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lunes, 18 de diciembre de 2023

LAS TABLAS FLAMENCAS DEL RETABLO DE CARBONERO EL MAYOR Y LA FAMILIA DEL SELLO.

En el patrimonio artístico de Carbonero el Mayor destaca su iglesia parroquial de San Juan Bautista y dentro del edifico, su joya, el impresionante retablo renacentista realizado a mediados del siglo XVI. Componen esta obra un total de veintiuna escenas pintadas en óleo sobre tabla catalogadas dentro de la pintura flamenca con influencia italiana. Su valor artístico es de primer orden y por ello fue declarada Bien de Interés Cultural con categoría de monumento. Enmarca la obra de pincel del retablo su soporte, o mazonería, con su propia iconografía en los relieves que la cubren y que suman a la calidad del conjunto. Se sigue sosteniendo en informaciones oficiosas que los autores fueron Baltasar Grande y Diego de Rosales, artistas del ámbito artístico abulense, ya que aparecen en la documentación parroquial percibiendo pagos por su participación en la obra. Sin embargo, la autoría de los citados pintores, en cuanto a la realización de las tablas, fue puesta en entredicho por Fernando Collar de Cáceres, especialista en el arte del Renacimiento castellano y sobre todo del de la provincia de Segovia. Desaparecido este historiador del Arte hace pocos años, pretendemos reivindicar los argumentos que expuso en el minucioso informe artístico que realizó sobre el retablo de Carbonero, cuando se abordó su restauración hace poco más de veinte años, donde propuso otra autoría para sus pinturas.

 

Vista de conjunto del retablo de Carbonero el Mayor.

Carbonero hace 500 años.

Las Averiguaciones de la Corona de Castilla (1525-1540) registra que Carbonero el Mayor era un lugar del sexmo de Cabezas, dentro de la Tierra y Ciudad de Segovia. Carbonero, que siempre tuvo esa categoría de lugar y nunca quiso aspirar a ser villa, era el núcleo más poblado de los veintidós que componían la demarcación. Contaba en el tiempo de las Averiguaciones con 224 vecinos pecheros que, junto a los hidalgos que no se computan en la información, nos permite estimar una población total ligeramente por encima de los mil habitantes. Le seguían en importancia Mozoncillo con 172 pecheros, Aldea Real con 157, Escalona con 142 y Cantimpalos con 78. El resto de lugares no alcanzaba los 50.

La economía de Carbonero, como en todo el sexmo, era básicamente agrícola en torno al cultivo de cereales, viñedo y algo de rubia, planta tintorera, aunque en tierras en su mayoría en régimen de arrendamiento, que suponían más del sesenta por ciento de las mismas. Este alto porcentaje de tierras arrendadas indica la propiedad de grandes terratenientes, la mayoría, como la familia del Sello para el caso de Carbonero, inversores de la capital. Se adquirieron propiedades agrarias convencidos los compradores de la seguridad y de la riqueza que esto les reportaría. El extraordinario crecimiento demográfico experimentado en el siglo XVI aumentó la demanda y elevó los precios de los productos agrícolas y, por lo tanto, la rentabilidad de las tierras de labor para los rentistas, como era el caso de la familia del Sello en Carbonero. El propietario burgués de la capital era novedoso para los campesinos y se suscitó en estos cierto resentimiento, sobre todo porque sabían su origen converso. Tampoco se puede afirmar que fueran inversores estrictamente absentistas, puesto que al tener sus propiedades en el entorno próximo a su ciudad de residencia, participaban en el control de sus haciendas y arrendamientos a través de la figura del mayordomo o administrador. Las rentas se cobraban en especie y los del Sello tenían en Carbonero, además de un palacio, sus paneras donde almacenaban los cereales. Acaparaban así importantes cantidades de grano que les permitía especular con sus excedentes en los años de escasez, aunque siempre se dijera que se vendía a la tasa. En el año 1542, Antonio del Sello denunció, véase la paradoja, a la mismísima Inquisición de Valladolid porque uno de sus inquisidores, el doctor Ruesga, le había dejado a deber poco más de catorce mil maravedíes por setenta fanegas de trigo y algunas de cebada, que le había puesto en su casa de la capital del Pisuerga desde Carbonero el Mayor.

Fue en este contexto de bonanza económica general del quinientos cuando el lugar de Carbonero abordó el encargo y realización de su retablo mayor, con su banco, cuatro cuerpos, cinco calles y veintiuna tablas. El contrato se firmó en 1548 con los citados Diego de Rosales y Baltasar Grande, pero el incuestionable carácter flamenco de las pinturas que vemos en la obra, que va más allá de una mera cuestión de influencias estilísticas, ha hecho pensar que los autores materiales de las pinturas fueran otros.


Un retablo hecho en Flandes a la manera de Flandes.

A la afirmación que encabeza este apartado llegó Collar de Cáceres después de su análisis estilístico de las tablas de Carbonero. Para demostrar su propuesta, parte de la comparación de las pinturas segovianas con las de Flores de Ávila, localidad abulense en el corazón de La Moraña; allí está confirmado que Diego de Rosales fue el autor de la pintura figurativa de las tablas del retablo mayor de su parroquia y, a la vez, muestra segura de su competencia creativa. El estilo de Rosales en esta obra debe mucho a la corriente castellana de filiación berruguetesca y carece de cualquier componente flamenco. Hasta un profano en la materia percibiría que nada tienen que ver las unas con las otras. Es un argumento irrefutable para poder descartar, de manera plena, la participación de Rosales en la pintura figurativa de las tablas de Carbonero. Rosales se habría reservado el papel de empresario e intermediario representando en Carbonero los “intereses de un artista ausente”, y realizando él labores de policromía. Baltasar Grande, sólo citado en cuentas de los primeros años de la obra, habría que relacionarlo con la intervención en la ejecución de la mazonería, paso previo al encargo de las tablas.

Martirio de Santa Águeda. Carbonero
Retablo de Flores de Avila. Diego de Rosales












Aún así, la información de la socorrida wikipedia, estática y poco permeable a aportaciones nuevas, sigue atribuyendo la autoría de las tablas segovianas a Rosales y Grande, sin ni siquiera barajar otra posibilidad.

¿Cómo explicar la conexión entre Carbonero y Flandes? Muchas pinturas flamencas llegaron a Segovia desde el cuatrocientos y continuarían haciéndolo en el quinientos. En su mayor parte adquiridas por mercaderes locales en las ferias castellanas o en el mismo Flandes. Las importantes relaciones comerciales entre Castilla y Flandes, desarrolladas a lo largo del siglo XV, con la apertura de consulados y la presencia de mercaderes en Brujas o Amberes, tuvieron mucho que ver con la considerable llegada de las apreciadas pinturas flamencas a España. De este comercio artístico hay buenos ejemplos en Segovia como el tríptico de El descendimiento, obra de Ambrosio Benson. Nos quedaría identificar, para el caso de Carbonero, el personaje que hizo de enlace entre el proyecto del retablo y el pintor flamenco del que se ignora su nombre, ya que Benson había muerto en 1550. Buscamos un personaje local con vínculos con las tierras flamencas. De que los miembros de la familia del Sello viajaban por negocios a Flandes da fe una anotación en el Libro de Acuerdos del Ayuntamiento de Segovia en 1542, noticia que dio a conocer Ruiz Hernando: “Mandaron librar a Antonio del Sello cien ducados para comprar y traer de Flandes tres docenas de çiringas y ciertas herradas de cuero para matar fuegos”. Debía tratarse de lo último en la tecnología de entonces para sofocar incendios. Esto, junto a otras noticias referentes a la exportación de lana a esta zona europea en las que aparecen los del Sello, nos lleva a pensar, para los años de la realización del retablo, en Manuel y Antonio del Sello, hijos del Antonio antes citado, importantes mercaderes que heredaron la actividad exportadora familiar y con propiedades en Carbonero el Mayor, como hemos dicho.

Palacio del Sello. Carbonero el Mayor.

Orígenes de la familia del Sello.

El trabajo del profesor Mosácula sobre los judíos conversos y la oligarquía de Segovia, que muchas veces son la misma cosa, ha puesto mucha luz sobre esta especie. Lo aprovecho aquí para tratar de identificar qué Antonio del Sello era el que vivía en el momento de la realización del retablo, ya que Antonio fue el patronímico por excelencia de esta familia. Pasaba con el mayorazgo este nombre de padres a hijos, siempre nombrando Antonio al primogénito, repitiéndose al menos hasta seis generaciones continuadas durante doscientos años, lo que lleva a esta genealogía a ser algo dificultosa.

