Se cebaron especialmente con la de don Ignacio García, hermano del bravo sargento Higinio García, uno de los jefes de la Sargentada de La Granja.

Al anochecer del mismo día en que había entrado en Cuéllar, la abandonaba Balmaseda con sus filas engrosadas por los desertores del Provincial de Córdoba. Salieron los carlistas hacia Cogeces del Monte y al día siguiente pasaron a Quintanilla de Abajo para cruzar el Duero. En dos días se habían refugiado en la Sierra de Burgos, sabiéndose perseguidos desde Roa por una partida de los liberales.

Hasta aquí el relato de don Mariano Matesanz, a la sazón abogado de veinticinco años cuando lo escribió, dejándonos testimonio de su temprana afición por la historia. Con el tiempo Matesanz alcanzaría altas responsabilidades en la política y economía del país. Llegará a ser diputado en Cortes por el distrito de Cuéllar y luego senador.

Torre de la iglesia de San Miguel desde la calle San Julián en Cuéllar.
Torre de la iglesia de San Miguel desde la calle San Julián en Cuéllar.

EL SANGUINARIO BALMASEDA

La memoria de la presencia de Balmaseda en Cuéllar, aquel día horrible, se mantuvo durante largo tiempo entre los cuellaranos. La forma de actuar del jefe carlista se caracterizaba por su ferocidad, de la que dejaría una muestra en la villa segoviana. Era díscolo con sus jefes y fusilaba a los liberales por cualquier razón, por lo que iba sembrando el terror. Sin embargo, sus correrías solo sirvieron para devastar los pueblos de su zona de acción, sin que resultaran de mucha ayuda a la causa carlista, a la que desprestigió con su manera de obrar.

Fueron tantos sus excesos que sería arrestado a solicitud del general carlista Maroto, que le consideraba un bandolero y creía que la guerra no debía hacerse robando y asesinando impunemente. A Balmaseda lo liberó el pretendiente al trono porque, a pesar de sus defectos, necesitaba hombres de su valor.

Por su intransigencia y fuertes convicciones absolutistas, Balmaseda no se acogió al convenio de Vergara, que ponía fin al conflicto, y prosiguió la guerra por su cuenta. Sus últimos atropellos los llevaría a cabo en los pueblos de su comarca en junio de 1840, con el asalto e incendios de Nava de Roa y la propia Roa. Esas fueron sus últimas tropelías antes de cruzar la frontera francesa con su partida camino del exilio. Algún año después acabaría en Rusia al servicio de su ejército. Falleció en San Petersburgo en 1846.






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