La familia del Sello descendía del judío Abraham Correnviernes, mote que es contracción de corre en viernes, referido a la prisa con que el judío buscaba resolver sus asuntos pendientes el viernes, día anterior en que está obligado a observar el sabat. Algunos de sus miembros, ya convertidos, murieron en la hoguera ajusticiados por judaizantes. Nos referimos a Ruy González Correnviernes y a su hermano Juan Çipote, ascendientes de Francisco del Sello Çipote, que compró la casa que la Inquisición había embargado a Juan Çipote, en la plaza mayor. Francisco del Sello fue padre del primer Antonio del Sello; aparece en una nómina de rehabilitados que pagaron diferentes sumas para blanquear el nombre de sus familias.

La casa citada en la plaza Mayor sería la principal residencia de los del Sello, siendo por tanto parroquianos de San Miguel en la capital. Esa casa lindaba con el Ayuntamiento. Por esta razón los del Sello no figuran en los libros sacramentales de Carbonero, lo que no es óbice para que llegado el caso, ya que su relación con el pueblo es temprana, colaboraran en los gastos y proyectos en el lugar donde eran los mayores terratenientes. Sirva como prueba que Antonio del Sello Espinar en su testamento de 1587 estableció una manda piadosa para que se repartieran 10.200 maravedíes entre los pobres de Carbonero. Queremos decir que los del Sello no estarían ajenos a la realización del retablo para la iglesia, participando en su realización, incluso en su intermediadión, ya que el indudable carácter flamenco de las pinturas hace pensar que el principal retratado en ellas sea algún personaje local con vínculos don Flandes. Y es en este punto donde surgen los nombres de Antonio y Manuel del Sello, coetáneos a su realización.

Un verso suelto en el retablo.

El programa iconográfico del retablo es transversal por los temas que abarca y bien concebido a la demanda de los comitentes carbonerenses. Los cuatro evangelistas en el banco; las tablas dedicadas al Bautista, patrón de la parroquia; las referidas a la Pasión de Cristo; sólo una dedicada a la Virgen; el resto de pinturas referidas a santos y mártires con más devoción en Carbonero. Sin embargo, hay un verso suelto en el plan: la tabla denominada como Predicación de un santo obispo. En ella Collar de Cáceres buscó algunas claves para entender este retablo. Se representa en este cuadro a un santo predicador, cuya identidad es dudosa, dirigiéndose a un auditorio de infieles, moriscos y judíos, a los que trata de convertir. San Vicente Ferrer predicó en Segovia, con esta intención, en los primeros años del cuatrocientos, pero no es reconocible en la imagen. Cierto es que no dispondrían los pintores de grabados en los que inspirarse, ya que es un tema iconográfico raro y a demanda del comitente, solucionando la dificultad lo mejor que pudieron. Los dos personajes que aparecen retratados a la derecha de la composición; asisten al acto desde el lado de la epístola, el lado de los iniciados. Los del Sello, y todos, saben de su origen pero lo blanquean demostrando que son buenos cristianos y de paso perpetúan su memoria pagando la inclusión de sus retratos en el retablo del pueblo en el que tanto tienen. El auditorio del predicador compone una variada galería de tipos humanos que contrasta radicalmente con los personajes pintados a la derecha por percibirse que éstos son dos auténticos retratos. Las razones para la inclusión de los mismos en la obra tratamos de razonar aquí y conviene recalcar que se hubo de posar para el artista en el mismo Flandes, acaso en Brujas, donde llegarían seguramente por razones comerciales.

Predicación del santo obispo. Carbonero el Mayor

Estaríamos ante el retrato de Antonio del Sello Espinar, que es la identificación que proponemos, realizado durante la última fase de ejecución de las tablas hacia el año 1555. Contaría entonces en torno a los treinta años de edad, que se corresponde con su ciclo vital otorgando un testamento que hizo con tiempo, para no dejar nada al azar, en el año 1587 ante el escribano Juan de Junguito, documento también dado a conocer por Mosácula. Declara que era hijo de Antonio del Sello y de María del Espinar, de los que había heredado un importante patrimonio. Sólo por el mayorazgo de su padre tenía 270 fanegas de trigo y 78 de cebada de renta cada año situadas en tierras de su majestad en el partido de Segovia, principalmente en Carbonero.

Retratos del retablo de Carbonero.
También había heredado de su hermano Manuel del Sello casi dos millones de maravedís, de los cuales había donado mil ducados para el Colegio de los Niños de la Doctrina, fundación de Manuel en Segovia. De esto se deduce que el hermano de Antonio fuera célibe o que, al menos, no tuviera descendencia y que hubieran sido socios en algunas de las actividades que realizaron. Manuel es el otro posible personaje retratado en el retablo, detrás de su hermano, el parecido es razonable y más probable que fuera un autorretrato del pintor de las tablas, como propuso Collar.



Como signo de prestigio, los del Sello se hicieron también con un emblema heráldico que luce en las paredes de su palacio de Carbonero. Coincide este escudo con el de los Torres de Nava de la Asunción o de Cuéllar, aunque ignoramos si había conexiones familiares entre éstos y los del Sello. El escudo lo conforman cinco torres en aspa sobre fondo azul que está timbrado con corona real. El uso de esta corona lo justificaba el obispo cuellarano Juan de Torres Osorio en su testamento en relación a un documento, de dudosa autenticidad, que se remontaba al año 1091, en el que el rey Alfonso VII de León les otorgaba esta merced a los Torres por los servicios prestados y por una presunta relación de parentesco con el monarca. A pesar de lo dicho, los Torres lo hicieron pasar por bueno y usaron de este privilegio como mérito en su hoja de servicios y lo expresaron también en la piedra. En Carbonero no destaca tanto en el escudo del palacio dicha corona real, como en el otro que tiene en su fuente el obispo fray Sebastián de Arévalo, que era de los Torres, en su Nava de Coca natal, pero tampoco pasa aquí desapercibida a poco que nos fijemos.


José Ramón Criado Miguel




viernes, 1 de septiembre de 2023

SANCHONUÑO EN EL CRIMEN DE LA CORREDERA.

 

SANCHONUÑO EN EL CRIMEN DE LA CORREDERA


El reconocimiento.

Se representará en Sanchonuño durante la Semana Cultural la obra de teatro Cierva acosada, que escribiera la poetisa y autora cuellarana Alfonsa de la Torre y que recuperara para la imprenta Carmen Gómez Sacristán. Esta obra se basa en el conocido como crimen de la Corredera, el asesinato nunca resuelto de nuestra paisana Sofía Miguel Puentes, acaecido el 6 de septiembre de 1935. Digo nuestra paisana porque sistemáticamente se omite que la familia de la desafortunada Sofía era de Sanchonuño, como si la villa quisiera adueñarse hasta de la crónica negra. Sanchonuño puso la víctima, cosa tan segura como que Sanchonuño no puso al asesino. Lo afirmo en base al documento que que extraje de las diligencias del juicio, a las que tanto me costó acceder por la oposición de una funcionaria de la Audiencia.

Efectivamente, la noche del 7 de septiembre, día en el que fue hallado el cadáver de Sofía en la conocida como Senda del Pozo, a espaldas de la casa de la Charca, se presentó en Sanchonuño una pareja de la guardia civil con la orden del juez instructor para que se realizara un examen corporal a todos los varones del pueblo, entre los 18 y los 65 años. Para ello se procedió a un pregón, convocando a los hombres al ayuntamiento donde serían examinados por el médico titular, el doctor Fernández Arrieta (descendiente del médico que curó al pintor Francisco de Goya). Levantaría acta de la diligencia a realizar el secretario Cervero, que lo era de Sanchonuño. Desde las 11 de la noche hasta las 3 de la madrugada fueron pasando por este reconocimiento todos y cada uno de los llamados. El primero Albino Callejo, Majete, que quiso voluntariamente con ello despejar cualquier duda sobre su culpabilidad, amén de que el día de autos todos le habían visto aventando en las eras.

Iban entrando de uno en uno, con el torso descubierto, para que el médico comprobara que no tuviera heridas ni arañazos recientes que pudieran significar una posible implicación. Solo tres presentaron algunos rasguños y pasaron a un examen corporal completo, demostrándose que eran resultado de las labores cotidianas en el campo.

La colaboración fue tan espontánea y natural que no se le dio la importancia que tenía. Ni siquiera se ha conservado en la tradición oral. Eso es lo que he comprobado cuando he preguntado a los más mayores, nada se recordaba de la llegada de los guardias y del examen a los hombres. Pero la prueba de ese examen está ahí, firmada por el médico y el secretario del pueblo, cumpliendo las órdenes que les llegaron. También he comprobado que la reacción es diferente según el que oiga este relato sea de Sanchonuño o de Cuéllar, por ejemplo. Porque la pregunta que salta automáticamente es: ¿dónde más se llevó a cabo esta diligencia? La respuesta es que sólo aquí. Por razones de proximidad al lugar donde fue hallado el cuerpo de Sofía (a menos de 3 kilómetros de Cuéllar y a más de 7 de Sanchonuño) también debería haberse llevado a cabo en la villa, pero en Cuéllar no se hizo. A la autoridad le tembló la mano y no firmó la orden para realizarla allí, ni con la rapidez con que se hizo aquí, por su mayor dificultad logística o por la alarma social que ello acarrearía. O no, puede que los cuellaranos hubieran acudido tan voluntarios como los de Sanchonuño a ese reconocimiento. Pero esto nunca lo sabremos, como tampoco podremos afirmar con rotundidad, por la misma razón, que el asesino no fuera de la villa.

El resultado de todo un cúmulo de despropósitos durante la investigación fue que el crimen quedara sin resolver y tan lamentable como la muerte de Sofía sería no haber dado con el que fuera su agresor.

El asesino en la niebla.

Cuando Petronila caminaba aquel sábado por el pinar hacia Dehesa Mayor para saber por qué su hermana no había regresado al molino, Majete sí estaba trabajando en su mata. La saludó y le dijo que había subido el miércoles a ver a Sofía, quería con ello hacerle ver que el noviazgo iba en serio. Pero Petronila no atendió y siguió su camino porque tenía prisa, tenía un mal presentimiento. Llegó a su destino y supo que su hermana había salido el día anterior a las diez y media de la mañana, aquello ya fue un mal pálpito. Regresó sobre sus pasos acompañada por un vecino de la Dehesa, recorriendo otros posibles senderos que hubiera podido tomar. Y la hallaron, allí estaba tendida en el pinar, muerta.

Cuando Majete se enteró del desgraciado destino de Sofía estaba en la casilla del caminero del Puente Segoviano. Había ido a cambiar la azuela, pues era allí donde se las guardaban. Se derrumbó y expresó un lacónico “qué le vamos a hacer...”, que resume la impotencia y la resignación del hombre castellano ante un hecho irreversible.

En Cuéllar se corrió la voz de que habían encontrado muerta a la molinera, bajaron muchos al lugar de los hechos y nadie los supo mantener al margen para que no alteraran el lugar del crimen. Lo alteraron todo, las huellas dactilares en la botella que traía Sofía, las que pudiera haber en la arena, cambiaron los objetos de lugar. Son muestra de las deficiencias de las primeras diligencias realizadas por un juez que era interino y novato. Luego la mala suerte de que la noche de ese día lloviera borrando algunas huellas que se podrían haber considerado. Cuando llegaron a Cuéllar dos inspectores de la Brigada de Investigación ya habían enterrado a Sofía.


El presunto culpable.

Descartada la participación de Albino Callejo y la del otro resinero de Sanchonuño, Virgilio Nevado, que trabajaban en los pinares de la zona del crimen, la investigación se centró en otros, acabando encarcelado Felipe de Benito, resinero residente en Cuéllar y natural de Samboal. Sin embargo, ¿cómo se podía acusar a alguien que no presentó, al ser detenido, ni un leve arañazo, ni mancha de sangre, ni un roto en la camisa? El crimen había provocado tal alarma social que se necesitaba que al menos hubiera un acusado. Felipe, apodado el Chucho, resinaba el día del crimen muy cerca de donde éste se produjo. Tuvo que oír los gritos y es posible que hasta se acercara y viera al asesino (estando en la cárcel confesó a un compañero de celda que él no había sido pero que sabía quién lo había hecho). El Chucho se dejó tres pinos sin resinar y huyó del lugar muy pendiente de su reloj de pulsera para justificar que él ya no estaba en el pinar en el momento del crimen. Hizo una serie de movimientos para dejarse ver en determinados momentos por personas distintas, desde las 11:25. Había quedado para fumarse un cigarro con otro resinero a las 12 pero Felipe pasó por allí poco antes y desde lejos rehusó entretenerse con su colega para fumar con él. Luego pasó por la casa de la Charca y se dejó ver por Milagros, la criada, llenando la botija, hablando incluso con ella. Desde allí se fue a la fuente del Puente Segoviano, a cinco minutos en su bicicleta, allí también fue visto. A las 12:05 estaba en las Cirvianas para comer con su padre, también resinero. Parece claro que preparaba una coartada bien cronometrada para no tener nada que ver con la muerte de Sofía, ni siquiera como testigo. La pregunta que se nos plantea es ¿a quién vio, qué categoría social tenía para que Felipe no se atreviera a denunciarlo?

Sobre el crimen y violación de Sofía Miguel, y como resultado de que la investigación no llegaba a nada concluyente, se hicieron muchas elucubraciones. Una de ellas era la de la presunta participación de un personaje importante de la alta sociedad, pero por lo que fuera no interesó que esto saliera a la luz y no salió.

El señor abogado jugaba a dos bandas. Por un lado confundió al padre de la víctima, Juan Miguel, para convencerlo de que el asesino no podía haber sido otro que Felipe de Benito, y en este empeño siguió el tío Juan actuando incluso como acusación particular. Por otro, el influyente personaje mantenía una relación cordial con la familia del Chucho, teniéndoles al corriente de que su liberación sería próxima por falta de pruebas para implicarlo en el crimen. ¿Por qué se interesaba D. … por la situación del preso? Después viene la pregunta clave de Eulogia, la madre del Chucho, a un periodista: ¿por qué el hijo estudiante de este señor se fue de Cuéllar a raíz de cometerse el crimen? Este hijo no había vuelto ni para pasar las Navidades con su familia. ¿Por qué?


El 10 de marzo de 1937 se dictaba sentencia absolutoria para Felipe de Benito por los delitos de asesinato y violación, de los que había sido acusado provisionalmente. El fiscal no había hallado los indicios suficientes para inculparlo. La familia de Sofía también desistía en mantener la acusación particular. El juez ordenaba la puesta en libertad del procesado.


J. Ramón Criado Miguel

Agosto 2022


Cruz Criado: Retrato de Sofía Miguel Puentes.



Pie de foto:


Estado del molino de la Corredera en 1935. (Revista Crónica)

jueves, 3 de agosto de 2023

EL LENGUAJE DE LAS CAMPANAS.

 

Cada primer domingo de agosto, las campanas de Sanchonuño vuelven a sonar en la procesión de sus fiestas patronales dedicadas a la Virgen del Rosario. Ya es muy propio de los pueblos de la provincia la edición de un programa de mano con las actividades culturales y festivas a desarrollar. Constituye este libreto todo un escaparate de las empresas locales y próximas, que son las que colaboran económicamente con el programa de fiestas. Además de este caleidoscopio de anuncios, con el tiempo se han ido incluyendo no sólo los retratos de los reyes y reinas de la función, sino también fotografías antiguas, sacadas del baúl, que hacen más agradable y vistoso a este formato. En Sanchonuño la portada del libro de fiestas suele presentar alguna imagen referida a un tema de actualidad en la localidad. Este año está dedicada al mural realizado en el pueblo por Daniel Aguado, que representa, en trampantojo, la fachada de la casa de la tía Maura, recientemente derribada para solucionar el estrechamiento de la carretera de Cuéllar en su confluencia con la plaza Mayor.Otros hemos visto en este soporte de papel una manera práctica, y abierta a todos, para publicar textos relacionados con la historia, costumbres y tradiciones del pueblo. La propuesta de este año es la que ahora divulgamos a través del presente medio.

El oficio de campanero fue en la antigüedad itinerante y estos artesanos acudían a fundir las campanas a los lugares que se las demandaban. Los campaneros procedían en su mayoría de Cantabria y aparecen documentados fabricando campanas desde hace más de quinientos años en la provincia de Segovia y por toda Castilla. El proceso era laborioso y requería de gran conocimiento y maestría, lo cual habían heredado de generación en generación. Casi al pie de los campanarios, hacían el horno y con metal nuevo o refundiendo la vieja y rota campana, fabricaban la nueva. Si no era suficiente, los vecinos colaboraban donando viejos almireces, candelabros y todo lo que sirviera para este fin.

En la nueva campana el fundidor solía dejar grabado su nombre, así como la fecha de fabricación, el nombre del patrocinador o benefactor de la obra. En algunos casos también el nombre que se le daba a la campana. Esta epigrafía grabada en el cuerpo de las campanas constituyen su carnet de identidad y nos permite saber su antigüedad y sus autores. Todas llevan impresa una cruz en su parte frontal. Si bien, es raro encontrar en nuestros pueblos campanas de más de doscientos años porque, con el paso del tiempo y el uso continuado, las campanas se agrietaban y el sonido dejaba de ser limpio; o porque fueran requisadas de los campanarios para fundir cañones en tiempos de guerra.


TOQUES DE CAMPANA: LOS SACRISTANES.

La mayoría de toques de campana que conocieron nuestros abuelos, y que ellos reconocían perfectamente, han desaparecido con el paso de los años. Fueron los sacristanes los encargados de realizar los distintos toques que conocían al dedillo. En Sanchonuño los últimos que desempeñaron el oficio de sacristán fueron Laureano Anaya Castillo (Fuentepiñel 1852), que vino desde su pueblo para ejercer este oficio en el año 1902, y después su hijo Mariano Anaya. Entre los dos completan casi un siglo ininterrumpido como sacristanes de Sanchonuño, labor que se reconoció en el callejero del pueblo dedicándole una calle al último de ellos. Tenía Mariano Anaya doce años cuando llegó con su padre al pueblo y ya le ayudaba en la iglesia y no dejaría el oficio de sacristán hasta dos años antes de morir. Compaginaba este servicio con su taller de carpintero. Además de las responsabilidades dentro del edificio de la iglesia, como sacristán se encargaba de los toques de campana, aunque durante un tiempo tuvo un ayudante, el tío Patarrilla, que le ayudaba a tocar por los Santos y en las procesiones. Tampoco le gustaba dejar subir solos a los mozos a tocar las campanas, porque estando sin vigilancia hacían el burro y corrían riesgo las personas y las propias campanas. Esta referencia a “tocar por los Santos” la conocimos cuando hablamos con la tía María, viuda del sacristán, para la revista Espadaña. Esa noche del 1 de noviembre era la única en que excepcionalmente se tocaban las campanas; el resto del año el silencio de la noche era sagrado.

Las campanas en tiempos pasados sirvieron también para convocar al concejo o ayuntamiento a sus reuniones “a son de campana tañida”, congregándose en el pórtico de la iglesia, que no se ha conservado. También se creía que cuando había tormentas el repiqueteo repetido de las campanas alejaba las nubes de granizo, tan temidas para las cosechas. Este repique parecía decir “tente nublo” que es como también se le conoce al toque para tormentas.

En caso de incendio u otra catástrofe las campanas tocaban a arrebato. Sonaban todas las campanas a la vez y de forma acelerada para convocar al vecindario con urgencia para ayudar a sofocar el fuego.

En la función se realizaban los toques de fiesta y se tocaban las campanas al vuelo por los mozos, sobre todo durante el desarrollo de la procesión. El volteo se caracteriza por el gran peligro que supone para los campaneros. Cuenta Ángel Fraile, cronista de Vallelado, que a mediados del siglo XIX un joven de ese pueblo que estaba volteando las campanas con otros durante la fiesta, salió despedido desde el campanario cayendo al medio de la plaza.

De los pocos toques que se han conservado, y que se siguen realizando, tenemos el toque de difuntos, también llamado “clamor”, que sigue dando cuenta del fallecimiento de algún vecino. Este toque se realiza con un ritmo lento y en él participan las dos campanas, que se combinan en su ejecución. Si bien, hay diferencias en los clamores de cada pueblo, e incluso variantes en un mismo lugar. El sonido del clamor bien ejecutado todavía sobrecoge hoy cuando suena. Al principio y al final del clamor se daba la clave para saber si el fallecido era hombre o mujer: tres golpes de campana separados si es varón y dos golpes si es mujer. A estos golpes se les llamaba “esposas” y eran cuatro si el que había fallecido era el sacerdote y cinco para el señor obispo. También, mientras el ataúd era conducido al cementerio, las campanas seguían tocando a duelo durante el recorrido.

Cuando fallecía algún niño se realizaba el llamado “toque de gloria”, para el que se empleaba la campana más pequeña o esquilón.

Por último, recordar que durante la misa mayor del domingo era costumbre dar unos toques de campana que coincidían con los momentos de consagración del vino y el pan. De esta manera se avisaba a la gente que no había podido acudir a la celebración, para que hiciera la señal de la cruz. Coincidían estos toques, realizados por un monaguillo, con los de otro que hacía sonar la esquila dentro de la iglesia.

LOS CURAS DEL SIGLO XIX.

En la iglesia de Sanchonuño existen actualmente tres campanas, una para cada vano de su torre. Dos campanas en el cuerpo principal de la espadaña y el esquilón en el hueco superior. Las campanas más antiguas se realizaron en el año 1840: LOS DIEGOS ME FUNDIERON, reza la inscripción en la campana grande, y a continuación dicho año. Y como esta fecha se repite en el esquilón, damos por seguro que se fundieran las dos campanas a la vez y por los mismos campaneros pertenecientes a una familia cántabra apellidada “de Diego”, naturales y documentados en Meruelo, localidad cuna de campaneros desde tiempo inmemorial. Tiene esta localidad actualmente el museo de la campana. Paulino de Diego, vecino del citado pueblo de Cantabria, aparece trabajando por estas tierras de Segovia como campanero en esos años. Ángel de Diego, también de Meruelo, murió en Sepúlveda en el año 1822 mientras trabajaba allí fundiendo una campana.

¿Por qué razón se fundirían dos campanas a la vez en 1840? Se sabe que durante la Guerra de la Independencia fueron muchas las campanas que se requisaron para fabricar cañones y munición, e incluso para hacer moneda, como ocurrió con las del Monasterio de El Parral en 1809. Cabe esta posibilidad para las campanas de Sanchonuño y que hubiera por ello necesidad de hacer unas nuevas. Lo que sí es seguro es que Manuel Antonio Gómez, alcalde mayor del duque de Alburquerque, requisó plata de las iglesias del partido de la villa para financiar el llamado Tercio de Cuéllar. Se confeccionaron los trajes para las quinientas plazas de tropa que tendría, los mismos que secuestró después el general Hugo para sus soldados cuando tuvo conocimiento de su existencia.


Los Diegos me fundieron 1840.

Era cura en Sanchonuño durante el conflicto napoleónico don Juan Antonio Belicia. Llegó desde Aldealengua de Pedraza, aunque él era natural de Traspinedo, pueblo de Valladolid que pertenecía entonces al obispado de Segovia, y donde se sigue conservando este apellido, que ahora lo escriben con uve. Le tocó a D. Juan Antonio ser testigo de una época convulsa significada por la la francesada y luego por los conflictos del reinado de Fernando VII, habiendo tomado él partido por “el altar y el trono”, absolutista de pro.

Con los franceses tuvo nuestro cura serios problemas que casi le pusieron “en las escaleras del suplicio”, según sus propias palabras; los gabachos le saquearon sus ganados y le persiguieron de muerte. Todo porque Belicia tenía ganadería y por contratado a su hermano Manuel, al que mandaba hasta las tierras palentinas de Villada a comprar vacas a los tratantes de León. Y aunque no lo diga, es posible que también la guerrilla y las otras tropas se surtieran para carne de las reses del señor cura.

Ahora que la historia se cuenta a golpe de centenario le tocaría el turno a los 200 años del Trienio Liberal, en el que D. Juan Antonio Belicia tuvo su momento de gloria. El clero, que fue reacio al nuevo sistema político, fue tomando, desde la inicial pasividad, una clara oposición al mismo, sobre todo cuando las disposiciones que se tomaban tocaban sus bases económicas. Así, desde antes de la llegada de los cien mil hijos de san Luis, desde el señor obispo a los más humildes curas de los pueblos se lanzaron a denunciar el sistema constitucional como “impío y funesto”, y calificaron a sus adeptos de “infame secta revolucionaria”. En este contexto estuvo Belicia “apercibido de multas y prisiones” por el gobierno. Tanto se significó el cura de Sanchonuño en este asunto que sería el encargado de predicar el sermón de acción de gracias por el regreso de Fernando VII al trono con todos sus poderes. Este sermón “por la libertad del rey” lo predicó don Juan Antonio en la iglesia de San Miguel de Cuéllar y se imprimió después en Valladolid sufragado por el regimiento de la villa.

Por problemas de salud, delegó Belicia el curato de Sanchonuño en el dominico fray Vicente Inés, que lo era del convento de San Pablo de Valladolid, que al ser exclaustrado pasaría a sustituirlo ya como cura titular desde 1835, año de la muerte de Belicia.

Entró durante su curato como sacristán de Sanchonuño Serafín Hernanz, natural de Gomezserracín, a pesar de las objeciones que le puso el cura para que lo fuera por no considerarlo persona adecuada y preparada. Pero Serafín ganó su intención y como tal sacristán firmó su obligación y fianza para responder de las alhajas y tesoro de la iglesia de Sanchonuño, que era uno de los principales cometidos del auxiliar de la parroquia.


Cruz claveteada de los campaneros cántabros.

LA CAMPANA GRANDE.

Estuvo don Vicente Inés como cura durante algún tiempo y luego aparecen en escena los Córcoles, Juan y José, aplicados a la cura de almas en Gomezserracín y Sanchonuño. La inscripción de la campana grande da cuenta de ello: SE HIZO SIENDO ECÓNOMO EL LICENCIADO D. JOSÉ DE CÓRCOLES PÁRROCO DE GOMEZSERRACÍN.

Entre sus adornos lleva esta campana la famosa cruz claveteada, tan frecuente y característica de los fundidores cántabros, dispuesta hacia la parte exterior del campanario y mirando, por tanto, hacia el este. Hay otros bajorrelieves pequeños de jarrones con flores. Recorre la parte superior o tercio de la campana la inscripción citada relativa a la saga de los fundidores (los Diegos) y 1840 como año de su fundición, que se completa con un JHS (Jesús Hombre Salvador) seguido de MARÍA Y JOSEPH. Esta advocación a la Virgen y el JHS se repiten en el esquilón, que es como el hermano pequeño de esta campana.

Juan y José Córcoles llegaron a la diócesis de Segovia siguiendo a su tío Juan Nepomuceno de Lera y Cano, jesuita albaceteño y diputado por La Mancha en las cortes de Cádiz, que desde la sede de Barbastro, donde fue antes obispo, pasó a serlo de Segovia en 1828. Pero, por su edad y salud, su obispado sólo duró cuatro años, falleciendo de perlesía en enero de 1831. Está enterrado en la catedral de Segovia.

Los dos sobrinos del obispo permanecieron ligados a la diócesis segoviana y aparecen unos años después establecidos en los pueblos del Carracillo: Sanchonuño y Gomezserracín. El parentesco con el prelado está fuera de toda duda, pues don Juan Córcoles Huerta y Lera así lo expresa en una memoria biográfica que remitió al deán Baeza de la catedral de Segovia. Firma ese informe como sobrino del obispo y siendo cura de Gomezserracín, su fecha 1847.

Poco después figura don Juan Córcoles como cura de Sanchonuño siéndolo todavía en 1865. Compró don Juan al Estado, en asociación con otros, tierras desamortizadas provenientes de los bienes de propios de Sanchonuño y tuvo que demandar a un convecino por no satisfacerle la parte que le debía al cura mientras él había entrado a disfrutar y cultivar pacíficamente las tierras.


LA CAMPANA NUEVA.

Terminamos este recorrido con la campana de menor antigüedad, la que se fundió en el año 1954. Así figura en en la inscripción hacia el lado interior de la torre. Hace el exterior luce, como es tradicional, una cruz en relieve. En lo que se conoce como el pie de la campana dice: SIENDO PÁRROCO D. MARIANO GARCÍA Y ALCALDE D. FRANCISCO RICO.

La autoría del fundidor queda expresada en un molde con su sello que, aunque se descascarilló en la fundición, hemos podido leer cotejándolo con otros coetáneos. Dice: Fundición de campanas. CASA CABRILLO. Metales superiores. SALAMANCA.

Tiene esta campana un sonido limpio y más agudo que la otra campana del XIX, con la que acopla en los clamores.

EL ESQUILÓN.

La hipótesis de que el esquilón fuera también de Paulino de Diego y su familia se ha confirmado al poder acceder a fotografiar la campana más pequeña, y la más alta, desde su lado más inaccesible. Con la particularidad añadida de que la firma de los fundidores no aparece realizada con moldes, como en la campana grande, sino con la letra autógrafa de los campaneros en la parte inferior de la campana, como puede leerse en la foto de ese detalle.


(El campanón de la iglesia de San Miguel en Cuéllar también es obra de los mismos campaneros que las de Sanchonuño (los Diegos) La leyenda grabada en la de la villa dice: “EN EL AÑO TREINTA/ OCHO FUI DESTRUIDA/ Y EN EL DE CUARENTA Y SIETE/ POR LOS DIEGOS/ FUI FUNDIDA/ SIENDO CURA PARROCO DON JUS/ TO SANZ Y MAYORDOMO/ DE YGLESIA D. TELESFO/RO CARVAJAL”)

J. Ramón Criado Miguel





martes, 17 de enero de 2023

SEGUNDO CENTENARIO DEL FINAL DEL TRIENIO LIBERAL (1820-1823)

Visión de la situación general en la provincia de Segovia durante el Trienio Liberal expresada por un constitucionalista en una carta remitida a un periódico de la época.

Segovia, 9 de agosto de 1821.

La opinión pública aquí (Segovia) continúa enferma y débil: tal es la eficaz influencia de los malos, y la apatía del gobierno provincial. La educación pública sigue en la misma barbarie gótica. Las autoridades así judiciales como municipales en la misma arbitrariedad y despotismo: los muertos en las iglesias y el beato servilísimo tan venerado como siempre.

De resultas del nuevo modo de diezmar, puso un patriota de un pueblo de esta provincia una proclamita a los labradores, la cual como ha merecido la execración de los pastores, no ha cuadrado mal a aquellos.

Si todos a un tiempo procurásemos ilustrar al pueblo no estaría tan embrutecido, y las buenas leyes producirían todo el efecto que deseamos, pero ¿qué ha de suceder en un país en que los enemigos del sistema tienen la primera representación y todo el manejo? Nada se oye de Constitución y los poquísimos afectos a ella callan o se esconden. Desengañémonos que la cosa va demasiado lenta, y a pesar de los moderados, de esos moderados que … es necesario no dormirse y seguirles los pasos.

(Carta particular y anónima publicada en El Correo Constitucional. Palma de Mallorca. 12 septiembre 1821.


Retrato de Fernando VII. Después de la caída de los constitucionalistas tras la intervención en España de los Cien Mil Hijos de San Luis, siguió un periodo oscuro de diez años de opresión, la llamada Década Ominosa. ¿Se refiere al rey cuando se dice en este texto "el beato servilísimo"?


lunes, 14 de noviembre de 2022

GOMEZSERRACÍN 1915: CUATRO CALLES PARA CUATRO PRÓCERES.

 

D. LUIS REDONET Y LÓPEZ DÓRIGA

En el callejero de algunos pueblos encontramos calles que llevan nombres propios que el tiempo ha hecho que se haya olvidado a quiénes fueron dedicadas. Este es el caso para la calle Doctor Redonet en el pueblo de Gomezserracín. El título de este personaje hace pensar que fuera un médico. Sin embargo, viene a resultar que sí fue doctor, pero en derecho, ya que se corresponde con el prestigioso abogado D. Miguel Redonet y López-Dóriga. No ha sido fácil identificarlo como tal merecedor de una calle en el pueblo segoviano, siendo él cántabro. Tampoco lo ha sido relacionarlo de alguna forma con el pueblo, habiendo desarrollado Redonet su actividad profesional y política en la capital de España. Quiero decir que me ha costado hallar la razón por la cual el municipio decidiera dedicarle en su día el nombre de una vía pública.

Placa original que se puso en Gomezserracín en el año 1915 en reconocimiento al abogado Luis Reonet.

Sin embargo, podemos afirmar, con toda seguridad, que la calle está dedicada a dicho D. Luis Redonet y López-Dóriga. Nació Redonet en Santander en 1875 y murió en Madrid en 1972. Estudió derecho en la Universidad de Deusto alcanzando el título de doctor. Además de abogado, destacó también por su dedicación a la política, su actividad literaria y sus aportaciones para los estudios históricos y económicos. Fue durante su larga vida un autor muy prolífico e interesado en temas históricos y literarios, demostrando también ser un buen escritor de cuentos.

D. Luis Redonet y López Dóriga
Siendo joven se trasladó, con su madre viuda, a vivir en la calle Génova de Madrid, donde en 1901 casó con Estefanía Maura Gamazo, hija del destacado político conservador D. Antonio Maura. Trabajó en el bufete de abogados de su suegro y entró en política de la mano de éste, representando a Laredo o Santander en el Congreso de los Diputados y a Canarias en el Senado. Fue por ello compañero de partido y de bancada del Marqués de Santa Cruz. Sería el marqués, que durante varias legislaturas consecutivas se haría con el escaño de representación del distrito de Cuéllar, el que le puso en relación con Gomezserracín para que lo defendiera en un contencioso con la administración, que pasamos a desarrollar.


EL PLEITO.

En junio de 1915 se entabló pleito, en única instancia, entre el Ayuntamiento de Gomezserracín, D. Mario Guillén Saulate, médico de la localidad, y otros vecinos particulares, contra la Administración General del Estado. Serán representados por el abogado D. Luis Redonet en este contencioso administrativo. El objetivo pretendido era que se revocara una Real orden, dictada a finales de 1913 por el Ministerio de Fomento, por la que se desposeía, a los demandantes, de una serie de tierras localizadas en la zona oriental del pueblo limitando con el Común Grande de las Pegueras. La superficie afectada era considerable y por eso los afectados defendieron sus derechos y no escatimaron medios para lograr recuperar la propiedad de sus tierras.

Un deslinde del Monte de Utilidad Pública (MUP) nº 48, propiedad de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar, que se había realizado en el año 1910, de este monte conocido como Común Grande de las Pegueras, sería el detonante del contencioso. Ya había habido desacuerdos con los vecinos de Hontalbilla y Lastras al ejecutar este deslinde en la zona este del pinar. Las protestas fueron mayores cuando los peritos llegaron a deslindar la zona oeste, frontera con el término de Gomezserracín, entre Navarrebollo y el Vado de la Vaca, y se encontraron con las objeciones que les plantearon los carracillanos a la hora de fijar los linderos. Había un desacuerdo considerable: el coteo realizado por el ingeniero de montes dejaba fuera del término de Gomezserracín nada menos que 740 hectáreas que quedaban incluidas en el Común de las Pegueras.

Rufino Cano de Rueda
Defendió los intereses de Gomezserracín en un principio el considerado abogado segoviano, y natural de Pedrajas de San Esteban, D. Rufino Cano de Rueda, quien fuera el fundador del diario provincial El Adelantado de Segovia. Cuando se pensaba que las gestiones realizadas por el letrado iban a ser fructuosas y que se corregiría la línea marcada por el ingeniero, teniendo en cuenta la reclamación de los de Gomezserracín, llegó el gran mazazo. Una real orden aprobaba el deslinde realizado por los técnicos y el terreno en disputa quedaba dentro del Común de las Pegueras.

Por unanimidad, el Ayuntamiento acordó que Cano de Rueda continuara adelante con el pleito, ya que el abogado veía procedente el recurso contencioso administrativo contra dicha real orden. Para reforzar la acción de Cano de Rueda es cuando se decide además contratar los servicios de D. Luis Redonet y López Dóriga, que tomaría las riendas del caso.

Redonet, siguiendo la línea argumental de su colega Cano de Rueda, continuó insistiendo en que Cuéllar, sorprendentemente, no había presentado los documentos en los que se precisaran los linderos, siendo estos vagos e indeterminados, mientras que Gomezserracín había presentado un apeo del año 1751, por el cual se veía que su pinar lindaba con el Común de las Pegueras; refrendado esto por un catálogo de 1862. Pero sobre todo que la villa, como entidad jurídica contra la que se pleiteaba, había delegado su responsabilidad en el criterio del ingeniero de montes, como perito que era. Va a ser sobre la figura del ingeniero contra la que cargue con todo Redonet, por no considerarla suficientemente representativa para tamaña responsabilidad. Pero sobre todo porque el ingeniero había reconocido en un informe las dificultades con las que se había encontrado para hacer el deslinde “por ser un terreno llano y de arenas voladoras que alteraban sistemáticamente el relieve y borraban las referencias”. Fue suficiente para que el Tribunal Superior revocara la Real Orden y se le devolvieran las 740 hectáreas a los de Gomezserracín.


EL ACTA.

En sesión ordinaria del 19 de diciembre de 1915, el alcalde D. Juan Ruano Martín daba cuenta al resto de concejales de cómo se había resuelto favorablemente el pleito mantenido por el Ayuntamiento y vecindario en contra de la Administración con motivo del referido deslinde del Monte Común Grande de las Pegueras. Recordó a los dos letrados intervinientes en el pleito, Cano de Rueda y al Doctor Redonet, y al diputado en Cortes Marqués de Santa Cruz y a D. Rafael Salaya Toro, contador general del Ayuntamiento de Madrid, a estos dos últimos por sus “valiosas influencias dentro de lo justo”, cuyas gestiones no han podido ser más satisfactorias para todo el pueblo de Gomezserracín. Prosigue el acta de la sesión con las siguientes palabras: Por todo ello el alcalde cree que la Corporación por sí y en nombre de sus convecinos está en el deber de demostrar su gratitud de una manera ostensible a dichos cuatro señores y al efecto propone al Concejo que se perpetúe la memoria de tan dignos próceres dando el nombre de D. Rufino Cano a la Plaza de la Fuente, el de D. Rafael Salaya a la Calle Real, el de Marqués de Santa Cruz a la Calle de Samboal y el de Doctor Redonet a la Calle de Zarzuela.

La Corporación oyó con sumo agrado las manifestaciones de la Presidencia y sin discusión alguna acordó que conste en acta el más expresivo voto de gracias para los cuatro citados señores y que sin pérdida de tiempo por el Sr. Alcalde se encarguen a Madrid o Valladolid cuatro placas de fondo azul con letras blancas en relieve para su colocación en la plaza y calles indicadas para que sirvan como recuerdo imperecedero y de grata memoria de este pueblo a tan dignos señores por su noble comportamiento.


Casa de Gomezserracín en cuya fachada se aprecia la que posiblemente fuera la placa original con el nombre del Doctor Redonet.

D. MARIO GUILLÉN SAULATE.

Era médico titular de Gomezserracín, desde los últimos años del siglo XIX, D. Mario Guillén Saulate, natural de Cuéllar y licenciado en Medicina por la Universidad de Valladolid en 1886. Intervino como demandante particular en el pleito porque en el año 1905 había comprado al Estado tres parcelas enclavadas en el terreno en disputa y procedentes de legitimaciones de roturaciones arbitrarias y luego abandonadas. La primera sentencia no daba validez a esa compra y el médico perdía la propiedad de esas tierras por estar dentro de un MUP, por lo que era un perjudicado importante. El médico era yerno del cuarto beneficiado con la dedicación de una calle, D. Rafael Salaya y Toro, importante funcionario del Ayuntamiento de Madrid que movió sus influencias, “dentro de lo justo”, ante la sala tercera del Tribunal Supremo para que la sentencia fuera favorable a los de Gomezserracín. Efectivamente, Mario Guillén había casado con la madrileña Celia Salaya y Díez-Avilés siendo padres de cinco hijos, dos varones y tres mujeres. Era doña Celia descendiente directa del gran escritor del siglo XVIII D. Ramón de la Cruz habiendo heredado al menos los hijos varones las cualidades literarias de su antepasado. El primogénito fue Mario Guillén Salaya a quien, según consta en un acta del Ayuntamiento de Gomezserracín, en 1913 la Corporación le compraba doce ejemplares del libro que el joven acababa de publicar titulado “Cuentos con máximas morales para niños”, a precio de 60 céntimos cada uno. Fue luego periodista, escritor y político en Segovia, dándose a conocer en la página literaria de “El Adelantado de Segovia” llegando a ser director del “Segovia Gráfico”. Se avecindó en Alicante en donde vivió hasta el final de sus días, participando activamente en los temas de la ciudad, falleciendo en 1935.

El segundo de los hijos fue Francisco Guillén Salaya (Gomezserracín1899-Madrid1965) también escritor y político como su hermano mayor y cuya biografía es más extensa y necesitaría un tratamiento especial.

D. Mario Guillén Saulate siguió ejerciendo como médico en Gomezserracín, donde también tiene dedicada una calle, y está enterrado en su cementerio bajo una gruesa lápida de piedra, a ras de suelo, donde la capa de liquen que la cubre hace imposible la lectura del epitafio que tiene grabado.

Buscábamos el motivo del nombre de una calle, la del Doctor Redonet, y nos hemos encontrado que se nombraron otras tres más en el mismo lote y por el mismo motivo. Hasta aquí esta investigación que empezaba partiendo de la consulta de los documentos generados por el pleito por la segregación de las 740 hectáreas y que se ha visto refrendada por el contenido del acta del 19 de diciembre de 1915. Agradezco a Pilar Nieto y al señor alcalde, Martín Ruano, las facilidades dadas para haberla podido encontrar.


J. Ramón Criado Miguel



martes, 8 de noviembre de 2022

ENTREVISTA A DON JUAN HIGUERA, MAESTRO DE SANCHONUÑO DURANTE LA REPÚBLICA.

ENTREVISTA A DON JUAN HIGUERA NOGALES, MAESTRO DE SANCHONUÑO DURANTE LA REPÚBLICA.

  En el número 5 de la revista ESPADAÑA se publicaba una fotografía en la sección de “Recuerdos” en la que aparecían hombres, hoy ya maduros, en su edad escolar allá por los años 30. Su publicación dio pie a que se incluyeran otras fotografías similares. A la vez, la gente empezó a hablarnos del maestro de aquella imagen, don Juan Higuera, y esos buenos recuerdos hacia él hicieron que nos pusiéramos en contacto con este maestro para que nos hablara de su experiencia en Sanchonuño.

Sobre la fotografía, antes de empezar la entrevista, nos comentaba: “Yo tenía 20 años entonces. Esta foto creo que se hizo en el año 35, en el curso 34 al 35, a mediados o finales de curso. Con seguridad no lo sé; también podría ser de 1936”. 
  -¿Dónde nació Juan Higuera Nogales? ¿Cómo fue su vida hasta que se formó como maestro?
-Juan Higuera es natural de Revenga, en la provincia de Segovia. Quedé huérfano de padre y madre muy pronto, a los 6 años, y por eso a los 10 mi hermano mayor, ya casado, pasó a ser mi tutor. Me fui a vivir a Segovia con él y allí hice el bachillerato hasta 4º curso. Después empecé a estudiar Magisterio por libre, porque entonces en Segovia no había Escuela Normal y nos examinábamos en la Normal de Ávila. Terminé la carrera de maestro a los 17 años y por eso no pude hacer los cursillos del 31 porque exigían tener los 19. Mientras, solicité una escuela interina; pensé, si me dan buen pueblo, voy. Y tuve la suerte de que me nombraran maestro interino en Sepúlveda, un pueblo ideal por su encanto y sus gentes, y para allá me fui con 18 años. Habían creado una escuela mixta, en un barrio de Sepúlveda, el de Santa Cruz, y allí ejercí de interino. Convocadas oposiciones en 1933 para ganar escuela en propiedad, me presenté ya con 19 años y tuve la suerte de aprobar a la primera. Luego a esperar a que nos colocaran a los aprobados; así dejé mi escuela de Sepúlveda. Salió una circular de Inspección diciendo que sólo iban a colocar a los que tuvieran 21 años, para paliar el paro. Así me vi yo sin mi escuela de interino, con la oposición aprobada y sin escuela como propietario. Mi caso era insólito y el único de la provincia. Un inspector amigo me aconsejó que mientras esperaba destino me matriculara en Filosofía y Letras en Madrid, y así lo hice. Gracias a Dios mi economía me lo permitía. Pero he ahí que en el mes de noviembre sale una disposición del ministro de Instrucción Pública que dice que todos los que tenemos aprobadas las oposiciones nos tenemos que hacer cargo de nuestras escuelas automáticamente o perdemos nuestros derechos. Tuve que elegir y así renuncié a mi nueva carrera y acepté la escuela que me dieran.
  -¿De esta manera llega destinado a Sanchonuño? 
En efecto. Se elegían las escuelas vacantes un domingo en Segovia. Según el número obtenido en la oposición elegías. Cojo el coche de línea para Segovia y qué casualidad que llegó con la hora ramplona. Cuando llegué al local estaban pidiendo pueblos y yo, despistado, no sabía los que quedaban. Pero de lejos, veo a doña Enriqueta y a don Isidro, que eran amigos míos. Les cuento mi caso y me dicen: “mira, estás al llegar para que elijas”. Les dije: “¿en qué pueblo estáis vosotros?. Estamos en Sanchonuño, me respondieron. Ah, ¿sí? No lo conozco. Pero contestadme a estas preguntas: ¿tiene teléfono? Sí. ¿Tiene carretera? Sí. Digo, pues ahí voy a ir yo. Cuando me tocó elegir les dije.: “Creo que hay una plaza en Sanchonuño”. Sí. “Bueno, pues esa”. Y así me nombraron a Sanchonuño. Volví a Madrid a recoger mis cosas y a despedirme de la patrona y a últimos de noviembre de 1934 me presenté en Sanchonuño, donde me hicieron un recibimiento muy emocionante. La llegada entonces de un nuevo maestro era todo un acontecimiento. La verdad, se puede decir que llegué con buen pie. Llegué un sábado y el lunes tomé posesión de la escuela y a ejercer, cosa que hice con mucha ilusión. No sé si lo haría bien o mal, lo que sí os digo de verdad que puse siempre mi mayor fe y buena voluntad. Y cuando se hace una cosa así, sea lo que sea, no hay cosa que salga mal. Además de esa reacción tan favorable de los vecinos y de los chicos, pues miel sobre hojuelas. Aquello fue una felicidad para mí. Recuerdo y añoro los años de mi vida allí, en Sanchonuño, como algo inolvidable, porque la gente demostró en el momento que nos tuvimos que trasladar, por distintas circunstancias, un gran apego. Yo me tuve que ir con harto dolor de mi corazón de Sanchonuño. El pueblo hizo una instancia para que nos mantuvieran en nuestro destino, pero las irregularidades de la vida... no atendieron a esta solicitud por presiones raras. 
-¿En qué año tuvo lugar este traslado? 
-En 1940, después de la Guerra Civil. Por presiones, bueno, cosas raras, porque yo no pertenecía a ningún partido político. Era muy joven y sólo me preocupaba de trabajar y de divertirme. A don Isidro lo mandaron a Cabezuela y a mí a Santa María de Nieva. Nos marchamos con lágrimas en los ojos. (Don Juan evita hablar claramente de los motivos y el nombrar a personas que tuvieran que ver con este traslado en contra del pueblo y de ellos mismos, a pesar de los años transcurridos). -No me gusta hablar mal de las personas, para eso prefiero no hablar. Del pueblo sólo dos o tres personas influirían bajo cuerda para nuestro traslado, pero comparado con la totalidad del pueblo que estaba con nosotros, no significaban nada. El pueblo estaba con nosotros y eso es lo que importa. Si la mayoría quería que permaneciéramos allí, sus razones tendría: su aprecio y consideración hacia nosotros y nuestra labor. 
-¿Contaban con los medios necesarios para desempeñar una enseñanza de calidad?
-No. Entonces la escuela tenía muy pocos medios. Recuerdo que el presupuesto para material todo el curso, y tenía una matrícula de 65 niños, era de 147 pesetas y 30 céntimos. La vida estaba muy barata, pero qué se hacía con esa cantidad cuando por ejemplo un cuaderno valía 20 céntimos. Un cuaderno, con lo que trabajábamos, se acababa muy pronto. Con todo lo que había que comprar, decidme a qué tocaba cada uno …¡a nada! Aunque esté feo decirlo, en alguna ocasión, y no es por presumir, yo puse dinero de mi bolsillo para comprar cuadernos para los chicos que acababan pronto el suyo y ya no había material. Era algo inmoral que teniendo yo un duro ellos no tuvieran cuaderno. No lo he dicho nunca, pero pasados ya tantos años lo digo y es verdad. Poco, pero ponía tanto como el Estado para todo el curso.




  -¿Qué se pretendía entonces que supieran los chicos al salir de la escuela?
-Todo lo que se pudiera, como ahora y como siempre. Pero yo en mi grupo, los pequeños hasta los once años que pasaban con don Isidro, machacaba la trilogía: leer, escribir y cuentas. Machacar en otras cosas podía ser hasta perder el tiempo. Yo tenía que dedicarme a señalarles “escribe bien esto”, “coge buena letra”, “cuidado con las faltas”, “aprende las cuatro reglas pronto”... Trabajábamos con las toneladas, los kilos, las pérdidas que tenían las achicorias cuando las llevaban a Cuéllar y les quitaban el 30%, todo esto había que enseñárselo pronto. Algunos conmigo llegaron a aprender quebrados, áreas y volúmenes y decir “mirad, vamos a medir la tierra vuestra, esto se hace así, pasar las áreas a obradas”. Enseñaba estas cosas tan sencillas pero tan útiles en los pueblos, cuando el sistema métrico decimal lo sabían muy pocas personas. Allí estábamos sacando una generación muy buena. Don Isidro también apretaba y sacaba a chicos sabiendo álgebra y análisis sintácticos bastante bien hechos. 

-¿Qué recuerda de sus compañeros?
-Que no se pueden tener mejores. No ha habido después de nosotros, tengo la seguridad y si no preguntáis en el pueblo, un equipo como el nuestro. El caso era hacer cosas en favor de la enseñanza. Éramos algo fuera de serie: doña Bernardina, doña Enriqueta, don Isidro y yo éramos como hermanos. Yo añoro mucho aquellos tiempos por los compañeros. No había fricciones y sí una compenetración terrible; y cuando esto es así el beneficiado es el pueblo. Sanchonuño tuvo en esa época unos maestros como no los haya podido tener, mejor y con más armonía, nunca. Igual sí, pero mejor no, seguro.
  -¿Cómo era la vida del pueblo vista por un maestro joven?
-La juventud da optimismo y da alegría y todo es bonito y bello. Yo me lo pasaba estupendamente como un chico joven de 20 años. Si a esa edad no tienes alegría y optimismo ¿cuándo lo vas a tener? Yo me lo pasé allí formidablemente en todos los sentidos: como chico joven y como maestro. No lo puedo recordar más que en este plan. ¡Qué maravillosos los años que estuve allí!
  -Por lo que se ve estaba muy integrado en el pueblo.
-Vivía allí. Si no salíamos de allí... algún jueves íbamos dando un paseo hasta Cuéllar, aprovechando que no había clase por la tarde, para luego volver en el coche de línea.
  -¿Cómo era un día de clases? 
Teníamos clase todos los días, menos el jueves por la tarde como os he dicho. Eran jornadas normales de 9 a 12 y luego de 2 a 4 por la tarde. Después, en invierno teníamos clases de adultos que eran voluntarias de 7 a 9. ¿Sabéis lo que nos pagaba el Estado entonces durante la República por estas clases? Yo ganaba 247 pesetas con 30 céntimos y si la patrona te cobraba 4,50 pesetas al día, pues ya sabes lo que te quedaba para todo lo demás. 
-¿Quién era su patrona en Sanchonuño? 
-Pues yo estaba en casa de una señora viuda, la señora Paz, su hijo se llamaba Guillermo; las escuelas estaban en el Ayuntamiento. Desde el balcón de mi patrona veía yo mi clase del primer piso. 
-Nos han contado que tuvo tiempo de echarse novia en Sanchonuño.
-Los solteros tienen tiempo de todo. Novia no, pero divertirme todo lo que podía, sí. Es normal, un chico joven lo lógico es que busque chicas para divertirse. 
-¿Cómo era ese Sanchonuño que conoció durante la República?
-Era un pueblo tranquilo. Cada uno tendría su forma de pensar. A mí nadie me coaccionó en el sentido político, ni yo coaccioné, si no podía ni votar... En el pueblo no había más que una armonía general; cada uno pensaría como fuera, pero nada más. La prueba es que en Sanchonuño no ocurrió lo que en otros pueblos durante la guerra, que por rencillas políticas o personales se fusilara. ¿Que hubo algún detenido? Bien, pero después cada uno a su casa y ya está. Es un pueblo que demostró tener unos sentimientos buenos y una humanidad extraordinaria. En todos los pueblos hay rencillas, es inevitable, pero allí no se llegó a tanto.
-¿El curso del 36 no lo pudo empezar porque le movilizan?
 -No me movilizaron. Yo soy de la quinta del 35, por tanto me incorporé por mi quinta el 1 de julio del 36 al Regimiento de Segovia, a los 18 días estaba en el Alto de los Leones. 
-¿Y terminada la guerra?
-Vuelvo a mi escuela de Sanchonuño en julio de 1939, quedaban 15 días de curso y dije que no iba a dar clase porque quería recuperarme de la guerra. Luego en marzo del 40 fue cuando me trasladaron a la escuela de Santa María de Nieva por don Luis , y a él a Sanchonuño por mí; a don Isidro a Cabezuela y al hermano de don Luis, don Tomás, de Cabezuela a Sanchonuño. 
-¿Cuándo dejó de ejercer? 
-Pedí la excedencia. Estuve en Santa María de Nieva, pero puse una sustituta año y medio. Y como vi que no pensaba volver a ejercer la carrera pedí la excedencia ilimitada.
  -¿Y ya no volvió nunca a dar clases? 
-En 1979 salió una disposición por la que podían regresar incluso los expedientados de aquellos años, -yo podía regresar cuando quisiera porque era excedencia ilimitada- y que nos podríamos jubilar inmediatamente. Pedí el reingreso ese año y estuve en una escuela de Coslada y luego en Madrid, en San Blas, al principio del 82 pedí la excedencia. Ahora tengo un carné que me honra como maestro jubilado. 
(Don Juan nos habla de las diferencias tan grandes que encontró en la escuela al reincorporarse respecto a la que conoció como maestro en su juventud. Volvimos a insistirle sobre sus razones para pedir la excedencia en su primera etapa).
 -No hubo razones políticas, pero al mandarme desde Sanchonuño a Santa María de Nieva no quise seguir en este pueblo. El cambio me sentó muy mal y como era soltero y tenía otros medios dejé la profesión. Pensé, o lo sigo como yo quiero, con dignidad, o yo no voy a estar en un segundo plano para nada. Mi nuevo destino era mejor pueblo pero yo hubiera querido permanecer en Sanchonuño.
  -¿Quiénes eran los alumnos que destacaban por su inteligencia o por sus travesuras? 
-Son muchos años, pero me acuerdo de los chicos primeros. Recuerdo a Julio Gilsanz, Isidro, Miguel... no quisiera olvidar. Tenía diez o doce chicos que despuntaban. No hay que olvidar que mi labor allí fue cortísima, dos cursos, y que menos que tres años para reorganizar unas clases uy una escuela. Yo utilizaba a chicos monitores porque a parte de ayudarte mucho, ellos fijaban mejor lo que posiblemente olvidarían. Tenía 65 discípulos y sin material, era una labor muy difícil. 
-¿Algún recuerdo para sus ex-alumnos? 
-Que tengo que agradecerles muchísimo, a ellos, a sus hijos y al pueblo en general. Yo no he dejado nunca de acordarme Sanchonuño, nunca. Lo recuerdo con una especial gratitud porque se portó con nosotros maravillosamente y eso no se olvida. Me encanta estar orilla de vosotros y os agradezco la realización de esta entrevista. Me habéis puesto en una fotografía que es muy mía, porque vuestros padres están ahí y son mis míos, mis alumnos. Un abrazo para todos, de verdad, muy especial para todo este grupo que hay aquí -pasando la mano sobre la fotografía- y a toda su descendencia y a todos en general mi recuerdo más profundo.
Entrevista realizada en Madrid en noviembre de 1986 junto a mi amigo y paisano Javier Rico Gilsanz (Sanchonuño 1960-Madrid 2019) para la revista ESPADAÑA. La desempolvo y la publico aquí en su memoria. 
Palabras clave: Juan Higuera Nogales, Sanchonuño, Revenga, Barrio de Santa Cruz de Sepúlveda, maestros de la República, Guerra Civil. Isidro Herrero Sanz, maestro. Bernardina Reinoso.